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Alejandro Có

Atando las memorias

Por Estela Ferrer

No pocas veces el fenómeno creativo ha sido entendido como un acto de compulsión, en el que el sujeto no puede hacer otra cosa que obedecer su instinto de doblegar, moldear o transformar un material o soporte a la voluntad de sus ideas. El papel de la crítica ha sido siempre recopilar el estado de locura, de efervescencia creativa de los artistas y no es diferente en este caso, donde Alejandro Có se convierte en el centro de mi análisis.

Su obra porta la ductilidad y la fluidez que acompaña a su generación. Transita de un objeto a otro sin esfuerzo, con soluciones que toman del pasado, pero se adjudican su espacio merecido en lo contemporáneo. La ceniza es uno de sus materiales más socorridos, material ancestralmente cargado de connotaciones funerarias y rituales. 

De alguna manera, su hacer lo conecta con lo concreto. No hay divagaciones innecesarias, ni adornos, simplemente la obra en sí. Vladímir Tatlin, el gran artista del Constructivismo ruso, dijo: “Hacer arte es moldear el material” y no era desacertado su juicio. En gran medida, nuestro proceso receptivo comienza justo ahí como público; y mentalmente para los artistas puede tener ese mismo orden u otro inverso. Primero la idea, y luego el material o viceversa.

Graduado de la Academia Nacional de Bellas Artes de San Alejandro en 2017, Alejandro va de la instalación como en Culto a la ceniza (una pieza de contenido informativo que deviene un compendio de noticias y aconteceres), a la pintura (con una serie sobre cenotafios que merece atención singular), pasando por la fotografía, con la obra Kirieleisón (donde propone una reflexión sobre el mito griego del barquero Caronte y alude desde el título a un canto típico de las honras fúnebres).

El creador, se siente muy cómodo abordando lo histórico desde diferentes puntos de vista. En Recompensa y las series Jardín del recuerdo y Reliquias ajenas, lo maneja con efectividad. Recompensa se emplazó en el espacio público, donde varios carteles brindaban –usando el diseño típico de los carteles de Se busca de las películas del Oeste– un instante de popularidad a varios estilistas cubanos y foráneos ya fallecidos, que eran reconocidos por su talento. La obra funciona desde su misma contradicción: el hecho de que efectivamente sean los más buscados, pero por su destreza para ese oficio.

Jardín del recuerdo se inspira en los jardines sagrados de las iglesias protestantes, donde se esparcían las cenizas de las personas con cierta relevancia para la orden; eso se transfiere a los cuadros, donde literalmente se quema lo histórico, papeles provenientes de archivos sobre conflictos bélicos acontecidos en diferentes lugares del mundo, esas cenizas se transforman y mezclan con los pigmentos de las piezas. 

Todos los cuadros tienen en común el cenotafio, como espacio para rendir tributo a los fallecidos en la guerra y cuyos restos no han sido encontrados. Hay una transferencia, en las cenizas de los archivos, que juega con lo subliminal. A la vez, busca su completamiento en el tributo sin pasar por alto las particularidades de cada nación. El artista hace un recorrido por los países creando una suerte de mapa, que ilustra el carácter global de la batalla, de la huella que permanece en el interior de la memoria colectiva y también de los diversos estilos arquitectónicos.

La paleta se centra en tonos oscuros que refuerzan el carácter solemne. El elemento arquitectónico que simbólicamente ofrece el tributo, se presenta como motivo central, gélido y sencillo, perfecto en su total soledad. 

Áncora es una obra única, como esas que surgen dentro de las situaciones extremas que tiene que afrontar la humanidad. Es una doble fotografía donde se ve un “nasobuco” cubierto de ceniza, de publicaciones sobre las muertes por Covid-19 y su marca al ser retirado. Alejandro muestra el positivo y el negativo, la presencia y ausencia del objeto; pero el elemento protector no logra desligarse de su carácter fúnebre, del hecho de sobrevivir o no. Muchas han sido las obras que últimamente tienen a la máscara como protagonista, pero quizás sean estas dos fotografías, sin artificios, una de las que mejor expresa la pérdida, e intentando de algún modo, sostener la ilusión hacia la vida, la esperanza y la fe de no perecer durante la pandemia.  

Así notamos una movilidad a buen compás por entre los intersticios de un tema complejo, lo histórico, dispuesto para su reflexión en el espacio urbano o galerístico,  con soluciones que nos inducen como receptores a la curiosidad o a una mirada más enfática, como ante el amplio conjunto pictórico de los cenotafios que fueron confeccionados en pequeños y medianos formatos y al ser mostrados, construyen un gran friso del dolor humano. Realmente un diagrama del hombre, de la existencia y también del tiempo.

Alejandro Co
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