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Oslendy Hernandez

El ojo que dinamita y acumula

Por Ricardo Alberto Pérez

La voluntad de mirar el interior de las cosas hace que la vista se vuelva aguda,
la vista se hace penetrante. Hace de la visión una violencia; halla la fractura, la grieta,
el intersticio mediante el cual se puede violar el secreto de las cosas ocultas.

Gastón Bachelard

Se cuenta que Brecht le concedía tanta importancia al proceso dentro del surgimiento de la obra en sí, que llegó a permitir la entrada de público a sus ensayos, estimando que esta oportunidad podía enriquecer y acentuar el goce del espectador. Al enfrentarme a las diferentes etapas de trabajo de Oslendy Hernández (Mayabeque, 1983), experimento que para su poética  los procesos por los que transita, hasta llegar a las piezas ya terminadas, alcanzan igualmente una magnitud de ese orden.

Oslendy apuesta por una tradición inquietante y en extremo conceptual dentro de las artes visuales: lo matérico; en este caso más bien en forma de relectura. Él entra en diálogo con la intimidad de la materia de una manera singular, que desde temprano le otorga una voz cargada de diversas acumulaciones. 

Su creación consigue un corpus a partir de capas y envolturas que van dejando cada una de las experiencias que pone en práctica (rituales, performances, ensambles), a las que se aventura, y desde donde las cosas salen expresando un lenguaje diferente, como si le hubiera cambiado sus contraseñas. Digamos que enfrenta la rebeldía propia de los materiales a la voluntad de hacerlos significar, de transformarlos en una marea expresiva capaz de ayudar al individuo en la búsqueda de su propio yo.

Para su obra la cuestión del enigma es definitoria, dar en el blanco significa que dicho enigma ni se fracture ni desaparezca, digamos que es la gracia y el eje secreto de lo que se desenvuelve, la energía que transforma aquello igualitario en distinto y lo eleva por encima del tedio. Acciones suyas como Cilico-ceniza (2017) y Sudor en la ceniza (2016), ponen en práctica este principio. En el primer caso el cuerpo se revuelca en la ceniza, quiere usufrutuar de ella algunos misterios que le resultan esquivos y tendrán  una utilidad mayor a la hora de leer con claridad sus desafíos y el punto doloroso que marca sus límites. 

En el segundo caso queda al desnudo el atrevimiento de un reto que es hacer friccionar lo que emana del interior del hombre (el sudor) con que lo emana de su entorno (el fuego), para que ese diálogo produzca un halo subjetivo capaz de transmitir mensajes que por su radio de acción logren adquirir un acento transformador.

Sabemos que las ruinas del fuego son las cenizas, pero a la vez su huella esencial, aquello que presume de un rostro y una identidad por lo menos hasta que llegue el viento o la lluvia. A partir de lo que ha sido quemado, resurge una nueva circunstancia (realidad), una filosofía de enfrentar lo que vendrá. 

Estamos frente a la historia de esa ceniza, todo lo que ha acontecido alrededor de su producción y también participamos de un momento posterior donde será usada para fosilizar el lienzo que abandona su función convencional para formar parte de la obra desde una carga simbólica, participando directamente del concepto. Así se nos presentan las piezas que integraron su muestra personal Oscuro como el fuego (2021) y las series Reliquias de retal (2021) y Redención de la materia (2021).

Las formas que va creando Oslendy para armar sus instalaciones (Bucles-2019-) sugieren varias cosas a la vez, se hacen acompañar de una polisemia que favorecen su proyección poética y el intento de crear otros imaginarios; estas formas atacan desde su ambigüedad consiguiendo manifestarse con contundencia en el campo de lo subjetivo. 

Su contacto con las herencias del Land Art, sin dudas, dinamita los límites de algunos proyectos, y quizás desde una óptica minimalista les brinda los escenarios naturales como oportunos aliados para que sus excavaciones tanto en el sentido físico como en el sentido metafórico logren una maduración y un alcance mayor; es como el trance donde los contenidos se transforman en aquellas voces que hablaran después. La intervención Ensamble de jerarquías (2019) nos comenta con claridad sobre todo esto, allí, usando como escenario natural, un plan de hornos de carbón, el artista propuso articular la superficie terrestre y el inframundo con el cielo; para ello construyó pirámides hechas con palos del monte, estas posteriormente fueron enterradas en nichos con forma piramidal invertida, propiciando como resultado de dicha confrontación que lo raso se exprese en un tono bajo, pero firme.

Oslendy Hernández
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