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Alberto Hernández

Deseo de integración

Por Ángel Pérez

La pintura de Alberto Hernández Reyes (La Habana, 1976), es –paradójicamente– un retiro y un gesto de reafirmación en el mundo. Consagrado al género del paisaje, este artista lleva algunos años ensayando variaciones sobre la naturaleza rural, variaciones que parecen delinear un viaje espiritual al interior del ser y un desasimiento de la realidad. En las pinturas de Reyes, el accidente físico pretexta el despliegue de apabullantes paisajes afectivos, sensoriales, teológicos incluso… Al contemplar los mejores momentos de este autor evoco el extraordinario poema de José Lezama Lima titulado Noche insular: jardines invisibles, cuyo final alude al triunfo definitivo de la luz sobre la “muerte universal” –y la luz es en la obra del pintor, mucho más que un recurso expresivo–:

Dance la luz reconciliando
al hombre con sus dioses desdeñosos.
Ambos sonrientes, diciendo
los vencimientos de la muerte universal
y la claridad tranquila de la luz.

Todavía hoy el paisaje resulta un género incómodo, capaz de provocar toda clase de desconcierto. Uno de los aciertos indiscutibles de su trabajo es, precisamente, la destreza con que maneja los códigos garantes de la primacía del paisaje en el devenir histórico del arte, y la organicidad con que trenza los estilemas distintivos de algunos de los fundamentales estadios estéticos por los que ha atravesado el género. Un primer acercamiento a su pintura revela una elocuente (y turbulenta) tensión entre las órbitas expresivas del paisaje clásico y el romántico. Y esa tensión, que nutre la médula misma de la arquitectura plástica de su estilo, explica la singular sensación de extrañamiento que generan sus obras frente al entorno representado.

La representación emprendida por el artista se muestra gozosa de su destreza técnica, se ufana del rigor y la eficacia con que se fijan los motivos en el lienzo. El árbol, la nube, el sendero pedregoso, el mar, el cielo…, son plasmados con atención al más recio ilusionismo. En tal sentido, la aventura plástica de Hernández Reyes se aproxima al clasicismo, preocupado como estuvo por la documentación mimética de la naturaleza. Pero inmediatamente irrumpen una serie de resortes expresivos que desactivan la semejanza a que aspiraba el paradigma clásico. La luz y el color –desplegado mayormente en gamas monocromáticas– resultan los recursos expresivos esenciales en esa movida formal. En los enormes planos generales –sus composiciones tienden a presentar una visión cenital del paisaje–, la instrumentación de ambos elementos subyuga todo el tiempo la semejanza. Ellos son, además, los principales responsables de estructurar la atmósfera fantasmática y onírica que envuelve el ambiente representando en una inquietante sensación de irrealidad, al punto de que “eso representado” da la sensación de provenir de alguna arcana ancestralidad o de la imaginación. Ahí es donde el criterio de representación manifiesta su deuda con la conquista absoluta del paisajismo romántico: la subjetivación del plano expresivo.

Y es que, en buena lid, lo verdaderamente importante (o al menos para la pintura de este artista) no es el paisaje real, sino como se muestra a su mirada interior. Con esto no estoy diciendo que su obra se restrinja a aprehender el vaivén de su universo íntimo o de su sensibilidad creativa; si bien, de cualquier modo, este emana en cada cuadro, pues él también hereda del romanticismo el principio de que los estados de la naturaleza transparentan/evocan los estados emotivos del artista. Con “mirada interior” quiero decir que el paisaje –autosuficiente en su específico estético, sin dudas– trasunta acá la manera singular en que este creador siente y proyecta la realidad. Los ambientes visuales parecen describir estaciones (nunca definitivas) del proceso de búsqueda de una verdad personal del mundo. Más que una captación del afuera, cuanto contemplamos es la dimensión misma desde la que el artista observa, piensa, imagina… El paisaje es la condensación de un imaginario, y por eso, no importa cuán reales se presenten en ocasiones, emanan directamente de la especulación estética de Hernández Reyes.

Uno de los ardides más sustantivos del autor –y que tributa también esencialmente a la diferenciación definitiva de su estilo– es la dinámica existente entre el registro concreto de una geografía y la propensión visual a lo abstracto (en determinadas zonas de la composición y en el discurso). Hay una contundente movilización de recursos plásticos en función de que el esbozo de cualquier espacio puntual, ampare una indagación específicamente estética en las cualidades plásticas de la luz, el color y la composición interna del cuadro. Esa maniobra procede del legado impresionista y, de alguna manera, del tipo de paisaje experimentado por el inglés William Turner. (Por supuesto, estos no tienen que ser necesariamente referentes del pintor. Su identidad visual y discursiva se aprecia resuelta ya desde exposiciones tempranas como Impermanencia (2012) y Transfiguraciones (2014); mas, sin dudas, su operatoria formal se injerta orgánicamente en aquella tradición.

Si tomamos alguna obra puntual de esas exposiciones o nos detenemos en una pieza representativa de la poética del artista como El sitio más transparente (2019), destaca, del repertorio lingüístico instrumentado, el elocuente trabajo con el color, siempre dispuesto en una paleta monocromática reducida a variaciones del sepia y los tonos ocres. Esa es una de las fuentes expresivas sustantivas, que a través de una densa alteración de la clave lumínica genera un extensivo campo de valores. La luz es responsable de estructurar la composición, de perfilar los contornos, de forjar los cuerpos y dar volumen, al tiempo que garantiza la difuminación del espacio y la vaporización de las figuras. Ambos elementos, la luz y el color, son esenciales en la inducción de esa imagen, a su vez, lírica y enigmática, distintiva de la obra de Alberto Hernández, que sumerge a quien la contempla en el misterio y la intriga. En tal sentido, otro gesto cardinal del criterio de representación es el modelado en bloques compactos de los motivos y las figuras, dispuestos en la composición con un marcado sentido performático. Cada uno de esos rasgos de estilo, confluyen en función de garantizar que el ejercicio plástico, en sí mismo, devenga receptáculo de la espiritualidad y sirva de compensación a las penas del mundo.

Cualquiera diría que, en la contemporaneidad, los paisajes absolutamente contemplativos de Alberto, esquivan la confrontación de un tiempo cada vez más turbulento y precario, atenazado por las ideologías, la política y los juegos de poder. Pero ese es un criterio conservador, que desdora, en principio, la autonomía del placer estético. Después, habría que reparar en cómo el paisaje no implica una invasión de la realidad. Los paisajes de Hernández Reyes devienen una intervención en el mundo.

Alberto Hernández
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