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Marlon Infante

Augurio de un paisaje suspendido

Por Nayr López García

Marlon Infante recién se ha graduado de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, y ya sostiene una actitud determinada ante la pintura como su medio de expresión. Esta constancia en el oficio lo ha llevado a incurrir en diferentes temas y lenguajes: abstracciones, retratos y paisajes. Pero, en esta ocasión, sólo comentaré acerca de esta última, su obra paisajística, precisamente por ser el espacio que le permite mayor exploración ideoestética, y el lugar idóneo donde volcar su interior, la visualidad para sus metáforas, su voz propia.

En sus primeros trabajos, Marlon, cual agudo aprendiz, observa la obra de Tomás Sánchez; quien constituye, en efecto, un referente que guía su interés inicial. Parecieran estas –sus obras- un homenaje al maestro, el noble gesto de aprender admirando. Es el primer impulso, los primeros pasos para adentrarse en un recóndito cerro que irá particularizando y haciendo suyo. 

Desde entonces se enfrenta al gran formato, necesita espacio para su mirada abarcadora: suelo, horizonte y cielo, una tríada a la que recurre. Nacen así panoramas vistos desde arriba, como quien quisiera adentrarse y dejarse arrastrar por ese río en aparente calma, hasta llegar al último punto que dibuja su silueta allá a lo lejos. 

Perfeccionista en la técnica, pretende ser un artífice meticuloso. Cuida del detalle, cada pincelada de óleo encuentra el lugar justo sobre el lienzo. Sugiere volúmenes, texturas, un espectáculo para la contemplación. Ante todo, crea atmósferas, es capaz de despertar un aura que abarca toda la escena.

Y precisamente, una atmósfera “otra” acontece desde Espejo lunar y Al final del camino, pinturas donde atenta contra esa supuesta calma. Se asoman las nubes y todo se vuelve oscuro: el aviso del advenimiento de la tormenta. El artista capta el momento justo antes de caer la lluvia, antes de la agreste perturbación del paisaje que aún se contempla meditado e idílico; como si quisiera agredir la paz, pero todavía no puede. Es la tensión, el verso nuevo, la inquietud por experimentar con la composición al tiempo que desgarra desde la poética. Se asoman en estos tempranos cuadros un giro hacia lo melancólico, la duda, el deseo sublimado; visible muestra de un carácter que se va imponiendo, una poesía personal que se hace protagonista y que no dilatará en expandir. Los cielos no se han despejado en la producción perteneciente a 2019, 2020 y 2021; es más, las nubes se entremezclan con porciones de tierra suspendidas en el aire. 

Surge Levitaciones, un conjunto de piezas con fuerte aliento surrealista. Roca y tierra, la zona donde ha brotado la yerba asciende en pequeñas muestras escogidas. Abajo deja lo de siempre, una inmensidad de vegetación donde todavía se puede ver el agua, como una constante en forma de río o de lago.

Llega el año 2022 y con él, otros cambios para la obra de Infante, matices que van conformando una manera diferente de entender el paisaje, y particulariza cada pieza desde la condición de distintas emociones. El contacto con el oficio le permite ensayar con los elementos y es capaz de generar sensaciones a partir de ello; aunque estos elementos no han cambiado del todo, lo persiguen o él a ellos; solo que ahora muestran un énfasis, habitan en otras situaciones. 

En Alma aparece la nube entre los árboles de un entorno virgen, donde la luz penetra en los verdes y las tenues sombras que produce su paso asoman un lugar no visitado. Una vez más la nube, personalizada, ente etéreo, atemporal; en esta ocasión blanquísima, levita en su soledad. Es Alma un suspiro suspendido, el merodeador que ha descendido, quizás quiera sentir vibrar las raíces. De cualquier forma, es el anacronismo que no pasa desapercibido. 

Otras tres piezas se conciben desde el formato circular y en dimensiones menores, dirigiendo todo hacia un punto céntrico, un gesto enfático hacia un elemento único. Esta serie lleva por nombre Pronóstico, tres escenas con atmósferas diferentes. En una de ellas el suelo es árido, la tierra craquelada no esboza un indicio de vida, encima flota un fragmento desde el cual se vislumbra un árbol seco. Hay calor y humo y también cierta nostalgia. En otra, hay un gran espacio para el azul: cielo y mar, el agua otrora contenida se ha expandido y lo abarca todo, trocitos de hielo van con la corriente y en el centro, como un náufrago, un árbol o un bosque pequeño, resplandeciente. En la última pieza de este conjunto es noche cerrada y se huele el césped húmedo, otro grupo de árboles desde el que se asoma el penacho de una palma y otra vez la nube, apenas esbozada, sobre ellos; es inevitable percibir un pequeño guiño hacia la tierra del artista. Símbolos de soledad, desolación, cierta sensación de aislamiento, tres historias sobre un mismo sujeto. Resalta en su producción la ausencia del ser humano, cada componente del paisaje es un cuerpo que siente y comunica.

Marlon refleja en el lienzo su soliloquio, las diatribas de lidiar consigo mismo y con un contexto que lo convoca a reflexionar; y deja esas emociones suspendidas para hacernos partícipes desde la contemplación de lo bello. Desprende una fuerza contenida, un lirismo inaccesible al tacto, la inmovilidad del ser humano ante un fenómeno mayor: el paisaje.

Marlon Infante
Marlon Infante
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