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Jorge César Sáenz

La polifonía visual de Jorge César Sáenz

Por Estela Ferrer

El cosmos visual de Jorge César Sáenz demanda que realicemos un viaje temporal hacia el Medioevo. Su capacidad para la escultura y la pintura nos seduce y envuelve, con naturalidad, sutileza y elegancia. Un escultor que nos pone frente a figuras religiosas donde es proclive la representación de Cristo y, al mismo tiempo, de múltiples personajes que van desde ángeles hasta marionetas.

La huella medieval, la complejidad de sus figuraciones y de sus propuestas estéticas nos sitúa ante el dilema de no saber con certeza cuál de sus dos facetas nos atrapa más como espectadores. Nos sentimos en medio de una gran sala donde nos conquista con una polifonía de formas, color y contextos. La huella medieval se patentiza en el uso del dorado, de las aureolas y lo combina con fondos neutros o estampados de flores, recurso que evidencia sus deudas con el barroco.

Muchos sonidos visuales despierta y se asocian en nuestra mente frente a sus creaciones. En la pintura: seres alados con armadura, los querubines que cubren sus labios antes del coro o que se pintan su traje con introspección monástica. No falta el contenido de humor cuando los trae a la contemporaneidad incorporando objetos como teléfonos móviles, zapatillas Converse o antenas parabólicas. En otras ocasiones, todos estos objetos para la comunicación terminan hablando de la ausencia de ella o retoma señas como las de los tres monos en sus propios personajes: no hablo, no escucho, no veo. Ello evidencia relación con su presente histórico, los nexos temporales que indudablemente cada artista posee con su tiempo y la agonía que en varias ocasiones lo posee. Sin embargo, aún en estos casos no hay agresividad en su discurso, y la calidad formal se manifiesta.

Este corpus complejo semeja una gran textura musical donde múltiples fenómenos conviven a la vez, los tiempos humanos se entrecruzan, las herencias de la historiografía artística se dan la mano y Sáenz cual cadáver exquisito de Dadá o artista surrealista convoca a sus telas y esculturas las asociaciones más increíbles con una naturalidad extraordinaria. La importancia de cada obra es similar, pero los ritmos son diversos. A veces, más calmos; otras más agitados y antagónicos. No hay una sola forma en su contenido, hay muchas y su conocimiento a la hora de aplicar el color queda demostrada en cada una de ellas. Las expresiones de dolor, fatiga o enajenación se distinguen como en un largo friso de modalidades como si de una asamblea de almas se tratara.

Por otra parte, su escultura demuestra su destreza manual para llevar a cabo el tallado. Pueden ser figuras femeninas o masculinas que realizan diferentes actividades tales como: barrer, danzar o cargar maletas. El rostro siempre posee una atención especial porque devela el estado de ánimo: concentración, constricción o disfrute. La parte baja de la figura se resuelve a base de unos simples listones de madera que la sustentan o se trabaja completamente si su oficio lo requiere como la bailarina.

Otra parte son las figuras litúrgicas que representa en medio de una meditación, con móviles, descolocadas de espacios y poses tradicionales como su Jesús en medio de una sala que hace gala de una encomiable humildad mientras espera a que el milagro ocurra.

A veces la madera es soporte para la pintura o la propia figura es parte de una obra mayor como el personaje que abre una puerta. Por tanto, hay elementos básicos dentro de su quehacer que lo hace reconocible como pilares compositivos, pero también una armonía compleja que se nutre de las variaciones y que se hace más evidente cuando los organiza como familia y los muestra en conjunto.

En lugar de ser obras fijas, sus piezas constituyen formas de improvisar polifonía durante la interpretación marcada por la manifestación de una profunda religiosidad y de rostros de gran verismo. Son personajes confinados en una aparente calma continua, que se mueven entre el dramatismo y la vacía cotidianidad. 

Como en los tratados musicales de la segunda mitad del siglo IX que abordaban las normas para componer obras polifónicas y proporcionaban ejemplos de embellecimientos de cantos donde nota-contra-nota, así mismo Jorge César Sáenz como experto titiritero ha sabido dar vida a un repertorio de santos desde el tiempo distinto de su natal Trinidad, dedicándose con pasión a la madera y a poner todo ello junto como una fina partitura donde cada acorde confluye y dialoga con el siguiente aunque sean diferentes. Sus santos nos hablan de la vida y sus caprichos, de alegrías, tristezas, obsesiones y acciones que por repetidas terminan haciéndolos virtuosos, contradictorios, humanos. Hay de todo en esta viña terrenal y sacra que, para nuestra suerte, goza de muy buena salud. 

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