Magazine 29 (ES), Stories (ES)

Octavio Irving

Memoria e insurrección

Por Ricardo Alberto Pérez

Con LAND[E]SCAPE, muestra inaugurada en la galería Artis 718 en el mes de febrero del 2020, Octavio Irving abre un periodo inquietante y revolucionador para lo que será su obra del futuro. Se trata de situarse en ese momento con el ojo bien afinado, sin padecer de una amnesia repentina para  comprender con coherencia todo el sentido orgánico de estos gestos del artista resultados de la pugna de los propios contrarios que cohabitan dentro de él.

Lo primero que percibo en esta expansión de su poética es la libertad imprescindible que le permite a todos los lenguajes que intervienen en su creación un diálogo y empaste sin falsas jerarquías, donde las exigencias de cada pieza le irá concediendo a cada uno el protagonismo que le corresponde. Este proceso repleto de transgresiones, contiene las emociones que de diversas formas provienen del dibujo, el grabado, la fotografía y la instalación, preservando las herencias que ha venido aportando todo su trabajo anterior para que puedan ser cómplices del efecto que provocan las rupturas. 

Octavio Irving echa mano de su desobediente, que suele llevarlo recio e incitarlo a salirse de la raya; de esta manera se apropia de nuevos relatos [R]EVOLUTION), donde una serie de objetos provenientes de disimiles campos se van a conjurar mediando en ello una fuerte carga de simbolismo, estos objetos y la historia visual que se pone en marcha consiguen el equilibrio justo para comunicar dejando siempre un atractivo trasfondo de tensiones. En ese sentido nos alerta de cómo los lugares y las cosas pueden transformar la naturaleza y las funciones para los que fueron creados, sobre todo si algo súbito les cambia el destino y la significación. Ante esas circunstancias la fotografía se revela como testimonio y a la vez como nutriente, lenguaje capaz de reforzar el alcance de lo narrado.

El propio hierro (IRON[IC], que más allá de su irrefutable utilidad tanto en la versión que dejan los objetos fabricados con él, como en ese indetenible canto que significa la oxidación, es actor directo o de simulación dentro de esta travesía, y a la vez un ejemplo bien exacto de cómo la mente del artista manipula lo que le rodea y siente que muy especialmente erosiona y transforma la realidad. Así comprendemos el espíritu de la elección y reelección de algunos de los elementos que intervienen como aporte conceptual, pero que también obedecen a un ritmo signado por el constante lidiar con las formas y terminan revelándose desde contundencia de la huella o vestigio. 

En su obra actual, al protagonismo de la fotografía y la instalación, se unen dos venas por donde han fluido los mayores aportes a la memoria de todo su trabajo, me refiero al grabado y al dibujo. Reconocido primigeniamente como grabador después de explorar a profundidad en sus diferentes modalidades Octavio ha logrado establecer un carácter dentro de ese quehacer que lo distingue, y ahora deja su marca en aquello que crea a partir de otros lenguajes. 

Una parte importante de esta creación transcurrió bajo las condiciones de la pandemia y su confinamiento, experiencia al límite, cuya novedad inyecta una energía muy particular que se relaciona con la capacidad que ha tenido el propio Coronavirus de transformar nuestra percepción ante muchos fenómenos. En esta circunstancia parece haber reinado el dibujo por su naturaleza íntima, la voz más cercana y fiel para expresar todo lo inducido por la incertidumbre. Dibujos que transmiten la sensación que siempre van a conducir a un desenlace y ese a su vez a otro; impulso laberíntico en el que lo espontáneo se releva a sí mismo y vuelve a sorprender en breves intervalos, llegando a transferir la sensación de una tempestad. 

Esos dibujos (Proyecciones Ambiguas, ICON[NO]GRAPHIC ESSAY) nos obsequian una belleza hermética, casi críptica, capaz de desatar diversos estados de ánimo y revivir ideas en torno a nuestro hábitat. 

En sus piezas no dejan de estar presente el eco de una ciudad que habla desde la ya mencionada erosión o desgaste, y de un saber adquirido a través de los diferentes procesos que hacen singulares a los ciclos en constante sucesión. A su manera Irving usurpa esos inquietantes paisajes que brotan de algo tan sencillo y natural como el deterioro, bien localizados en paredes, muros, fachadas, en la madera y por supuesto en todo lo que tenga la posibilidad de oxidarse. En esencia nos convoca a lo urbano, contenido en el rastro dejado por tantos seres, y desde un tiempo que dicta sus drásticas disposiciones, esa actividad espontánea que representa vivir un día tras de otro.

Entonces quedamos ante unas fotos (paisajes) minadas por atmósferas que caldean la memoria, atrapados por líneas que se bifurcan y provocan su poco de sugestión, lo que la mirada almacenó con cierta disciplina termina macerado por tonalidades y gestos que comentan sobre una identidad dispuesta a renovarse en la ruleta de las mutaciones.

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