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Abel Monagas

Psicología de un retrato

Por Alain Cabrera Fernández

A primera vista sorprende el modo en que Abel Monagas Alfonso se enfrenta a sus lienzos. Dedica horas de estudio para perfilar cada línea. Logra texturas a golpe de luces y sombras, se ensimisma en los detalles de una composición hiperrealista con altos valores estéticos fruto de su incesante interés experimental. Pero cuando ya todo parece quedar listo para la contemplación definitiva, interviene nuevamente su obra de modo inesperado, dando un toque final que esboza la característica sonrisa del Joker “en rojo camín” sobre el retrato admirable de una anciana1. Desacraliza ese momento de éxtasis, clásico de la historia del arte y nos deja, cuando menos, perplejos ante un acto de desapego hacia lo realizado o lo que es lo mismo, de emancipación artística. Este proceso de desestetización advierte un mecanismo de resistencia sobre la función hedonista del arte, ya que no pueden provocarse emociones sin la posibilidad abierta de incentivar ciertas reflexiones que trasciendan los límites creativos.

Si volvemos a analizar el rostro de la anciana apreciamos su aspereza, como curtido por el paso del tiempo; la mirada penetrante, fría y triste, nos interpele a la vez que confirma la severidad de la vida después de tantas vicisitudes. Producciones como esta integran la nueva propuesta de Abel. Su proyecto ID explora desde múltiples matices la psicología de los personajes (indefinidos/resemantizados) en la pluralidad que marcan sus identidades subjetivas dentro de las tendencias actuales por las que atraviesa el género del retrato.

En términos generales, un buen retrato debe absorver la esencia interior del modelo más allá de su apariencia visual. No basta con demostrar la capacidad técnica de un realismo pictórico depurado si no se revela también su “ánima” simbólica. Lo emocional y lo físico deben estar en perfecta armonía. Abel lo sabe y no cesa de trabajar en dicho concepto. El resultado: ejecuciones absolutamente frontales que mediante un encuadre ceñido remedan nuestras fotos de carnet, con predominio de cabeza y torso (o al menos, como suponemos se constituye en su estructura formal), aunque no acostumbra repetirse en las ideas pues cada busto determina una originalidad variopinta. 

Veámoslo así. Una figura viste guayabera con abundantes pliegos de la tela que evidencian hasta el mínimo detalle, pero donde esperábamos estuviera ubicada la cabeza con un rostro humano más o menos definido este se sustiuye por una pelota inflable de color azul, cuya aparente ductilidad refleja, si observamos los brillos, la procedencia de la fuente iluminosa. El “cuadro”2, que bien pudiera estar representado aquí como dirigente político, prefiere trascender en la historia por su perspectiva circular más que por su rectitud cuadrada.

Otras obras de la serie se construyen a partir de siluetas. Si bien la fisonomía humana se despersonaliza en estos casos en favor del fondo/figura y de la línea, la fuerza creativa adquiere mayor peso en el lenguaje simbólico al propiciar interpretaciones relacionadas con un distanciamiento del contexto social. Este sistema de introversión inducida potencia la tríada dialógica artista-obra-público, receptor cómplice de las escenas. Por ello, nos sentimos acongojados ante el impacto de un proyectil y la sangre emanada del centro de la cabeza, o nos falta el aire al pensar que entramos en un pasillo interior, lleno de espacios laberínticos que no conducen a ningún lugar. 

Soluciones igualmente valoradas son aquellas reconocidas con base en un dibujo de corte más académico. No digo que el resto se aleje de este ejercicio de creación/concentración, pero el nivel de compromiso con el hiperrealismo puro, surgido en los años sesenta del pasado siglo y la pincelada precisa en busca de la perfección, alcanza en estas piezas efectos asombrosos. Claro, tampoco debemos desestimar la agudeza del artista cuando sugiere formas surrealistas. Repárese en los ejemplos de una muchacha rubia que interpreta la acción de sostener el oxígeno debajo del agua, un hombre de piel negra y el rostro pintado de blanco, otros que se cubren la cara con una bolsa de nylon o con papel metálico, incluso la imagen robótica conformada por legos infantiles. Ojo, Abel nos alerta en uno de sus post de Instagram: “Please Note: This is an oil painting. Not a photograph”, lo cual vale para todas sus obras.

La máscara como suma de identidades conquista su omnipresencia en este proyecto, tal vez indica un mecanismo de protección ante los avatares del destino o la puesta en marcha de un juego de roles para evadir la realidad por un instante. Los personajes de Abel Monagas devienen entonces superhéroes de su propia existencia. Podrán sacarte una sonrisa, pero eso sí, una sonrisa reflexiva.

1 Para una mejor comprensión, revisar el perfil en Instagram del artista: @abelmonagasalfonso.

2 En la Cuba posrevolucionaria se utiliza el término “cuadro” para hacer referencia a los líderes políticos y directivos laborales que deben constituir un ejemplo ante la sociedad.

Abel Monagas
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