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Ángel Alonso

El camino de uno mismo

Por Yenny Hernández Valdés

En sociedades donde continúan heridas abiertas y sin sanar, el individuo intenta reconocer su identidad y su accionar en la mirada del otro, en el pensamiento y la postura ajenas. En esa línea de análisis sitúo la obra de Ángel Alonso (La Habana, 1967), un artista que ha desarrollado un camino propio en la praxis estética y el ejercicio crítico, que entabla un diálogo con el pensamiento filosófico occidental desde el cual cuestiona el accionar del sujeto contemporáneo y sus consecuencias, en tanto resorte discursivo central de su trabajo. De este modo, Ángel nos ofrece en su obra pictórica un campo de traslocación de órdenes, una suerte de manierismo up to date de la sociedad secular que nos sobreviene, asqueante en la competitividad, egocentrismo y desproporción de un consumismo atroz. 

El carácter ecuménico de sus obras, en tanto su figuración viene acompasada por una expresividad de gruesas líneas y curvaturas anatómicas exageradas, nos sitúan ante una zona estética que escapa de la relamida imagen narcisista que abunda en la Historia del Arte. Sus personajes vienen a escenificar, cuasi teatralmente, la realidad tambaleante en la que subsistimos como especie en “civilización”, que se pierde ante supuestas necesidades vitales, cuyo reflejo resulta un abismo complejo en su comprensión.

Precisamente, Ángel Alonso pone en cuestionamiento esa “civilización” del sujeto posmoderno y nos invita a reflexionar sobre pseudo-realidades que se construye el individuo para participar de la rueda dentada de una sociedad globalizada, con una hegemonía basada en poderes absolutistas y con una excelsa estrategia de manipulación que conduce a la automatización y la enajenación del sujeto social. 

La obra de Ángel Alonso encuentra su fundamento axiomático en la búsqueda de lo humano; es decir, en la acción-reacción del comportamiento del individuo, en lo que hemos sido y hemos heredado, en lo que somos y proyectamos, en lo que pretendemos ser y en lo que nos hemos convertido como sujetos “¿civilizados?”. Estos personajes lacónicos, sin rostros, exagerados en su constitución corporal, a veces sombríos, otras en contraste tonal explícito, no son más que sus angustias y polémicas internas traducidas en el lienzo, en el papel o en la cartulina. Sujetos suspendidos en un espacio estético ambiguo por dilatado, que nos hablan, una vez más, sobre la fragilidad, mutabilidad y maleabilidad de nuestra condición. Es un espacio cual suerte de limbo donde levita ese cuerpo, composturas orgánicas que parecen, por momentos, como si buscaran también su lugar en el mundo, su canal de identificación dentro de la sociedad en la que viven.

Específicamente la obra pictórica de Ángel Alonso podríamos entenderla, e incluso acercarnos a ella, como un acontecimiento constante, como un gesto voluntarioso que encuentra a través del arte la vía expedita de comunicación para evidenciar procesos, para exponer criterios, posturas, voluntades individuales que se tornan colectivas, casi siempre. Entiéndase su obra así, cual ademán artístico en directa vinculación con su propio pensamiento, con su experiencia de vida, con su sentir social. Pero Ángel Alonso no indaga solo en el campo pictórico. Téngase en cuenta que este es un artista que ha dialogado desde sus inicios con diferentes manifestaciones. Ha encontrado en la escultura, en el grabado, en el dibujo, en la instalación, en el videoarte y la animación, además de la pintura, otros canales dispuestos para sacar a luz sus intranquilidades como artista. 

En uno de los intercambios que hemos tenido a propósito de mi indagación puntillosa sobre su obra, Ángel me explicaba que el hecho de haber comenzado a desandar el arte desde la objetualidad de sus piezas –fue él uno de los artistas de la archiconocida exposición de los noventa El objeto esculturado– le ha permitido desarrollar y madurar una hechura técnica y conceptual que ha derivado hacia la animación y la pintura con una línea estética muy personal, que roza el hálito del expresionismo, de la gráfica cartelística, del otrora manierismo, e incluso de un surrealismo “modernizado” en determinados elementos estéticos.

Mantenerse indagando en diversos conductos de representatividad durante varias décadas de trabajo sostenido, sin perder su perspectiva discursiva en tanto reflexión sobre el sujeto moderno, sus acciones y consecuencias en la sociedad actual, resulta un reto en todo su impacto. Ello denota una insatisfacción en él como artista que resulta necesaria para mantener activa esa voluntad de continuar, de producir y de madurar la obra. Esa insatisfacción, esa inquietud lo ha llevado a encaminarse por el sendero más complejo dentro del arte que es el camino de uno mismo, el camino de la singularidad, el camino de la diferencia.

Ángel Alonso
Ángel Alonso
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