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Abisay Puentes

La pintura el mejor sonido en el silencio

Por Liannys Lisset Peña Rodríguez 

“Mis imágenes son el resultado de lo ya contado, cuando se ha superado el sentido de lo real y lo que queda es evadirse, pero a la vez ilustrar a esta época efímera y convulsa que me ha tocado vivir”. Esta declaración de Abisay Puentes, es el mejor reflejo de su pintura: una obra abierta, permeada de símbolos, claves; traducidas en paisajes de naturaleza introspectiva, donde el individuo amenaza con perderse. Su lógica pictórico-discursiva induce a un estado de incógnita permanente. 

Plagadas de símbolos, como notas al dorso, que resuelven sus constantes obsesiones, sus escenas atemporales sostienen una estrecha conexión con lo real. Estas son generadas a partir de formaciones subjetivas que descansan en un sentido místico, y finalmente plasmadas a través de los recursos pictóricos de representación barroco y las formulaciones expresivas del color.

El artista se vale de la “simbiosis música-pintura” como medio que le permite dotar de sonido a sus imágenes; que fluyen y van más allá de sus huellas simples sobre el lienzo. “(…) toda obra plástica tiene un sonido interno; yo busco melodía a la línea, armonía al color, ritmo a la composición visual y movimiento al tema musical (…)”. Dicha relación estriba en los conceptos de índole abstracta que conforma a partir de motivaciones externas y plasma en su estado material sobre la superficie planimétrica. 

Pocos elementos le bastan para estructurar sus imágenes: el uso de alegorías, códigos de iluminación, primeros planos; el individuo, la pose forzada que infiere tormento; la presencia de exoesqueletos en forma de alas de mariposa, u elementos filocortantes sobresaliendo de su cuerpo; las facciones de un rostro inexpresivo que acepta con indiferencia los flagelos; las fórmulas manieristas que se advierten en la distorsión exagerada de la anatomía humana, que hace de la composición más dramática y compleja; pero a la vez inquietante para el espectador. 

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Sus obras se catalogan en varias series o “tempos”, atendiendo a su construcción tanto temática como estructural. Unos menos profusos donde el dibujo resalta por encima de los cromatismos. La línea gruesa, conforma a la figura, que interroga al espectador insistentemente. Manchas difuminadas como zonas de luz, que no son más que fragmentos de la superficie en su estado natural, con la finalidad de crear sutiles contrastes. No existen complejidades más allá de las gradaciones tonales y ligeros toques de color, con suaves empastes. 

En un segundo tempo la estructura de la obra puede ser coincidente con las anteriores: alteraciones anatómicas, poses en escorzos atrevidos, tono suplicante, interrogante y enajenado de la figura humana. Pero predominan los violentos  contrastes, debido a la incidencia del pigmento y la intensidad de los matices. Deja en evidencia su impronta barroca a partir de los acentuados juegos lumínicos que se contraponen a la extrema oscuridad. Los tonos cálidos y terrosos, develados por manchas forzadas de luz, representan zonas del paisaje que rodea al individuo o que recaen intencionalmente en fragmentos de su anatomía. En el foso de la desolación el sobrecogimiento nos supera, el escorzo de la figura denota sufrimiento y permanece atrapado en una intensa soledad; mientras que en La respuesta el individuo comparte escena con Adán, que lo observa, mientras Eva se mantiene impasible en un segundo plano casi anulada por las sombras. La luz resalta agresivamente partes del rostro, manos, vestimentas de los personajes que ocupan el plano principal; rasgos teatralizadores de la imagen, que contribuyen a un ritmo interno dentro del sistema compositivo.   

Lo divino permea todas las composiciones; pero el sentido espiritual adopta mayor intensidad donde no media la aparición de lo humano. Son estas Brumas en la que todo se diluye, el tercer tempo. Según el artista escapa a toda interpretación intelectual; es un constructo semifigurativo, que incide en los estados subjetivos del observador, tendiendo a exacerbar su introspección. Esa perenne quietud tendrá un ritmo perturbador; con la representación de superficies líquidas en estados de inmovilidad, nieblas en suspense y paisajes lacónicos de tintes abstractos. 

Cada escena es una “situación plástica paradójica” (1) que defiende el axioma de la belleza en la pintura, aún cuando sus representaciones generen antagonismos. Lo bello y lo verdadero nos seduce y sorprende, comparten la misma esencia. Sus imaginarios se presentan como puzzles. Estas fórmulas incompletas, son ordenadas de acuerdo a la inspiración, conocimiento, experiencia, de quien observa; permitiendo elaborar sus propios sistemas y acceder a los distintos niveles de complejidad del lenguaje visual.

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La espiritualidad se escucha, lee, percibe de inmediato en ellas, es un factor imbricado en la manera de vivir, actuar y pensar de este artista. No se interesa en la representación de pasajes bíblicos, sería, amén de las distancias estructurales, como un Vanitas muy particular, que advierte, metaforizado en ese personaje, casi sin rostro o voz, el futuro de una humanidad, según muchos ya destinada al cadalso.

 Abisay apuesta por la pintura como mecanismo de diálogo, que exige la constante actualización de sus formas. Es el instrumento que le permite abarcar el universo de información que le interesa y reconoce como válido. Su obra es atemporal, establece conexiones con el pasado y el futuro, es un legado. Como diría Kandisky “hija de su tiempo y madre de sus propios sentimientos” (2). Su especial manera de hablar del alma de las cosas y la vida. 

1. Rodríguez, Bélgica. Julio Larraz. Universos paralelos.

2. Kandinsky, Vasily De lo espiritual en el arte. PREMIA editora S.A.

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