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Joniel León

La mirada de lo que miramos

Por Ricardo Alberto Pérez

El dibujo representa infinidad de pulsiones que lo van acompañando en su camino hacia la imagen final; cuando este se convierte en protagonista dichas pulsiones son responsables de la magnitud y el acierto del gesto emprendido por el artista. Lo que remplaza a la realidad tratando de acentuar paradójicamente su semejanza ya ha pasado por la intervención de un sujeto que en su actuar proclama una autonomía o civilidad expandida hacia las distintas formas de poder, lo que funciona como una manera natural de disentir. La obra de Joniel León Marrero (La Habana, 1985) parte de esa encrucijada y se sustenta en un simbolismo que apunta de forma certera a los vínculos del individuo con las distintas locaciones de la ciudad.

Dicho dibujo se manifiesta como un espacio para la meditación, el reto y la experimentación, dando rienda suelta a la obsesión por el detalle como un rasgo esencial en cada gesto del artista y confirmando su verdad ante el abismo de la creación. No se trata tan solo de reproducir escenarios, de mostrar  un dominio innegable a la hora de hacer valer la voz llena de memoria del grafito, aquí siguen interviniendo las emociones, y muchas de estas se expresan a partir de una capacidad de mapear una o varias miradas que en sí representan sentimientos paralelos. Sus trabajos juegan de forma constante y decisiva con la percepción del espacio, con su habitabilidad y la responsabilidad  que asume a la hora de determinar las sensaciones que cada uno de los objetos representados pueden ir dejando en los espectadores (ciudadanos). 

En las series que Joniel dedica a los diversos monumentos a héroes de la Historia de Cuba (José Martí, Máximo Gómez), se pone en evidencia su contenido crítico y polémico, gira en torno a la intención con la que estos son construidos y divulgados, esencialmente localiza el sentimiento de enaltecer y vanagloriar individualidades, que marcan la diferencia con el resto (las masas). Por eso en ellas se resalta una relación con aquello que identificamos con lo infinito e insondable, la bóveda celeste por ejemplo, otorgándole a la diversidad de nubes un protagonismo particular; es decir se confrontan los monumentos con el carácter grandioso de lo natural, por lo que se percibe una suerte de desacralización, corriente de oxigeno ante lo que puede llegar a ser opresivo por su exceso de solemnidad.

La ciudad que a fragmentos restituye se vuelve profundamente creíble, en su dispersión prevalece una familiaridad que termina siendo común a las diversas partes de la urbe que van apareciendo como voces o secuencias de un mismo relato. Su registro se impone, es el ojo hábil que no desecha nada y reconoce lo minucioso como una herramienta capaz de nutrir sin límites a la realidad. Con gracia empasta lo más privado con lo demasiado público dándonos la oportunidad de desentrañar con nuestra imaginación el enigma que se concentra en los interiores de dicha ciudad.

Su poética parece apreciar todo el proceso a través del cual la obra toma cuerpo como un elemento muy especial para avivar la memoria de cada escenario elegido, el vacío y lo que ya es imagen debatiéndose, creando un campo de tensiones que favorece la conmovedora exactitud con la que logra poner cada cosa en su lugar para que los distintos fragmentos de sus piezas nos parezcan como de una piel bajo la cual late un universo de sensaciones, que acompaña de manera inseparable todas las estructuras con las que nos sorprende, y que en gran medida han resistido una erosión múltiple que termina por definir todo lo que es representado. 

La Casa Blanca (White House), es otro de los símbolos del cual se apropia para expresar sus reflexiones sobre el poder, la intimidad, y el secuestro constante de esa intimidad. Estos temas se desatan y revelan toda una carga conceptual, que también implican los vínculos simbólicos que se instalan en las mentes de los individuos y todo lo que acontece entre cielo y tierra; los títulos con los que va denominando esas obras delatan un tono irónico y de parodia: Homeland (Patria), Sweet Home (Dulce Hogar), Heaven (Cielo), Good Luck (Buena Suerte). En todo esto parece estar en juego la paradoja de llamar casa, remitir hacia una sospechosa intimidad, un espacio que representa, interviene y hasta cierto punto reprime lo público. Lo que más me entusiasma en este proceso es la tendencia a jerarquizar la esencia de las ideas por encima de lo específico o territorial, dejando claro que el referente escogido (La Casa Blanca) es tan solo un elemento de provocación. 

Contemplar y pensar la obra de Joniel León Marrero nos conduce a percibir nuevamente el universo del dibujo como un sistema de valores cuya eficiencia y connotación parece renovarse de manera constante, inclusive ante la velocidad implacable de los tiempos que corren. Aquí estamos ante un creador que no ha estado ajeno a esa confrontación que define nuestra capacidad de pensar de manera lúcida, es decir, equilibrar el valor de la memoria que nos concede la voz con el valor de la memoria que nos concede la imagen.

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