Magazine 30 (ES), Stories (ES)

Ailen Maleta

Contar el cuerpo

Por Yudinela Ortega

I.

Se envuelve de blanco y se esconde, es el cuerpo. Instrumental de tantos usos, objeto intervenido. Es el cuerpo: estructura que nos une y nos separa, recipiente del yo, ajeno y propio. Es el cuerpo: un campo de batalla, una isla, un camino, una carpintería. Es el cuerpo: ánima, agua, censura, piel, altar. Es el cuerpo: una hija, una madre, una esposa, una mujer, un individuo. Es mi cuerpo que se exalta. Es tu cuerpo, que te ofrece múltiples refugios y tú los aprovechas, para volver al día y la hora en los que decidiste emprender este camino.

Ailen Maleta (La Habana, Cuba, 1984), ha tomado los caminos de la fotografía y la videocreación para contar el cuerpo. Cree haber llegado un poco tarde al encuentro de su vocación, sin embargo, no existen modelos exactos para alcanzar la verdad. Y en su tiempo preciso, ella la continúa buscando. La fotografía es su sustento emocional y económico, es también su liberación; es la práctica que ha escogido para vivir y enunciar los procesos que acaecen alrededor del continente en el que habita. 

Desde 2014 se ha dedicado a crear escenarios tomando los ambientes domésticos y  los objetos que la circundan, como atrezo para narrarse y narrar su diario. Su trabajo es indiscutiblemente autorreferencial y el tratamiento directo a sí misma, la coloca dentro de una tradición fotográfica, en la que las mujeres artistas cubanas han definido su quehacer apegadas a lo femenino –en parte porque así las hemos clasificado- , pero no ajenas a los conflictos y realidades que condicionan su día a día. En la ardua tarea de mostrar la vida – hacerlo desde una misma – como es, como creemos que es y cómo queremos que sea,  incluiría antecedentes y coetáneos: Marta María Pérez, Cirenaica Moreira, Lidzie Alvisa, Katiuska Saavedra, Sandra Ramos, Aimé García… Yanahara Mauri, Khadis de la Rosa, Lianet Pérez, Paola Martínez Fiterre, Alicia Alvisa Alejandra Glez… Y otros nombres más que podría enlistar en este texto, pero que se quedarán como deuda a saldar en otros escritos. Contar el cuerpo no precisa únicamente contar lo femenino.

Ailen como he referido anteriormente, es una artista con marcados antecedentes visuales y referencias simbólicas. Los conoce, reconoce y sedimenta dentro de su tratamiento a la entidad corpórea y a las entidades que reúne y convierte en contenedores de ese cáliz que le da la vida. Dentro de ese panorama artístico, que cada cierto tiempo se renueva, construye su visualidad. Su obra, comprendida en series, aborda procesos vitales, debilidades, ausencias contenidas en su contexto  inmediato y  dilatado. En estas series  queda plasmado su interés por las historias que cuentan las imágenes, diagramando así su propio mapa de auto-representación. Ella ha asumido su manera de contar la historia desde el cuerpo, ese habitáculo macerado por constructos obsoletos que hoy intenta levantarse y darle voz a otros cuerpos y a otras historias. 

II.

Mientras crecía, la acompañaban aquellos álbumes gigantescos que con su hermana fue construyendo gracias a la vieja cámara rusa que preservaba su padre. Todos los días se retrataba un gesto, una sombra, un cuerpo en movimiento. Cada elemento se conectaba con un olor, un sabor, una memoria atrapada en los recuerdos. La infancia, el camino hacia la casa, las correas que modulaban su columna vertebral en el retorno hacia aquella otra casa, en la que creció. Entonces no existía el abismo entre el verde olivo y el blanco. Entonces su imaginación, era todo lo que poseía. 

En la carpintería (2014), es el producto de un episodio lúdico que causó en la artista el efecto liberador de poder contar su niñez a través de una silueta. Allí, en el taller de su padre, creó su propio espectáculo de sombras chinescas y ¡comenzó la función! Su cuerpo se transformó en una suerte de vehículo que la hacía consciente de cuán maniatada había estado su manera de ver y entender el pasado. El cuerpo, educado y corregido en dualidad entre dos mundos en los que, como ser social, se había formado su carácter: el militar y el religioso. Del rigor a la adivinanza, de lo mundano a lo incorpóreo, de la exactitud a la predicción… Del verde olivo al blanco impoluto se entretejen siluetas que bajo las sombras de una lona amarilla, se debaten entre cinceles, gubias, martillos y serruchos. Las obras que conforman esta serie, repiten in crescendo los vocablos que las nombran: Educación, Camino, Alivio, Delirio, Aproximación… Son estadios por los que ha transitado la artista, lijando, calculando cada centímetro y martillando la esencia corregida de antaño. En la carpintería… no solo se domina la madera, también se descomponen los prejuicios y se devuelve la respiración. El dogma que sujeta la hibridez se desancla y vuela hacia ese espectáculo que es el libre albedrío. 

III.

El blanco tiñe sus noches domésticas, bajo la cama de sus hijos descansa un vaso con agua para calmar los malos sueños. Sus amaneceres son convulsos pero el blanco de las paredes, el blanco de las sábanas, el blanco de ese polvillo que se esparce por las superficies pulcras y manifiestas, la devuelve a su niñez, una vez más. 

En el Camino a la purificación (2018), Ailen se aproxima al culto espiritista a través de algunos elementos  que suelen asociarse a esta práctica religiosa. A conciencia,  vuelve a ese sendero que marcó su infancia, en el que el blanco como valor, se corona signo de la espiritualidad. En la cultura occidental el blanco es asociado a los conceptos de paz, sosiego, inocencia. Protagoniza las expresiones que identifican la práctica de diversas variantes de creencias religiosas, propiciando el diálogo entre lo objetual y lo divino como síntomas para expresar la fe del ser humano. 

Dialogan así las flores, los vasos espirituales, la cascarilla, las velas, sustraídos de los escenarios en los que deberían habitar para cumplir con el cometido que se les ha impuesto: conectar con el más allá. Pero en esta serie, los elementos no se desbordan hacia lo velado, más bien, se despojan de simbolismos para acercar al espectador a esos otros caminos que la fotografía publicitaria puede trabajar. Posan, como gotas de rocío, avalanchas de nieve o cataratas de pétalos por esa otra galaxia en la que son colocados. Y su condición física queda así, trasmutada en un mundo en el que la imagen permea cualquier tipo de relación con la realidad.

IV.

Ha dejado de ser ella. Su voz tiene el sonido de otras voces; su rostro se mezcla en el espejo de otros rasgos. Ella viene de… Pertenece a… Ha sido la… Ella es muchas, muchos y no es nadie. Es otras y es otros ¿O es todo? Toda ella.

La hija de…, la esposa de…, la madre de… (2018), es una serie de madurez conceptual en la obra de la artista.  El cuerpo propio y a su vez ajeno, compendia en fragmentos el curso que ha de tomar el arquetipo de lo femenino para reproducirlo, cuestionando la  escala de valores morales a los que se asocia.  Nada es velado, no la protegen sombras chinescas, se presenta al descubierto para contar lo que adolece. Contar el cuerpo sabiendo que poco a poco dejamos de pertenecernos, constatando cómo vamos anulando los rasgos o características específicas que nos hacen distinguibles del resto del conjunto, para ser de alguien más. Poseer al otro es en ocasiones un deseo, un temor que puede llegar a acrecentarse, una realidad. Es sin dudas, un acto de anulación. Así narra el proceso vital de una mujer esta serie que denuncia el anonimato, la manipulación, el tiempo perdido en aquellos menesteres a los que nos “debemos” per se. 

La idea preconcebida de cuáles han de ser las responsabilidades de una mujer según: Hija, madre, esposa… pueden resumirse como la usurpación histórica de nuestra psiquis. El rol del que hablamos se asocia a la mujer como columna vertebral o descendiente de una línea de responsabilidades que nos invisibiliza en los brazos de una carga adquirida y absenta de conciliación. La mordaza se erige en territorio de sueños truncos; las marcas en la piel, el viaje que emprende la caída de nuestras fuerzas para marcar el camino de la resistencia.  

V.

Se eleva, incorpórea y ligera. Mira hacia atrás y hacia adelante. Toma una bocanada de aire y se prepara de nuevo para ir a la guerra. 

Ánima (2018 – 2020), expone los procesos del alma por los que peregrina una mujer en todo el continente de su ser. De niña a mujer, de hija a madre, de esposa abuela,  para luego observarse en regresión. La enajenación y el off que suponen ese in-trascender en modo superviviente, registran los miedos que bautizados- una vez más- por el blanco, hacen que Ailen Maleta se mantenga atenta a los  destellos frugales que se cuentan en soledad. Ailen se envuelve en sábanas blancas.  Ailen protagoniza un soliloquio doméstico en el espacio vital que comparte en ascendencia y descendencia. Ailen abraza el lecho de una cuna. Ailen se cobija en la sombre de su silueta desnuda, Ailen al borde de un precipicio, blanco, no por ello menos limítrofe.  Ailen perdiéndose, ella entera y de vuelta a su matriz.

 La senda vertiginosa por la que el cuerpo de la artista cruza las escenografías blancas y despejadas del interior de su casa, son también un remanso de libertad. Los reflejos, las fugas, la pulcritud de los encuadres, la sensitividad de las telas y el agua, son los conductores de ese diálogo que se entabla hacia el interior. De afuera hacia adentro, el Ánima regurgita parábolas habituales y dibuja a fuerza de expresiones,  la conjunción de lo posible.  

VI.

Sopla con fuerza hasta parir un silbido. Siente la arena en los pies y el salitre en los labios. Cierra los ojos para ver el mar, cierra los ojos para no ver el letrero luminoso que anuncia: DEPARTURES.

No – Lugar (2021), es el más reciente proyecto de Ailen Maleta. Motivada esta vez por la situación acaecida a causa de la Pandemia del COVID-19, la artista propone una lectura sostenida del rol que ha emplazado a la mujer en un contexto específico como el cubano, pero con señalamientos que no se circunscriben solo a este escenario. El aislamiento, la soledad, la responsabilidad de proveer sosiego, alimento y cuidado  al núcleo familiar en una situación excepcional, son las cargas que han provocado el nacimiento de un espacio imaginado, sin remanentes en la realidad y que se formaliza en fotografías y videos en blanco y negro y a color, situaciones en espacios interiores y exteriores, modulaciones de una interacción con la individualidad doméstica y la colectividad descentralizada.

 El No lugar, fundamentado por el antropólogo francés Marc Augé en su ensayo: Los «no lugares». Espacios del Anonimato. Una antropología de la Sobremodernidad propone que: Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar.  Basándose en tal entrecruzamiento entre el lugar histórico y el no lugar a-histórico, infinito y despojado de remanentes, coloca Ailen Maleta un globo, objeto hecho de látex, que se infunda  de aliento, hijo casi siempre del roce entre una boca y una perilla empolvada, habita la ilusión de lo que supondría la libertad en un espacio imaginado. En escenarios realistas, citadinos y domésticos levita entonces la esperanza de la identidad. Así el mar, los escombros y una habitación, son las locaciones en los que se reescribe la nueva verdad del lugar antropológico / no lugar imaginado, de una mujer artista que sueña, reconstruye y sobrevive a las huestes de la precariedad. 

VII.

Las imágenes fijas o en movimiento que estructuran esa superficie concebida por Ailen Maleta a la que llamamos Su Obra, son los signos de un relato que toma al cuerpo como instrumental para diseccionar el entorno. Por tanto, la obra de esta artista rompe el impass que cada cierto tiempo se renueva en el arte cubano. Con elementos mínimos, enhebra los hilos del  juego azaroso que nos relata como generación. Contar nuestros cuerpos, nuestra identidad y la relación que como individuos establecemos con las imágenes que acompañan el extraño relato que nos precede, es narrar el presente. Un tiempo que se conjuga en siluetas, blancos escenarios, convulsos paisajes y que nos grita en su aparente mudez, que una vez más: Contar el cuerpo, implica contarnos como nación.   

Ailen Maleta
Ailen Maleta
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