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Aissa Santiso

Aissa Santiso: Una artista aferrada a la práctica de la virtud

Por Yudinela Ortega

En verdad, la capacidad de observación, lo que Simone Weil llama atención, es la madre de todas las virtudes. 

Pablo d’Ors. Biografía del silencio.

Un café caliente al costado del Museo Reina Sofía, Que nos roben la memoria de Concha Jerez y la impaciencia de quien se adelanta media hora a su cita, fueron el preámbulo perfecto para mi encuentro con Aissa Santiso, (Cuba,1992). La memoria apurándose al rescate de la tachadura equívoca que practica la censura; esa fuerza de la luminancia en una sala de exposiciones; el reordenamiento de las imágenes que consumimos aburridos en nuestra desidia cotidiana; y el vacío de una polémica mutilada en su abandono… Son ideas que estuvieron revoloteando en mi cabeza antes de la cita. Y que pudieran ser, a priori, algunos de los argumentos a tratar en este texto.

Primero un exergo: Ser artista es la virtud de poder existir libremente. Luego, una revisión exhaustiva de cómo trabaja en ideas desligadas de su formato. Cómo las va colocando en esos campos que entrecruza y domina a su antojo. Ser artista y poder existir libremente, son las motivaciones desde las que proyecta sus diversos escenarios. A su mantra de vida, yo añadiría que, la virtud del albedrío ha de soportar –cual columna- la coherencia y consecuencia de la provocación. La honestidad de una obra de arte ha de ser signo que movilice al discernimiento y que filtre su poder hacia una autonomía de expresión creativa, en cualquiera de sus formas. Y es que en el ser que encarna ella, la artista: la libertad es una virtud directamente proporcional a la vocación transdisciplinaria con la que abraza su trabajo. 

Aissa Santiso ejecuta acciones que la definen, con rigor, como una artista (polifacética, interdisciplinar, multimedial…) Pintura, performance, fotografía, new media art, videoarte, cada uno de estos soportes le han valido como canales de sedimentación al abordaje de las cuestiones que le ocupan. En su manera de crear, una idea no nace sujeta a una formalidad específica, porque ella redime cualquier etiqueta preconcebida. Así lo ha hecho desde los inicios de su carrera. En sus universos de exploración, aborda problemáticas en torno a la memoria –colectiva y personal-, al sujeto vigilado e insomne, a la soledad, al control que ejercen los medios de comunicación sobre la sociedad, al impacto de los juegos dentro del paradigma del arte, al efecto del color y la luz en la recepción del objeto expuesto. Para dar tratamiento a un tipo de mensaje autorreferencial, que nace en la experiencia doméstica, y se trasmuta en reflexiones y señalamientos que nos competen como hijos de la cotidianidad. 

Lo cotidiano habita en la repetición. Es el círculo cerrado que no nos permite fugarnos de nuestra existencia o lo que esta signifique. Y extrapolado a una realidad finita y diversa, que consiste en este caso, la obra de Aissa Santiso, nos proporciona una idea de uso y prolongación. Indica los caminos de un razonamiento sobre el tiempo y el espacio que consumimos. La cotidianidad vista como prórroga, esa que la artista utiliza para que sus agudas aportaciones artísticas, cohabiten en puntos de inflexión recurrentes. 

Colección (2014-2020) es una serie compuesta por pinturas y serigrafías, la mayoría de mediano y gran formato. Un work in progress que toma por bandera aquellas situaciones que pudieran ser vividas en cualquier esquina del planeta. En un principio la colección se nutría de la recuperación de fotografías familiares, recortes de libros y revistas a los que tenía acceso la artista. Hoy crece supeditada al frenesí de las redes sociales, a la diversidad y la proliferación de una imagen en contextos muy diversos. Piezas como: Archivo 823: La artista, (2020) o El naufragio, (2019) funcionan como textos visuales explicativos de un comportamiento que se asienta en lo banal y anodino. Es lo que siento cuando la estridencia de la paleta, la enajenación en espacios cerrados, la manifiesta impersonalidad de un rostro y el escape de sí, protagonizado por las figuras, comunican esa indiferencia cotidiana a la que me refería al inicio de este texto. En ambas obras se cuestionan los procesos de recepción de la personalidad individual. ¿Cómo nos vemos?, ¿cuánto nos importa la manera en la que los otros nos ven? El componente dual que signa cada trazo está anclado a la naturalización del escondite: El artista ha de encerrarse en su estudio para producir, y luego ha de exponer ese fruto en su feed de Instagram. Una lógica consumada en la promesa que se alimenta de la superficialidad que entraña la imagen. 

En el trabajo continuado de Colección, Aissa ha ampliado la iconografía con la que analiza cuánto nos exponemos al compartir el signo. En sus relecturas, el archivo del otro es deconstruido al detalle para realizar ese viaje de ida y vuelta al interior. Y así concientizar lo sintomático que resulta, no en uno, sino en millones de individuos, el hecho de inmortalizar las acciones que afuera, –en el mundo analógico– seguramente no dejarían rastro. 

La pluralidad de voces, la alternatividad de las fuentes bibliográficas, la información dilatada hacia el terreno virtual y la permisividad con la que legitimamos la naturalización de estos consumos, son cuestiones que también aborda. De esa suerte, Black Box (2015), resulta ser una de sus obras más críticas sobre el siniestro círculo de remanentes que va creando una imagen repetida por pura mecánica. Noventa acciones cotidianas inundan un espacio. ¿Cómo llenamos nuestra cotidianidad?, ¿cuáles son las florituras o las necesidades físicas y emocionales que mantenemos en nuestro día a día? La contextualización, el desecho histórico que ha de formar parte del significado de una imagen, su tiempo y su formas de abuso, se ponderan, haciendo abortar su permanencia. Nada es duradero dentro del macrocosmos simulado de la realidad, al contrario. Que nuestros sentidos se dejen arrastrar por la simultaneidad es el objetivo del cansancio informativo que nos proponen como práctica de vida. Así, en esta caja negra, ocurre la amplificación más estrepitosa y vacía del cómo la existencia de una persona se rige por la inmediatez. 

El proyecto Scissors (2015), discurre acerca de la modificación que el uso de la tecnología ha generado en nuestros sistemas de comunicación. “KIERS SR PART D MI RALIDAD”, es una frase construida mediante la exclusión de algunos de sus caracteres, y reproduce las estructuras semánticas que utilizamos por omisión cuando nos comunicamos vía mensaje de texto. En la obra se estructuran códigos de acercamiento con el espectador, recreando una complicidad premeditada, cuando este logra reconocerse en el texto fracturado. Es ahí cuando la artista vuelve una vez más sobre su interés por las sociedades vigiladas, diagnosticando la ausencia de privacidad en la que se desarrolla lo cotidiano. Se aprovecha de los patrones de conducta que han de producirse en el espacio –galerístico- para confrontar una verdad sincrónica: la del espectador (vigilado) que interactúa, y la del programa de imagen y sonido utilizado en la pieza. Provocando así, la coexistencia de lo real aprehendido y lo real manipulado por la tecnología. 

Expropiarnos del pasado reciente, forma parte de ese complot que se empeña en librar la cultura del olvido. Enterrar los pasajes de una historia que no es políticamente correcta, me hace pensar que el azar me llevó de la muestra de Concha Jerez, a la mesa en la que compartí un café con la artista. Las dimensiones en las que nuestros referentes históricos pueden definirnos son imposibles de medir en palabras. Sin embargo, cultivar una memoria lúcida, disponible para resguardar nuestros relatos presentes, sí ha de ser posible de rescatar en las pequeñas acciones que protagonizamos a diario. Es por esto por lo que las series fotográficas con las que Aissa Santiso va construyendo su identidad como artista, no pueden perderse de vista: Living Notes (2018), El Vigilante (2016-2019), Over the sea (2014), Abstracciones (2014-2015), SET (2012), Edipo (2011-2012) y Casa de ensueño (2011).

El tipo de fotografía documental y autorreferencial que ella practica expone los conflictos sociales que se comparten en la contemporaneidad: Depresión, soledad, ausencia de empatía con cualquier ideal, extrañamiento… Todas estas, dimensiones enajenantes que sufren los actores del relato postmoderno: nosotros. La fotografía es su cuaderno de notas y en cada apunte revela nuestra aversión a formar parte de algo, a ser expuestos al escrutinio social. Aun cuando perdemos de vista que nuestra existencia está supeditada a dispositivos que han puesto en nuestras manos los mismos que pretenden ejercer el control. Cada una de estas series fotográficas, en su heterogeneidad y libre albedrío, narra la polisemia de un carácter, la capacidad con la que la intuición identifica un conflicto por resolver, una verdad por contar, un paradigma por cuestionar. Son documento instantáneo que la artista construye de sí y de los escenarios en los que su vida va sucediendo. En ellas nos revela esa suerte de desarraigo con el que cuestionamos nuestro ser intangible y su conexión con el exterior; una especie de show de Truman que pone en tela de juicio ese aquí y ahora al que tanto nos aferramos. 

 La vocación humanista del arte ha de cosecharse rompiendo las cortinas de humo que se esparcen alrededor de la complacencia. Y ella, la artista, no se da el lujo del agrado. Ella trabaja la erudición hacia un tipo de práctica artística transversal. Ella emprende largos caminos de introspección y en esos recorridos intimistas, tecnológicos y críticos con su tiempo, encuentra la utilidad de la virtud.

Web de la Artista

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