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Raúl C (Memo)

Jugando a contar historias y estrellas

Por Shirley Moreira

La obra de Raúl Castro Camacho (Memo), si bien ha experimentado algunos saltos respecto a su visualidad, se ha mantenido estable alrededor del empleo del ícono y el símbolo como medio de conexión con el espectador. Apela a la cultura visual popular, a códigos publicitarios, al pastiche y el humorismo. Establece una suerte de juego lúdico con el público que deriva luego en un cúmulo mayor de significados, portadores de las preocupaciones sociales, políticas o culturales del artista.

Si bien ha experimentado con otros medios como la instalación y la fotografía, Memo es esencialmente dibujante. Por ello vuelve siempre a la gráfica y a la fresca linealidad del dibujo. Se regodea en la simplicidad de la línea, en ese aire minimalista que, aun asumiendo ciertos códigos del pop y el neoxpresionismo, lo lleva a la máxima de buscar siempre decir más con los recursos visuales indispensables.

En el 2009, con la serie Entre muros, el artista comienza a dejar ver parte de sus inquietudes creativas. En esta ocasión, el malecón habanero se posicionaba como protagonista de un proyecto que, si bien se sentía anclado a la dimensión identitaria de un espacio tan llevado y traído dentro de las artes visuales en Cuba, buscaba alejarse de las soluciones formales explorados con anterioridad. El muro devenía cerco, huracán, escenario de juegos, bandera, laberinto. Se tornaba maleable y cobraba vida en cada una de las piezas para hablar sobre la identidad, las complejidades de la emigración, las dinámicas de la insularidad, los roles de una sociedad dividida en cuerpo y alma a ambos lados del muro. El trazo definido y cortante, el grosor de la línea, la estabilidad cromática sobre los tonos ocres avizoraba ya cierta filiación con la gráfica, hecho que seguiría estando presente en muchos de sus trabajos posteriores. 

Sin embargo, aun con los cambios de visualidad y lenguaje que Memo otorga a esta serie, el malecón, la emigración, la insularidad o el encierro no dejan de ser temas manidos dentro del arte cubano, y quienes se aventuran a tratarlos saben que necesitan constantemente nuevos códigos que ofrezcan frescura al discurso. De lo contrario se corre el riesgo de caer en etiquetas que otorgan una individualidad creativa gastada y anodina. En tales circunstancias, alabo el tino del artista para lograr un proyecto sustancioso y no apegarse luego, como muchos, a la comodidad reiterativa durante años.

Hacia el 2011 su obra experimenta un giro con la serie Penumbras. Sus lienzos se desbordan de negro (formas negras sobre fondo negro). No hay abstracción, aunque sí coquetea con ella en aras de jugar con la percepción del espectador. En este mundo de penumbras nos viene ipso facto a la mente esa frase popular entre cubanos para describir situaciones difíciles: “la cosa está negra”. No hay luz ni esperanzas en medio de la noche continua, del “gran apagón” generalizado.

Luego, con detenimiento, el espectador va descubriendo en la oscura noche del lienzo figuras que le son cercanas y conocidas. Íconos de total dominio popular como la Plaza de la Revolución, la Estatua de la Libertad, las Torres Gemelas, dibujos animados como Elpidio Valdés y la Calabacita comienzan a definirse entre siluetas. Hay satélites y aviones que merodean. Tanta oscuridad no puede ser buena. Salta la alarma, el miedo, el síndrome de la sospecha. El artista busca inquietarnos, y lo consigue.

La solución formal del monocromo y la simplicidad iconográfica se reiteran en la serie Brumas, solo que esta vez juega con la dinámica del blanco sobre blanco. La claridad que generan dichas piezas no escapa a la confusión y sospecha evocadas anteriormente con la zona de sombras de la paleta. Ahora hay cierta niebla que lo inunda todo, que esconde relatos donde se mezclan personajes y escenarios conocidos en un sarcástico cambio de roles.

Si en la serie Penumbras se muestra un tanto abierto y ambiguo respecto a la iconografía, con Brumas encuentra una línea discursiva más clara que lo lleva a trabajar con símbolos culturales específicos. Los lienzos se pueblan de dibujos animados nacionales y foráneos en una mezcla forzada de identidades, muy a tono con el acercamiento experimentado durante la presidencia de Barack Obama entre Cuba y Estados Unidos. 

Algo que ha caracterizado el trabajo de Memo, y ya lo he apuntado con anterioridad, es que no gusta de patrones anquilosados. Cada proyecto de trabajo funciona como una experiencia distinta. Al pasar a otra serie siempre lleva consigo de la anterior cierta esencia discursiva o iconográfica que marca definitivamente una linealidad dentro de su postura creativa, pero se reinventa en cada caso para ofrecer siempre un producto nuevo y fresco.

En su última serie, Constelaciones (2018), abandona la formalidad del soporte cuadrangular y la estructuración lineal que lo habían caracterizado hasta el momento para ceder paso al formato circular y al desenfado del dripping.  Blanco y negro se mezclan ahora para configurar, en cada pieza, un fragmento del cielo nocturno. Las gotas de pigmento blanco fulguran a manera de estrellas, acercándose o distanciándose entre ellas para formar diversas constelaciones. Pero el artista no intenta crear un tratado de astronomía. El cielo y sus astros se reconfiguran en cada lienzo, y donde esperamos ver la estructura que da nombre a Casiopea, aparece, por ejemplo, el letrero de Hollywood.

Vuelve entonces sobre los iconos culturales y su descontextualización. Vuelve sobre la mezcla de escenarios y conceptos para proponer un discurso basado en el doble sentido, la asociación y la cultura visual del espectador. Los nombres que dan título a cada pieza nos resultan familiares, debido tal vez a cierto conocimiento sobre el tema o a la predilección popular por los designios del horóscopo. Y es allí donde nos tiende la trampa. Cada imagen mantiene la esencia visual de la constelación que le da nombre, pero el resultado iconográfico varía totalmente. De este modo, Perseo nos muestra la clásica y contradictoria imagen de la estancia sobre la luna de la misión espacial Apolo. El artista establece una conexión entre el significado de Perseo, héroe mitológico que decapitó a Medusa, poseedor de una fuerza sobrenatural, y la tan discutida escena donde los norteamericanos se posicionaban como protagonistas absolutos de uno de los acontecimientos más importantes de la historia.

Piscis deja ver su potencial escondido y deviene tiburón (tal vez el clásico Tiburón de Spielberg); Tauro se configura como el toro de Wall Street, Escorpión cambia las tenazas del escorpión por la forma, también amenazante, del símbolo de la hoz y el martillo. Una de las piezas más singulares es, sin dudas, la constelación del Ave Fénix. El grupo de estrellas que deberían representar a la mítica ave que renace de sus cenizas arman una nueva composición donde alcanzamos a definir las columnas del Monumento al Maine y el águila imperial, otrora desterrada, que las sobrevuela con la voluntad quizás de volver a posarse. Pero el artista detiene la escena en el momento del vuelo, un vuelo que se torna ambiguo ante la posibilidad de aterrizaje o despegue. No sabemos a ciencia cierta cuál será el final de la historia. Son tal vez los fantasmas del pasado que retornan, o el destierro definitivo de la paranoia y el miedo.

Memo no ha encontrado recetas para desarrollar su trabajo, no las busca, no le interesan. Se enrumba cada vez en proyectos que al salirse de lo común se convierten en grandes retos, pues lo posicionan ante la expectativa de cómo será el nuevo diálogo con el público. Sus obras, si bien necesitan de cierto nivel cultural por parte del receptor para establecer un análisis interpretativo completo, ofrecen igualmente varios niveles de lectura al coquetear con algunos de los íconos visuales más utilizados por los medios publicitarios. Las fuentes visuales de donde se nutre son inagotables; el contexto desde donde trabaja es un continuo de historias, desafíos y contradicciones. Solo nos queda esperar, con ansias, el próximo proyecto.

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