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Abraham Machado

Barrio poético

Por Sabrina Romero Fanego

En la obra de Abraham Machado late la experimentación propia del artista joven. Prueba y error. Así se comienza. Graduado en el 2018 de la Academia de Bellas Artes Leopoldo Romañach, en la que se mantiene en calidad de profesor, ha establecido en poco tiempo y con extraordinaria solidez los pilares de un trabajo artístico que transita desde y hacia la pintura. La pintura en su dimensión meditativa, canalizadora, teleológica incluso.

Continuamente, Abraham señala entre sus principales referentes artísticos a los pintores impresionistas, de quienes heredó la preocupación por la luz y el color. Entre ellos, un lugar especial ocupa Sorolla, gracias al que afirma haber entendido el sentido de la pintura, que es tanto esencia e ideal, como una adecuada síntesis de manchas y colores. 

No suele trabajar por series. Justo ahora parece comenzar a enfocarse en esa dirección. En su cuerpo de trabajo mayor, cada pieza representa la materialización de un constante proceso de anagnórisis. El joven creador se deja sorprender y conducir por la trascendencia poética y visual que subyace en lo cotidiano: la familia, los amores, su barrio santaclareño, la naturaleza, los animales, la luz… Sobre estas impresiones proyecta su propio ser y sentir, en un acto estudiado por la estética y la filosofía a través de teorías como la einfühlung, por ejemplo, que encuentra en el mundo exterior manifestaciones de la propia vida espiritual del individuo. Con una depuración formal que pasa por su estilo personal y que resulta en íntimas y místicas revelaciones, la práctica pictórica de Abraham supone una búsqueda esencialmente estética y ontológica. 

Sus composiciones derivan en una combinación sui géneris entre retrato, paisaje, escena de género y abstracción. Ciertas piezas dejan clara su filiación genérica, otras se hibridan. Sus retratos, por ejemplo, prescinden de los rostros; la identidad de la persona se da exclusivamente a partir de colores, elementos simbólicos y títulos codificados. Resultan particularmente interesantes las escenas protagonizadas por dos figuras humanas. Estas parejas constituyen el paroxismo de la presencia del equilibrio y la simetría en la obra de Abraham, y constituyen mayormente evocaciones costumbristas, curiosas por su indefinición y atemporalidad. Unas veces parecen conversar, otras, contemplar algo en la misma dirección, o sencillamente se conforman con acompañarse, con coexistir.

Un segmento importante de su producción se caracteriza por cierto grafismo, empleando como protagónicas ciertas entidades visuales básicas como el punto, la línea recta y el plano de color. En este sentido, resultan singulares en su lenguaje visual los patrones de puntos decorando figuras y áreas. Estos, además de generar ritmo y énfasis, obran como posibles signos. El excepcional Jesús de Armas, por ejemplo, dentro de su imaginario inspirado en la mitopoética taína, empleaba patrones de puntos para designar la enfermedad, el conflicto, el dolor… sin menospreciar su función ornamental. Gran parte de los fondos y las grandes áreas cromáticas que despliega Abraham son de ascendencia informalista, pienso sobre todo en vertientes como la color-field painting de Rothko y Barnett Newman, en las incisiones y hendiduras de tipo espacialista, y finalmente en la pintura matérica. No le teme a las áreas vacías, las necesita. Bien se sabe que, en pintura como en poesía, los espacios libres, los silencios, valen tanto como las figuras, el texto, los versos. 

Algunos de sus trabajos me remiten a artistas tan diversos como Whistler, Picasso, Kirchner… hasta los ukiyo-e de Utamaro. Abraham suele mostrarse sorprendido ante tan distantes conexiones, niega incluso conocer o interesarse por algunas de esas fuentes. Reales o no, lo cierto es que tan variadas presencias enriquecen el proceso receptivo y refuerzan la identidad de su obra. Firme, fresca y sincera, la pintura de Abraham se resiste al intento exegético, pues su misterio no viene de lo rebuscado y complejo, sino de la simplicidad. Las cosas simples suelen darse por sentado, por eso al tratar de interpretarlas nos descolocan. 

Domina entonces un sabor final semejante al de aquellos poemas que apenas podemos recomendar, pues somos incapaces de explicarlos. Decía Eliseo Diego que la poesía “es el acto de atender en toda su pureza”. La pintura, de cierta manera, también lo es. Abraham Machado nos comparte el resultado de su atención más pura, prometiendo, como mejor garantía, el asombro.

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