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Alexis Lago

Patria y galaxia

Por Maikel José Rodríguez Calviño

Otra vez el ruido. Más que ruido, murmullo: un terco zumbido que asociaba con abejas y electricidad. Llevaba mucho escuchándolo. No procedía del estrecho apartamento en el que vivía. Estaba seguro de eso. Había revisado varias veces cada resquicio de cada habitación. Nada, allí adentro, lo producía.

Tampoco venía de fuera. Por las ventanas (cuando las abría) solo entraba el rugido ensordecedor de la ciudad. Cuerpos sobre cuerpos, destellos niquelados, bocinazos y gritos. Pasos, correteos, estampidas. La turbia sinfonía de la vida. El zumbido tampoco venía de allí, de la realidad, ni el canto de la realidad podía acallarlo.

Fue hasta la cocina y se sirvió un café. El olor de la infusión no despertó en él sensación alguna. No le hizo pensar en calidez de libros o de edredones, mucho menos en las delicias de una buena conversación. El líquido resbaló, insípido, por su lengua. Percibió su calidez hasta desaparecer esófago abajo, pero esa tibieza nada le dijo, nada le produjo. Últimamente pocas cosas le producían algo. Su cotidianidad se había transformado en una tediosa sucesión de nadas.

No siempre había sido así. Hubo una época en que todo tenía sentido, él buscaba refugio en el arte y en la filosofía, y el universo semejaba un delicioso laberinto de símbolos. De pronto, un día impreciso, las cosas empezaron a cambiar. Fue más o menos cuando comenzó a percibir el zumbido. Llegaron y le silenciaron, colmaron su existencia de prohibiciones, le bloquearon los caminos. A partir de ese momento las horas empezaron a transcurrir con brutal parsimonia. Amanecía, atardecía, caía la noche. Amanecía, atardecía, caía la noche. Amanecía, atardecía, caía la noche. Pura rutina desangelada que transformaba la comida en estopa y las bebidas en brea.

Puso la taza vacía en el fregadero y se encaminó a su habitación para terminar de vestirse. No tenía sentido salir, pero lo haría de todas maneras. La ciudad tenía ya muy poco que ofrecerle. Las personas, menos. Hubo un tiempo en que dialogaba con ellas, las instruía, les compartía un ápice de la poesía que revoloteaba a su alrededor. Algunas le prestaban atención; otras, no. Prefería quedarse con las primeras. Ahora, ni unas ni otras, y no porque él lo quisiera. Alguien, en algún lugar, lo había decidido así. Alguien le había obligado a callar.

Entonces, el zumbido. Inexplicable, persistente, total. ¿De dónde vendría? No tenía ni idea. ¿Lo escuchaba solo él? Probablemente. Llevaba demasiado tiempo sin hablar con nadie; no podía preguntarle a los demás si también lo escuchaban. ¿Se estaría volviendo loco? Tal vez. La locura muerde y mastica. La locura produce ruidos. 

Se vistió y salió al exterior. La turbia sinfonía de la vida le inundó los oídos, pero prefirió ignorarla. Empezó a caminar sin rumbo. Fue dejando atrás las calles de su infancia, el muro salitroso, la esquina del primer beso.

Se alejó de la vidriera que destrozó de una pedrada, del olor a carne hacinada, de la saliva reseca. No quería pensar, no quería sentir. En algún punto, algo (una membrana, una tenue e invisible frontera) se quebró ante el empuje de su cuerpo, pero no lo percibió, como tampoco notó la desaparición de los edificios, del tráfico, de la multitud.

De pronto se vio en mitad del pasto, escuchó palabras líquidas, vio frente a sí un espejo en forma de lago. No hizo el intento por conservar la ropa. Totalmente desnudo, metió los pies en el agua. La frialdad le dio la bienvenida. Él le agradeció internándose en ella con la sobriedad de un sacerdote que ejecuta un rito vital.

A medida que avanzaba el zumbido se incrementó. Ya no estaba sólo en sus oídos: empezó a escucharlo con músculos y tendones, venas y nervios. Su ser entero se estremecía como la piel de un tambor percutida por manos firmes. Se convenció, entonces de lo que ya intuía, de lo que, hasta cierto punto, sabía: el zumbido estaba en él, procedía de él.  

Llegó al centro del espejo; el borde cristalino se aferró a su pecho. Las vibraciones alcanzaron el cenit y cedieron espacio al silencio. Entonces, el mundo recobró el feroz cromatismo de antaño: una lucidez de acuarela prehistórica diluida en los albores del Tiempo, en promesas crepusculares y terrores matinales. La piel traqueó, los dientes rechinaron, las coyunturas reventaron por la presión. Hubo histeria de plumas, ulular de búhos, una catedral en equilibrio, bonsáis e ikebanas. Sintió que las uñas de manos y pies se le desprendían y vio a través del agua cómo, de la carne rosácea, brotaban raíces y ramas. Los párpados se le cubrieron de musgo; las mejillas, de liquen; las orejas, de esporas. Fue convirtiéndose poco a poco, sin dolor, en un árbol rabioso, en un árbol vociferante, imposible de acallar. Un árbol-nido de pájaros y símbolos, de serpientes que se muerden las colas y peces iridiscentes brotando del sueño.

Un árbol erizado de palabras. 

Y compendió que, por definición, todo cuerpo es patria y galaxia, savia y niebla. Y allí, en su boscosa pequeñez, en su vegetal grandeza, quedó, para siempre transformado en una lenta explosión, a la espera de fantasmas taciturnos, de arriesgados trapecistas, de clavadistas olímpicos, del hechicero que atisba y del barco que pasa. Aguardando por quien quisiera escucharle.

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