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Ángel León Valiente

De losas melancólicas y sillas voyeuristas

Por Eva del Llano Rodríguez

Las sillas, la losa colonial, el desnudo femenino, el espacio atemporal y metafísico parecen ser constantes en la obra pictórica de Ángel León Valiente.  Recurre a ensoñaciones de diverso tipo, en muchos casos un tanto surreales en el concierto de elementos que provienen de realidades mutuamente extrañas. Decide indagar en las emociones y conflictos humanos a partir de la recreación de ambientes poéticos que motiven la sensibilidad del espectador. En el ámbito de la recepción emerge una característica que unifica su quehacer: la calma condimentada de extrañamiento y misticismo. 

Si se puede hablar de tendencias en el arte joven, una de ellas tendría que ver con la introspección. El escenario actual del arte contemporáneo cubano, a diferencia de décadas anteriores, ha eludido el compromiso o la preocupación temática por el asunto sociológico y se ha escorado hacia la intimidad: de lo social a lo individual. Sujeto a su formación académica –en San Antonio de los Baños, donde se cultiva una fuerte tradición en el dibujo- y a la sensibilidad de su generación, Ángel León Valiente es artífice de piezas que se regodean en el placer estético, con buen trabajo técnico y deleite en la figuración.

Sin embargo, no queda en la simple admiración de colores y formas. La imagen de la losa, integrada en las escenas, inmediatamente se asocia con los pisos deteriorados de las casas de Centro Habana y Habana Vieja, que se remontan a la arquitectura doméstica colonial. Así, puede considerarse un imaginario de los interiores y escenario común que hemos habitado los cubanos. Como signo del pasado, pero a destiempo en la cotidianidad, parece ser una motivación nostálgica.

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La tendencia a la disolución temporal y a provocar introspección en el espectador se distingue como poética habitual de su producción.  La obra Dentro representa una pareja en la que ambos miembros reposan su cabeza contra la del otro y de cada extremo se traza un puente que resulta interrumpido en el centro. Con ello se apunta a la unión que debe existir en una relación de pareja; que no concluye, sino que se halla en constante proyección. 

También la silla que incorpora es similar a las que integran el sistema de objetos del mobiliario tradicional cubano. Pero en su caso, se torna ambigua y metafórica. En ella no se sienta nadie; sin embargo participa de acciones humanizadas. La vemos con un corazón humano, o bien de espectadora en un caos de sillas que emergen en el mar irreverente (Como los peces). O en sus escenas de desnudo está presente, bien participando de la compañía femenina, bien como voyeur de su voluptuosidad (Serie Mis fantasmas), en una fusión de carne y piedra, que subvierte lo matérico y lo erotiza. 

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La obra El peso de la razón representa una silla rasgada justo en la zona en que contiene un corazón humano el cual queda al descubierto. Sobre ella se amontonan otras hasta formar una columna irregular que lucha por el equilibrio y se sostiene en levitación sobre las nubes. Una imagen totalmente surreal.  El título arroja ideas sobre la inconsistencia de la razón humana. En el intento de equilibrar, discernimos una relación con el raciocinio; y por otra parte, la esfera sentimental resulta evocada por la inestabilidad, la metáfora de la levitación y el corazón como emblema por excelencia de las emociones. Una coexistencia y pugna entre áreas opuestas de expresión humana.

La redundancia en los motivos de la silla y la losa termina por convertirse en idiolecto del joven artista, que apuesta en todo momento por transmitir emociones personales y reflexionar sobre inquietudes propias, referidas a la condición humana. Sus obras constituyen rituales de introspección en los que se percibe latente su individualidad y el intento de vínculo y asociación emotiva con el espectador. No en vano se nos antojan las losas melancólicas y las sillas voyeuristas.