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ALEJANDRO FIGUEREDO

El artista no está presente

Por Zeenat Nagree

Durante el pasado mes de febrero Alejandro Figueredo Díaz-Perera vivió tres semanas dentro de un estrecho espacio en la Galería Artist Coalition (CAC) de Chicago. Dos paredes falsas -que no llegaban al techo- separaban al artista de los visitantes que no podían observar la acción, mientras las paredes restantes de la galería se usaron para mostrar otras dos piezas. En general, tres obras conformaban la exposición personal En la Ausencia de un Cuerpo, realizada como parte del Programa de Residencia “Bolt” (2015) en CAC.

La descripción de esta obra da la sensación que no había manera de saber con exactitud si Díaz-Perera estaba realmente detrás de las paredes del espacio pero, sonidos ocasionales -una tos aquí, un crujido allí- daban señales de su presencia. En ausencia de cualquier otra evidencia del artista estas señales de vida eran como interrupciones inesperadas. No eran necesariamente fantasmales (nos fue dicho, por supuesto, que Díaz-Perera estaba detrás de las paredes), pero eran desconcertantes confirmaciones palpables de su presencia.

Para entender el voto de silencio y ausencia auto-impuestos por el artista de tan solo 23 años de edad es necesario recurrir a su biografía. Alejandro Figueredo procedente de Cuba llegó a los EE.UU. hace menos de un año para exponer su obra y ha decidido no regresar. Estas circunstancias “políticas” hacen que su performance sea leído como un comentario acerca de la censura pero, esta crítica no está reservada sólo para su país de origen. Figueredo destaca los temores que se derivan de su estancia actual en los EE.UU.: “debido a mi situación legal -mi ausencia ilícita, mi presencia ilícita- debo permanecer en silencio mientras vivo aquí”, según declaró en el texto de la exposición. La acción es una representación de la condición de ser privado del libre albedrío, su silencio es una exploración de la censura como un estado forzado y un método de supervivencia.

Durante tres semanas, el artista decidió no hablar, leer y escribir; ni abandonar el pequeño espacio entre las paredes, excepto una vez al día alrededor de la medianoche para usar el baño -cuando no quedaba absolutamente nadie en la galería-. Sus únicas posesiones eran una colchoneta, una almohada, una manta, una pequeña lámpara, un martillo y un teléfono que solo sería usado en caso de emergencia. Periódicamente, su colaboradora la artista y curadora Cara Megan Lewis le pasaba comida y agua a través del orificio de ventilación. A excepción de este ritual diario, Díaz-Perera no tuvo contacto con el mundo exterior.

Estas restricciones a pesar de la aterradora soledad difícilmente están entre las peores por las que otros artistas del performance han decidido pasar. Tomemos a Tehching Hsieh como ejemplo, el artista taiwanés exiliado en Nueva York que pasó un año completo en una jaula entre 1978 y 1979. Sin embargo, el objetivo de Díaz-Perera no era marcar el paso del tiempo o poner a prueba los límites de su resistencia. Casi una inversión de El Artista está Presente (2010) de Marina Abramovic, la configuración de Díaz-Perera hacía que el espectador sintiera su presencia a través de los vestigios que desafían la totalidad de la ausencia y el silencio.

En algunas ocasiones algunos visitantes deslizaban notas a través de las rejillas de ventilación -según relató el artista en una entrevista-, y muchos otros daban golpecitos en la pared o le exclamaban cosas. La falta de comunicación entre el artista y el público se hace eco de la histórica ausencia de diálogo entre los EE.UU y Cuba, así como de la lucha que enfrentan los cubanos tratando de mantenerse en contacto con aquellos al otro lado de la orilla. Alejandro ha experimentado esta situación una y otra vez: cuando era niño tratando de hablar con su padre exiliado en los EE.UU; luego como artista cubano radicado en La Habana intentando comunicarse con su novia y colaboradora en Chicago; y ahora como emigrado intercambiando noticias con su familia en Cuba. Incidentalmente la comunicación fue también la preocupación principal de la recién concluida Cuban Virtualities, una exposición de arte de los “nuevos medios” de Cuba en The Sullivan Galleries en la Escuela del Instituto de Arte de Chicago.

La preocupación de Díaz-Perera por abarcar la experiencia de estar en ambos lados se extendía en esta exposición en la pieza conformada por dos canales de audio titulada Disonancia. Una mitad ofrecía una conversación entre la artista de origen cubano Tania Bruguera con su hermana, que detalla las injusticias que esta enfrentaba en La Habana, poco después de que Tania fuese arrestada sucesivas veces en enero por tratar de organizar un performance participativo. La otra mitad, contenía un audio de Assata Shakur una ex-miembro del Ejército de Liberación Negro (Panteras Negras) de origen estadounidense que buscó asilo político en Cuba en 1984, expresando su temor de persecución por parte de los EE.UU. Ambas con convicciones e interpretaciones completamente diferentes respecto a la libertad de expresión en los dos países.

Disonancia hace énfasis en el poder de la palabra, en la necesidad y los riesgos de expresar opiniones que van en contra del orden establecido. Así mientras, las palabras de Bruguera y de Shakur se repetían en loop una y otra vez, un micrófono invertido erosionaba la esquina de las paredes construídas que ocultaban al artista. El aparato de amplificación de sonido estaba conectado a un motor que lo hacía golpear contra la pared. El ruido de estos impactos era magnificado, aunque su resultado era relativamente imperceptible. Esta instalación titulada El silencio (…) está sobrevalorado no conseguía romper con la barrera entre el artista y el público debido a la minúscula escala de su efecto sonoro. Creaba en vez un gesto repetitivo de resistencia, ofreciendo la promesa de que de algún modo, algún día la inmóvil pared cederá.


Este artículo fue publicado originalmente en Fnews Magazine, la revista web del Instituto de Arte de Chicago.

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