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Brian Sánchez

Seres de la noche

Por Antonio Correa Iglesias

La realidad y discursividad política cubana que ha prevalecido en las últimas décadas ha destacado por un soberano dominio de lo monocromático. Todo ha sido establecido en un tono donde no hay intermedios, derivaciones, degradaciones o sencillamente, policromía. A diferencia de esta artificialidad, en las artes visuales y la literatura cubana ha reinado eso que José Lezama Lima llamó “sobrenaturaleza”, la sobre-abundancia. El argumento anterior refuerza aún más la tesis de Iván de la Nuez sobre la existencia de dos realidades contradictorias e irreconciliables en la Cuba contemporánea. Mientras la sociedad avanza cada día más hacia el post-comunismo con todos los elementos de una sociedad de mercado regida por el sálvese quien pueda, el poder totalitario y su trama institucional sigue reproduciendo la discursividad de una utopía caducada. 

En este contexto es que se produce la obra en pintura de Brian Sánchez, un cubano que desafía con su policromía la gama de grises que tanto me recuerdan lo que fue más que un quinquenio.

Aunque Brian Sánchez esconde tras sus pinceles una extraña pasión, sabe –como buen simulador que es– travestir sus deseos más profundos, sus más oscuras fragilidades. Brian no es un pintor, quizás la arqueología, la exhumación de cuerpos en las húmedas y grotescas profundidades produzcan en él el placer de la antropofagia.

Travestismo profesional, de sujeto ordinario a extraordinario. Brian exhuma a través de sus lienzos –mera excusa para escudriñar en los pasajes donde reina la muerte– un mundo más allá de lo imaginado. Una polifonía donde el inframundo gravita hacia una órbita de lo absurdo donde todo, absolutamente todo es posible. Sus lienzos son fosas comunes, aberturas en la tierra, criptas, nichos donde reposan cuerpos agazapados en fetal o mortuoria posición, pero agazapados, como queriendo retener a quien por su soberbia ha fracturado la “apacible” tranquilidad que la muerte provee. 

Transgredidos y en descomposición, estas densidades de amargura comparten una fuga espectral, una fuga hacia otra dimensión no se si sosegada, pero sí eterna. El placer a lo desconocido desorbita sus cuentas y una luz teatralizada –casi silente– subraya el absorto de una infinita tristeza. Ensimismado en el placer que la comunión propicia, estos “desechos” humanos son Figuras en la noche, apariciones, Druidas transados por un dolor aún visible en las cicatrices que sus cuerpos exhiben. Hay belleza en el dolor, en la insinuación del deseo, en lo que no pudo ser. 

La aparente festividad en la obra de Brian Sánchez esconde una profunda tristeza. Su pintura hace añicos el ilusorio y cartesiano equilibrio en las cosas, la serenidad del sueño eterno, la demagogia y la grandilocuencia. Como la Anunciación, extirpa a través de su mensaje la promesa de paz. Sus lienzos son oberturas para una leyenda, o un vitral. Figuración obsesiva, casi barroca. Brian Sánchez no deja espacio ajeno a la contemplación, cada trazo es un destello no siempre de luz; un destello que pretende disolver el silencio que se congela en la escarcha. 

Su pintura es compulsiva, intensa, contenida solo por los muros que los bastidores levantan. No hay evidencia racional en su narratividad, todo parece consumido por un deseo profundo, un deseo que, derramado en la superficie del lienzo, pretende arrasar con todo vestigio que no dignifique la pesadumbre. Sorprende la manera en que Brian Sánchez construye una visualidad ausente de intersecciones, de empastes, yuxtaposiciones o intervalos; su manera de pintar mucho me recuerda el despropósito en I Ain’t Got Nothing but the Blues de Duke Ellington, donde todo irrumpe de una manera intempestiva. Todo parece devorado por un vórtice del cual emana una fuerza no siempre descriptible.

Si todo lo anterior me parece cierto, la pintura de Brian Sánchez es también un forcejeo permanente con la memoria, con sus poderes asociados. En la memoria habitamos, desde la memoria añoramos todo aquello que nos apasiona y nos ciega. Todo aquello que nos atormenta en los juegos del azar. Como el Jardín en el que Bárbara se extravía e hilvana, desde su memoria, una narración lírica. Quizás todos esos pequeños elementos que gravitan aderezados en torno a su figuración sean reminiscencias de una memoria en pena. Suerte de desvarío o juicio final, argumento ontológico para nuestra existencia. 

Brian como simulador que es, como simulador que trasviste deseos más profundos logra a través de su pintura el poder del sobrecogimiento. La atemporalidad –como la del Jardín– se instala y plaga de pesadumbre el ya trágico sentido de nuestra existencia. Brian Sánchez, como Bárbara, contemplan extasiados la extraña elegancia de los que ya han muerto, ignorando que ya han cruzado el umbral.

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