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Jan Valdés

El eterno retorno de todas las cosas

Por Shirley Moreira

Para Jan Valdés (La Habana, 1979) la esencia del arte contemporáneo no está en el medio artístico por el que se opte, sino en la sensibilidad del creador, en su manera particular de relacionarse con la cultura, la política o su contexto social inmediato. Por ello selecciona sin tabúes un medio tan tradicional como la pintura para canalizar sus inquietudes creativas. En el lienzo cabe todo (literalmente hablando), sus obras mezclan pasado y presente, tradición y referentes culturales modernos en una suerte de puzzle infinito que termina por definir las características de la sociedad contemporánea y sus incontables desafíos. 

Desde su postura de creador, mira con recelo el concepto de línea del tiempo. La reducción de la historia a una linealidad absoluta en la constante sucesión de hechos le resulta irónico. Más bien la siente como un proceso cíclico en el que cada acontecimiento vuelve y se transforma, donde las nuevas circunstancias no hacen otra cosa que reconducir los hechos del pasado y transformarlos en presente. Como el uroboro que muerde su cola, una y otra vez, la historia se repite. 

Según Arthur Danto, asistimos a una época donde para el artista todo es posible, pues tiene al alcance de la mano mucha información asociada a la tradición artística y cultural; pero al mismo tiempo, esa posibilidad se transforma en imposible cuando se percata de que no es viable utilizar la información tal cual le llega, sino que debe relacionarse con ella de un modo diferente. Su misión radica en reinterpretarla y ofrecer al espectador un producto nuevo y mejorado. Es precisamente esta reformulación con éxito del referente artístico uno de los factores que posicionan a Jan como un artista enteramente contemporáneo.

Sus obras encarnan el ciclo eterno de la historia. Sus lienzos se colman de situaciones y personajes conocidos, clásicos dentro de la historia del arte y la cultura universal que interactúan desde la parodia y la ironía para definir las circunstancias del artista. Historia, mitos y arte se mezclan en sus piezas para configurar nuevas narrativas que, partiendo de la intertextualidad y el reciclaje, inscriben al creador dentro de cierta estética posmoderna. 

Durante la década de los 2000, Jan desarrolló varias series entre las que destacan Un poco de todo (2005), Lo extraordinario de lo ordinario (2008) o Por el lado más salvaje de la vida (2013), donde ya se comenzaba a advertir el interés del creador por la apropiación de referentes artísticos y culturales del pasado en función de generar un nuevo discurso crítico relacionado con el presente. Por otra parte, el componente humano, el cuerpo en su exuberante desnudez e imperfección como manifestación palpable y realista de la vida, devenía igualmente centro de sus análisis.

Hacia el año 2020, las búsquedas visuales y discursivas de los trabajos precedentes, hallan un punto de encuentro en la serie En la nada cabe todo. En esta ocasión la figura humana, sus mitos y conflictos se sitúan como eje neurálgico de sus preocupaciones. El sufrimiento de Tántalo frente al estanque, el abrumador castigo de Sísifo condenado a empujar eternamente la roca cuesta arriba, Caronte llevándose las almas… son algunos de los temas mitológicos a los que acude el artista al asumirlos como metáforas de las dinámicas de la sociedad contemporánea. Sus piezas devienen ese espacio donde la historia y sus ciclos tienen lugar, donde las narraciones que aluden a las constantes obsesiones del hombre a lo largo de los años se explayan y conviven. 

Cierto horror vacui define muchas de las construcciones visuales de este artista. Sus composiciones son un reflejo de la vida, y como esta, no pueden ser otra cosa que un inmenso collage de personajes y situaciones. Vuelve sobre la iconografía de Van Gogh, Sorolla, Goya, Picasso… grandes obras de la historia del arte en diálogo también con otros referentes culturales como el Che, Charles Chaplin, la estatua de la libertad o dibujos animados de Pixar. En las piezas La Tierra de Pinocho, El Club de la Divina Comedia o Del Amor y otros infelices, alusiones directas al amor, el odio, la religión, la guerra, la mentira, el sexo… se entremezclan en esta pléyade de imágenes que, en su diálogo forzado, generan una magna sensación de algarabía para definir los avatares de la sociedad contemporánea. Así, las figuraciones de Jan constituyen una descripción exacta de la esencia contradictoria de la naturaleza humana.

Desde finales de la década de los 1980, la escena artística cubana ha mostrado interesantes propuestas que, movidas por un espíritu posmoderno, han usado la intertextualidad para ofrecer un producto creativo novedoso. Partiendo de referentes como Consuelo Castañeda, Reinerio Tamayo o Eduardo Abela, la obra de Jan Valdés se alza desde su individualidad y se suma a esta maravillosa manera de asumir el gesto creativo, donde los conflictos más serios son tratados con cierta dosis de humor (muy en sintonía con la esencia misma del cubano). Las piezas de Jan llevan consigo un gesto de homenaje y al mismo tiempo un juego lúdico con el arsenal simbólico de la cultura y la historia universal. Son espacios de tiempo donde todo cabe, y donde lo conocido se transforma de pronto en algo enteramente nuevo.

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