Magazine 30 (ES), Stories (ES)

Alain Cabrera

Ciertamente como una sombra es el hombre… 

(Salmos 39:6)

Por Mónica Pérez

Cuán efímera es la vida humana, cuán frágil e impredecible. ¿Qué es el poder terrenal –cabría preguntarnos– si no define con total autoridad siquiera el próximo minuto? Y si las circunstancias muchas veces son las que permiten la consumación de un deseo o la viabilidad de una decisión, y en otras ocasiones son el resultado nefasto de un conjunto de determinaciones erróneas. ¿Qué papel jugamos en nuestras vidas? ¿Cómo nos atrevemos a envanecernos en nuestra propia sabiduría, si hay mucho más que desconocemos y nos supera? Estamos inmersos en ese ir y venir de nuestro libre albedrío, donde todo es finito, circunstancial e incierto.

Para el fotógrafo cubano Alain Cabrera (La Habana, 1980) metaforizar lo mutable y perecedero de la existencia humana, se ha convertido en su forma de observar el mundo. La variabilidad estética de su propuesta, así como los diversos procesos y géneros con los que coquetea constantemente, pareciera despistarnos en la búsqueda de un fundamento que articule tantas imágenes, en apariencia, inconexas. Y es que la multiforme visualidad que acoge su obra, apunta a la diversidad de estados o realidades que en su vorágine dinamizan y fragmentan la vida. El hombre en sus presencias y ausencias, en sus escenarios siempre tornadizos, habita en la fotografía de Alain, y es el principio que la sustenta.

Títulos de series suyas como Presencia, Es tan fácil perder el camino, Solo la bruma sabe cuándo llegará a su fin y Todos se van, esbozan en conjunto instancias conflictuales de la condición humana, donde lo transitorio, lo fugaz y lo difuso, parecen estructurar un relato. Relato que, desde las inquietudes locales discursa sobre una experiencia universal. 

Presencia, tiene como telón de fondo el sucinto momento en que se produjo un refrigerio en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos (2014-2016), cuando el emprendimiento y los negocios privados, casi saborearon un aliciente para su desarrollo. No obstante, ese periodo quizá también sobre-influyó en la sociedad cubana a extremos. La “americanización” solapada que por años degustaba un sector del pueblo, alcanzó importantes niveles de desinhibición. La proliferación de banderas estadounidenses en la vestimenta, ofreció un panorama no muy acostumbrado en Cuba y que, evidentemente, respondía a la circunstancialidad de un pensamiento y sentir colectivo. Al decir del propio Alain: “Se pone en evidencia un trasfondo injerencista de penetración cultural”, a lo que yo añadiría “con una recíproca complacencia a ratos ingenua, a ratos consciente de la contraparte”.

El protagonismo visual que adquiere en estas imágenes las prendas de vestir, continúa ponderando reflexiones en torno a lo perecedero del hombre y sus creaciones. Si su vida tiene un carácter efímero, cuánto más no lo tendrá su obra. Ni aún las más colosales arquitecturas se mantienen impávidas al paso del tiempo, a conflictos bélicos o a fenómenos meteorológicos. Es tan fácil perder el camino muestra esa fragilidad, la soledad de los espacios derruidos, fragmentos de edificaciones, montones de piedras que en un último suspiro, parecen ellas mismas encomendarse a su final. El olvido junto a la vertiginosa cotidianeidad del hombre, hieren zonas de la ciudad –en este caso de La Habana– ya condenadas a la muerte. No existe presencia humana, un recurso efectivo para aguzar la crítica.

Es por ello que ante la monumentalidad y perfección de la naturaleza, no somos nada. En contraste con esos espacios urbanos que languidecen, la exuberancia de valles y bosques toma lugar en las fotografías manipuladas de Solo la bruma sabe cuándo llegará a su fin. La naturaleza enseñoreada en sí misma, con toda su gloria y belleza, se nos presenta como diseño de lo perpetuo, de lo que es y siempre ha estado. Un misterio habita en su poder incalculable, el mismo misterio que lleva la bruma a su fin y que el hombre, en su carnalidad, no ha logrado ni logrará desentrañar. Quizá, debamos con toda humildad, frenar nuestra fatiga diaria, reparar en lo que nos sobrepasa y nutrirnos de ello. Quizá esté allí, en aquel misterio, nuestra verdadera esencia, nuestra verdadera paz.

Y en la búsqueda a ciegas de esa paz que, al no encontrarla se construye… Todos se van. Estamos aquí ante ese peregrinar humano tan innato como complejo, que no cesa. El fenómeno de la emigración que azota al mundo, aparece delineado en la obra de Alain desde el impacto que genera en la realidad que lo circunda. Imágenes ajenas entre sí se superponen y generan extrañas transparencias, donde no se define ni tiempo ni espacio. El hombre fragmentado, su inconstancia, su no lugar, las distancias, los olvidos… son amalgamados magistralmente en un intento por captar todo lo que encierra “el partir”. No se persigue la emoción ni bruscos contrastes sensibilizadores, la nostalgia emerge por sí sola de la mano de una delicadeza contenida, que parece siempre habitar en la obra del artista. 

La ingenuidad con la que muchas veces disfraza las imágenes, esconde profundas reflexiones en torno al hombre. Ese que ha de seguir redescubriéndose para, dejar de ser sombra y convertirse en luz.

 

Alain Cabrera
Alain Cabrera
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