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Maikel Sotomayor

Ser Isla: una condición, una actitud

Por Nayr López García

Para Maikel Sotomayor el paisaje ha sido el punto neurálgico de su discurso creativo más extendido. Lo concibe como un ente al que debe regresar, con quien convive y padece. Más que atender a las apariencias, penetra hasta las partes vivas, más profundas, con la intención de renovarlo y renovarse ante él. 

En los últimos trasiegos de un distanciamiento impuesto ha encontrado en la isla núcleo de su inspiración y, aunque se sirve de elementos que la caracterizan para enunciar contextos determinados, no se limita a ninguno en particular. Es la noción insular, en un amplio sentido, la que esgrime desde el ejercicio de ficcionar el entorno, de potenciar el recuerdo y su interpretación a partir de los reajustes de la memoria. Es así como nace “Soy Isla” (serie de 2020), donde el autor extiende la mirada más allá de los márgenes del contexto que circunda e imprime cierto carácter regional.

Las dinámicas y cuestionamientos vivenciales, cotidianos y existenciales continentales e isleños son diferentes. Lo cierto es que una vez que se nace, crece y se vive en una isla, el devenir cotidiano se permea de condicionantes propias del contexto. La constante presencia del mar, la luz incidente, el calor a deshora… conforman un paisaje distintivo, poderoso. El horizonte que se percibe, generalmente “azul”, separa las realidades, constituye frontera con el resto del mundo. Saberse desprendidos de una gran masa terrestre gesta un temperamento distinto: el temperamento y la actitud del que vive aislado. 

No es de extrañar entonces, que sea el agua un motivo de reiterada aparición. Agua de lluvia, agua de mar, de río, lago, llanto, perla… Matices de azules conforman unas veces imágenes figurativas de reconocible precedente, otras, composiciones donde la abstracción es el lenguaje preferido. En ambos casos, más que el motivo, se ha pintado el hálito que desprende, los universos que activa ante la mirada desautomatizada. 

Suelen convivir en una misma composición la impronta de un gesto y el cuidadoso planteo de una idea predeterminada. El dibujo brota de la armonía cromática, pero el ambiente que recrea no es del todo apacible, inocente. Es así cómo bellas formas  muestran terreno fértil para la tensión, la duda, la espera, el misterio; y emerge el onirismo para subrayar lo inverosímil de esta realidad palpable. 

Dentro de esta producción se encuentra un grupo donde el símbolo gana protagonismo. Las escenas se componen por la yuxtaposición de referentes que hablan más allá de lo meramente representado. Es necesaria la reflexión ante ellas, a posteriori: meditar y completar el sentido de lo expuesto.   

Varios son los modelos captados, cuyas referencias se encuentran a plena vista, pero siempre abordados a la manera de Sotomayor: montañas peinadas, geométricas, vírgenes; árboles sumergidos, irreales, frondosos; volcanes que lloran; cuevas traslúcidas; aves que cuelgan de una rama, que vuelan con su propio charco, que se aparean; nubes escondidas; lunas que reposan; caminos gastados por el ir y venir; un boomerang inmóvil; un cáliz sacro; un ojo vigía; ventanas entreabiertas que desdibujan el límite entre interior y exterior… Todos ellos surgen por las virtudes de un expresionismo surgido desde inquietudes personales, viscerales, y que –por ende– incitan a cuestionamientos, controversias. 

Otro conjunto capta la atención, atrae como ojos de boa en acecho. Posibles influencias resultan los derroteros del arte concreto, pues la supremacía de los colores puros en la composición de elementos abstractos así lo amerita. Pero más allá de las posibles especulaciones de referentes, la visualidad se acusa como elemento distintivo. Parecieran cristales quebradizos, la foto sobreexpuesta del vitral profanum típico en la urbe, que pudiera encontrarse –incluso– en los vestigios de un pasado colonial propio de los territorios caribeños de habla hispana, por ejemplo. Al mismo tiempo, o en contraste, anuncian la búsqueda de lo exógeno, lo diferente e inusitado, que trasciende los márgenes más allá de la línea del horizonte, y que encuentra a veces en el idilio las utopías de lo desconocido.

Entre ambos grupos aparece, a veces fusionada, una muestra donde el bosquejo panorámico recoge y plasma la contemplación a distancia. Quizás con un dejo de cierta pasividad, esta sección dentro de la serie permite conocer la experiencia con un aire más holgado, recibir los latidos del paisaje desde la perspectiva abarcadora de quien se detiene a observar en conjunto. Aunque, debo advertir -¡cuidado con esta aparente pasividad!-, el artista no recurre a la mera presentación y, cuando apuesta por ella, siempre coloca las señales justas para insinuar mucho más de lo que expone.

Las islas de Sotomayor son temperamento, color, sonido, movimiento, historia, actitud… En ese viaje hacia la esencia misma del sentir insular ha recreado un discurso con matices identitarios, donde no sucumbe ante las atracciones de metodologías trilladas y harto conocidas, sino que imprime con su propio sello un imaginario auténtico y personal. Es esta serie, en definitiva, el resultado de adentrarse en esos horizontes, de vivir el paisaje.

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