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Carlos Batista

La realidad entremezclada

Por Atner Cadalso

La obra de Carlos Batista se impregna de esa corriente de las artes visuales, el arte Pop, que tanto ha influido en la creación de un “estilo” creativo y visual en el arte mundial. Los motivos, técnicas compositivas y aquel desenfado con que este movimiento echó mano de los más disímiles elementos de la cultura de consumo, le ofrecen a este joven artista múltiples recursos para expresar sus preocupaciones estéticas y sus perspectivas sobre la realidad contemporánea. Imbricando imágenes diversas en un mismo espacio y recurriendo al collage, el calco y el uso de letreros y signos tomados del cine, la televisión o la propia historia del arte, este artista hilvana un discurso visual cargado de las luces, colores eléctricos y estructuras de calculado diseño. Sin embargo, a diferencia de esa sensación “light”, fría y racional que evoca casi toda la producción de los artistas pioneros de este movimiento, los trabajos de Carlos Batista revelan una inquietante soledad no exenta de zozobra y drama; ese drama contemporáneo que nos hace oscilar entre la fragmentación y la inmediatez y un continuo deseo de trascendencia. 

Aunque incursiona en temas y motivos muy variados, el retrato emerge como constante en su obra reciente y los personajes representados, extraídos de anónimas revistas o imágenes publicadas en Internet, adquieren una especie de familiaridad sospechosa a través del gesto nervioso del pincel, las ácidas combinaciones de color y textura y los breves letreros de irregular caligrafía que, lejos de marcar una pista hermenéutica, enriquecen y complejizan sin estridencias pedantes su posible interpretación. Son retratos en trance de ritual pagano o misa negra de cabaret. Capturados en rígidas expresiones de maniquíes alucinados por esta realidad imprecisa y desgarrada en infinitas voces, nos gritan incómodas verdades o susurran secretos inconfesables sobre deseos y amores inconclusos.

La elección, por parte del artista, de un determinado género, estilo o tendencia supone del mismo modo una elección del lenguaje en el que piensa relacionarse con su público. Elegir un soporte convencional y un medio, anacrónico según muchos, como la pintura, anticipa una convicción sino romántica al menos idealista, así como apropiarse insistentemente de figuraciones y recursos visuales de la cultura de masas, lo situarían dentro del cínico canibalismo de la contemporaneidad. De tal manera la obra reciente de este creador, a través de un elaborado pastiche de técnicas, colores y signos, se convierte en una pesquisa, acre y romántica a la vez, sobre los enmarañados tiempos que hoy se viven; una danza visual en torno a las nociones básicas del ser humano y su eterna búsqueda de afirmación y perdurabilidad. El lenguaje de esos pasajes visuales deviene, simultáneamente, reflejo y modelo del mundo, inmediatez y utopía ofrecidos a un receptor que, desbordado hoy por la continua avalancha de vacuos contenidos algorítmicos, sigue buscando en la absurda comunicación que ofrece el arte un posible sentido a su existencia.

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