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Bernardo Valdés

 A la luz del inefable

Por Gisselle Pérez Llanes

La ciencia es incapaz de resolver los últimos misterios de la naturaleza porque, en el último análisis, nosotros mismos somos parte de la naturaleza, es decir, somos parte del misterio que tratamos de resolver

Max Planck

Algunas áreas del conocimiento y fenómenos de la vida nunca han podido ser conocidos ni comprendidos del todo por el ser humano, sobre todo aquellos relativos a lo divino. La sociedad ha adolecido siempre de un intento neonatal y primario por explicar su humanidad a la luz de la presencia de un Dios que se presume que todo ha creado, decide, controla y ve, sin entender del todo la magnificencia e inmensidad del mismo.

Bernardo Valdés propone una pintura reflexiva, figurativa-relatora de cotidianidades comunes al ser humano, expuestas a la soberanía del cielo como metáfora de Dios. En las obras de la serie que lleva por nombre polvo y GRACIA se distingue un marcado sentido antropológico, específicamente en lo relativo a la fe y en cómo la existencia está en su esencia primigenia ligada a un Creador. La propuesta maneja la orfandad que padece la criatura de espaldas a aquel que le ha dado vida, bajo el efecto de alicientes cotidianos. Queda expuesto un estado de consciencia de lo humano plagado de lo divino hasta en la más ordinaria de las acciones humanas, o sea, podríamos decir que estamos en presencia de un trabajo pictórico de vocación teológica.

polvo y GRACIA activa en el subconsciente la presencia dicotómica de condiciones humanas como: caída/redención, creación/glorificación, miseria/compasión, materia muerta/materia viva, que aseguran el romance indisoluble de todo lo terrenal con lo celestial. 

Lo documentalístico actúa en cierto sentido como una parte del fundamento temático de la serie, pues Bernardo hace uso de la fotografía para tomar referentes de la realidad que posteriormente serán transmutados al lienzo. Las escenas representadas son efímeras, provienen de contextos variados y figuran como arquetipos de experiencias vitales comunes que quedan supeditadas a la ininteligible inmensidad que se le otorga a lo celestial. El acto de dotar de significados al quehacer humano a través de la pintura como soporte sublimiza a lo tangible y ordinario. Los períodos artísticos a los que indirectamente hace alusión Bernardo desde la paleta de colores, desde la técnica, desde la forma, desde lo conceptual, pertenecieron a aquel tiempo en que la realidad era plasmada directamente desde el natural, a través de las denominadas Beaux Arts, la fotografía no había alcanzado el estatus de arte. Quizás a ello se debe que, a pesar de estar inspirada en imágenes fotográficas, la serie adquiera todo su significado y se presente con un aura sublime, ya que ha habido en su concepción la intencionalidad discursiva que no han tenido las fotos tomadas. 

Bernardo asume su trabajo pictórico con una mirada innegablemente romántica, valiéndose, en el caso de esta serie, de algunos recursos ideoestéticos de estilos como el lejano gótico y las pinceladas empastadas del impresionismo, e incluso coquetea en algunos casos con lo abstracto. Incorpora lo gótico en un sentido más inclinado a lo formal y a la connotación que en dicho período tuvieron de conjunto elementos como el arco apuntado, la verticalidad y grandiosidad de los formatos. Me atrevería a catalogar esta serie como “pintura viva”; pues con solo conocer que uno de estos lienzos alcanza los cuatro metros y medio es posible deducir que se generará, recordando al esteta Hans George Gadamer, una especie de “juego” entre la pieza y quien la observa. Cumple de esta manera su cometido el trabajo pictórico de esta serie provocando la acción de movimiento de la mirada del espectador, la cual irá direccionando, progresiva y metafóricamente, de lo terreno y material a lo celestial y trascendente que se asume que existe. 

En la serie se presta especial atención a lo paisajístico para, desde guiños formales y conceptuales, aferrarse a algunos de los principios manejados durante el romanticismo europeo del siglo XVIII. Así, figuran expectantes y nostálgicos sujetos solitarios en contextos de inmensidad u objetos que son obra de la creación humana, de cara a la representación metafórica de una inmensidad signada por el trazo del horizonte. Escenografías que se revelan ambientaciones asociadas a una soledad humano-reflexiva en medio de entornos marítimos que subsumen y dominan a la existencia humana. 

Entre todo el universo de significantes presente en estos lienzos, es posible que el mar sea el que más se halle análogo a la figura de Dios, pues se trata de un elemento invariable en todas las obras. Según la mirada teológica que hay implícita en este trabajo, del mismo modo que el mar no es cognoscible en su totalidad, así tampoco puede serlo la figura divina suprema bajo la afirmación de un conocimiento humano que padece escasez, inexactitud y finitud; así como el mar deviene refugio de angustias, Dios se asume como refugio en medio de tormentas y desasosiegos humanos y de la misma manera en que el mar es asociado con lo misterioso, la Biblia da fe de lo inescrutable de Dios. Al decir de Jorge Luis Borges: “el mar es el antiguo lenguaje que ya no alcanzo a descifrar”, siendo entonces que, en polvo y GRACIA, lo marítimo es paralelo a lo divino. Como se ha apuntado, la narrativa de Bernardo posee un anclaje teológico claro y, en consecuencia, deudora de enseñanzas de la fe cristiana, con énfasis en aquellas que versan sobre la definición y esencia del ser humano con respecto a la figura de Dios.

Bernardo Valdés
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