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Harold Ramírez

 El horizonte de la memoria

Por Ricardo Alberto Pérez

Una de las cosas que cautiva al espectador contemporáneo en el campo de las artes visuales es la capacidad que muestran algunos artistas de exponer conflictos a través de ensambles, tal si fueran piezas de un rompecabezas que se encajan para expresar (entendido esto también en términos subjetivos), capaces de articular un relato en cuyo interior se aborde cierta demanda colectiva, muchas veces trabajada desde la gruta de la intimidad, asomándose así a la vía pública con la marca distintiva de un rostro específico.

En ese tipo de registro se me antoja ubicar a Harold Ramírez, nacido en La Habana en 1997, quien sustenta los procesos creativos sobre una indiscutible vocación conceptual que lo lleva al almacenamiento en su memoria de pasajes y objetos que después formarán parte de sus obras, las cuales sobresalen por la claridad de las ideas expuestas en ellas. En su trabajo destaca 

también la conexión entre lenguajes; la propia movilidad del concepto coloca los soportes en un 

campo de colaboración, democratizando sus funciones y reforzándolos con el aliento de una palpable libertad creativa.

Aquí la materia emana del entorno y entra en la obra, esta puede ser más local o extendida hacia otros límites, pero en sus fauces nos remite a la causticidad de la antropología que con su maña de barrena deja un agujero desde el cual las tensiones crecerán elevando la temperatura del proceso y de la pieza en sí. De esta manera se arriesga a utilizar dichas tensiones como argumento primordial, insertándolas dentro de un relato que carga con las herencias y no rechaza las rupturas. Entrar por el mencionado agujero que cuenta con zonas más amplias y otras más estrechas, se puede transformar en un ejercicio de reflexión útil y atractivo.

Harold Ramírez hurga en la identidad de los lugares por donde transita, y con los hallazgos obtenidos la restaura dando seguimiento a la rebelión de un nervio sensible y transmisor, así accede a la difícil aventura de unir lo que fracturado por diversas inclemencias se encontraba disperso.

Su trabajo pasa por una paciencia y tenacidad ejemplares, este proceso va mucho más allá del momento en que concreta la obra, está antecedido por un intervalo donde se precisa recolectar una buena cantidad de material, objetos, que serán imprescindibles para cumplir las exigencias de las ideas y conflictos representados. En su pieza Calas (2017-2018), de espíritu instalacionista, se aprecia con claridad esa vocación, allí hay una indiscutible acumulación de vestigios sustraídos de un cementerio que ahora se comportan como una multitud de voces o símbolos.

Todo este acercamiento a la densidad de la muerte tanto en el sentido de una realidad palpable como en lo metafórico, tiene varios niveles expresivos en su faena; el viaje al que él nos convoca con astucia, parece tener su punto de partida en el protagonismo del dibujo. Así lo confirma su pieza Lastre (2017), integrada en el momento de su exhibición por 128 dibujos de pequeño formato que al unirse crean una imagen impactante que representa un grupo de esculturas del Cementerio de Colón (en La Habana), instaladas allí en homenaje a los fallecidos, por lo que Harold Ramírez, quizás inconscientemente, y dibujando desde el mismo escenario elegido, se introduce en la biografía de seres que hace un tiempo dejaron de existir físicamente.

Dentro de esa misma temática va un poco más allá, en esta ocasión usa el soporte de la fotografía digital, en la obra Una línea (2018), cien imágenes de tumbas, comparte con el espectador un sustancioso horizonte que podemos enriquecer a partir del grado de percepción que tengamos sobre el tema, el artista se apropia hábilmente de las huellas que deja el transcurrir del tiempo y con esas texturas nos reta y se reta a sí 

mismo.

Para entender aún más su itinerario, nos asomamos a la exposición Un puñado de polvo (2019): primero dos frazadas soviéticas, recordatorio de esas prendas (que algunas aún sobreviven) con las que muchos protegimos nuestros cuerpos de la fría humedad del trópico durante décadas; después las ruinas de una Unidad Básica de Riego, sitio donde se encontraban instaladas las turbinas, para a través de un canal asegurar el riego de las plantaciones de caña de azúcar, aquí lo más atractivo radica, en que el lugar arruinado se transforma en galería y dentro de él cabe la serie Una copia sin miedo (2017-2019), compuesta por dibujos –tinta en cartulina– y cuadros –esmalte sobre tela–; inspirada en los motivos de las dos frazadas soviéticas.

Mucho se habla en estos tiempos del reciclaje, y en realidad el asunto es más complejo y rico de lo puede sonar a nuestro oído, cuando se traslada al campo creativo este reciclaje también implica la intervención de la mente de su ejecutor, y por ello la suma de una carga adicional de subjetividad. En el caso del trabajo de Harold dicha subjetividad nos lleva de alguna manera a recuperar el espacio perdido al cesar su vida útil, ofreciéndonos a cambio, la opción de adoptar una actitud polémica ante lo que ha pasado en nuestro entorno y gozar como nuestro el alcance de la apropiación.

Harold Ramírez
Harold Ramírez
Harold Ramírez
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