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Leandro Mompié

Volúmenes en el espacio

Por Fredy David Rodríguez

En el ejercicio interpretativo concerniente a la producción artística de Leandro Mompié, me afiliaré al siguiente enunciado: “Toda obra de arte es consecuencia de otra obra de arte”. Y es que, en los predios de la contemporaneidad, la cita de referentes próximos o iniciáticos de la Historia del Arte, se torna un mecanismo bastante generalizado, consciente y, sobre todo, legitimador.

“Volúmenes en el espacio” anuncia la poética de un joven artista, formado académicamente como escultor y con estudios superiores de diseño escénico, dos prácticas que, en su caso, lejos de excluirse se complementan, dando como resultado obras de una enigmática teatralidad y de una sólida estructuración visual; obras donde la escultura se ha bidimensionalizado, sin descuidar el sentido de fuerza, proporcionalidad y volumetría que caracterizan al arte de las formas.

Mediante la transmutación de proyectos escultóricos a la pintura, Leandro transita un camino diferente al de la mayoría de los creadores, quienes, en un determinado momento, sienten la imperiosa necesidad de corporizar los personajes que habitan sus lienzos y dibujos, quizás no para hacerlos más reales (porque de hecho lo son), sino más semejantes, próximos, aprehensibles.

Otra de las aportaciones discursivas que emana de su puesta en escena es el de las paradojas. En tal sentido, se me antoja suponer que el artista ensaya una suerte de figura-abstracción, signada por el juego manipulado de antítesis como: gravidez-levitación; movimiento-quietud; lógica-absurdo; equilibrio-inestabilidad; factura-descuido; ordenamiento-caos. 

Algunos síntomas de lo anterior podrían externarse, por ejemplo, en el manejo de los títulos de las piezas, dada la imposibilidad de establecer relaciones coherentes entre los suplementos verbales colmados de ironía, sarcasmo eirreverencia que identifican a las obras y sus respectivos atributos representacionales. Esto se hace más palpable en el conjunto de trabajos pertenecientes al proyecto expositivo La cantante calva, apropiación que hace Leandro de ese clásico del Teatro del absurdo escrito por Eugene Ionesco.

Y si de citar se trata, el artista se inventa su propia “Etapa azul”, en franca alusión a la del prolífico maestro del arte universal. Pero mientras Picasso puso énfasis en colorear sus figuras con estas desesperanzadoras tonalidades, Leandro se enfoca en los grandes y sólidos fondos azules, que no imitan ni el cielo ni el mar, sino un espacio gravitacional donde las figuras se recortan delante de inimaginables decorados. 

Igualmente confiesa su admiración por Richard Serra, un icono de la escultura, cuyos conceptos sobre el material, la escala, el ritmo o la proporción son de obligada consulta para todo el que pretenda dedicarse al ejercicio de este arte milenario. 

Tales experimentaciones comenzaron con la serie Monumento a la forma, expuesta en la capital habanera y luego en la galería de arte de la Isla de la Juventud, su lugar de nacimiento y motivo recurrente de inspiración. Luego vendrían otras series como Opus y la ya mencionada La cantante calva, también gestados al interior de las cúpulas del Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana. 

A la serie Opus corresponden obras de la naturaleza de El éxtasis de Odalys, un tributo de amor a la madre del artista. Esta imagen, contrario al místico placer experimentado por Santa Teresa, de donde se apropia el título, dialoga en torno al desasosiego, el estrés, la incertidumbre y la pesada carga que ella, como el resto de los cubanos “de a pie”, debemos sortear cotidianamente. 

De esa misma estirpe resulta la pintura de gran formato nombrada La roca que golpea la estatua, un imponente volumen inspirado en el monumental conjunto escultórico soviético El Obrero y la Koljosiana. A mi consideración, la obra es el desmontaje de la falacia artística y la grandilocuencia discursiva que significó, en su momento, el llamado Realismo Socialista.

El último de los trabajos al que dedicaré unas breves consideraciones lleva por título El bañista, y se trata del exponente más cercano de todos a los cánones de la no figuración. Independientemente de su título, el observador posee la libertad de asociar esta masa informe, casi grotesca, con lo que mejor se le ocurra. Estamos asistiendo pues, al descubrimiento de una materia rara, que nos recuerda a ratos una roca, a ratos un envoltorio de telas, mas, lo que importa es el enigma que subyace en su interior. El bañista resume aquello que alguien consideró la verdadera esencia de la abstracción: desmentir las lecturas superficiales.

Con sus “Volúmenes en el espacio”, Leandro Mompié consigue trascender cualquier vestigio de provincianismo tropical y de irrespeto por el oficio. Dialoga desde la autorreferencialidad sobre el imaginario colectivo, reivindicando el inconfundible y polémico sello que marca al arte cubano. Tanto las obras aquí referenciadas como las muchas otras que forman parte de su autoría, constituyen el resultado de un sin acabamiento caudal de experimentación e indagaciones filosóficas, donde a pesar de las carencias materiales, el acto de crear resulta una obsesión. Con Leandro aplica algo expresado por Cezanne: “No se trata de pintar la vida, se trata de hacer viva la pintura”.

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