Magazine 30 (ES), Stories (ES)

Roberto González

Un hombre solo con sus sueños a cuestas

Por Alain Cabrera Fernández

Acérquense al borde, les dijo. No podemos, tenemos miedo,
contestaron. Acérquense al borde, repitió. Y se acercaron.
Él los empujó… y levantaron vuelo.

 Guillaume Apollinaire

Roberto González nació frente al mar en una zona estratégica de La Habana Vieja, a la salida del Túnel de la Bahía en la que todo confluye. Tiene la dicha de verlo a diario tanto en calma como en tempestad, lo cual sin dudas ha trascendido en su actitud creadora. Así lo demuestran las obras que integran varias de sus series, en lo fundamental Profundo y El muro donde se reiteran personajes, símbolos, signos incorporados habitualmente a su esquema de representación onírica.

En cierto sentido el mar tiene el poder de la ubicuidad en sus trabajos, ya insinuado en la acción del “clavadista empírico” –ese que se divierte saltando desde una altura considerable sin mayores pretensiones que las de alcanzar la velocidad adecuada para dejar una estela de burbujas en su vertiginosa entrada al agua–, la ola que al romper rebasa límites físicos, o cuando este se suprime a ojos del espectador ponderando la síntesis del lenguaje visual: dígase, la economía de recursos en magistrales composiciones que destacan la relación fondo/figura y que Roberto, en su formación como diseñador gráfico, domina a su antojo. Es tan evidente la sutileza de las formas que los fondos de naturaleza abstracta, con tonos ocres y el empleo del “chorreado” manifiesto en ambientes sombríos, se supeditan a ellas mediante una armonía que fusiona al mismo tiempo elementos del sistema-forma, como son el equilibrio y el contraste. 

El Malecón habanero ha sido un tema muy tratado en las artes visuales cubanas. Por su simbolismo a escala cultural, arquitectónica e histórica, cautiva a los pintores, fotógrafos, grabadores, hasta los practicantes de tendencias más modernas como la instalación, el arte digital, la videocreación y los nuevos medios. Para muchos es referente de alegría y meditación. Kilómetros de sofá que les invitan a sentarse y compartir con amigos, conocidos o desconocidos (y por qué no, también disfrutar de la inmensa soledad que provoca). Otros lo estiman como el borde real y espiritual divisorio entre lo interior y lo externo en su condición insular, “la maldita circunstancia del agua por todas partes”; en palabras de Virgilio.

Sin embargo en su sentido metafórico, El muro en que se deleita el artista puede traspasar las fronteras geográficas, políticas, ideológicas e imaginarias. Más bien invita a múltiples lecturas, según credos y vivencias individuo/colectivas, mientras sólo rinde sencillo homenaje a su entorno. En eso radica la verdadera libertad del arte cuando conquista el dominio público, sugerir y provocar dejando abiertos los significados, como todo aliento de polisemia.

De ahí que el sujeto “muro” –protagónico en esta serie– adquiera formas sinuosas producto de una agudeza conceptual estructurada desde la experiencia personal y los sueños de la razón. A veces parece dúctil en exceso, se tuerce o se hace un nudo, se fragmenta y debido a su propio peso va hasta el fondo del cuadro, revela figuras devenidas símbolos universales, objetos de uso cotidiano. Una línea descontextualizada de toda realidad que involucra al espectador en favor de estimular el discurso reflexivo. Los títulos conferidos –para nada azarosos– son primordiales para establecer dicho diálogo.

Si años atrás Roberto incorporaba en sus escenas típicos personajes extraídos desde el Medioevo hacia nuestro espacio posmoderno –entre los precursores de un movimiento artístico nacional surgido a finales del siglo XX–, bautizado por Jorge R. Bermúdez con el término de “pintura posmedieval” donde acontecían lo histórico y lo estético a la par de citas y apropiaciones, ahora sobreviene un ser solitario, inmerso en distintas dinámicas (quizás sea mejor decir estáticas por la relevancia detallada en el acto contemplativo del personaje) en el que advertimos la fisonomía del artista. Pero la cosa no va de lo autorreferencial, al menos no desde el simple autorretrato, como él mismo nos advierte. La posible analogía en que se reconoce pudiera quedar implícita a través de una luna cuarto menguante que asoma en la superficie de los lienzos. Por su aparente mutismo se convierte en la compañía perfecta para el sujeto representado pues gira y se traslada en su posición satelital a voluntad de este, sin brillar con luz propia, sino tan sólo reflejada. Aunque en su cara visible, ojo avizor en medio de la noche, sabemos que esconde otro lado oscuro donde guarda los secretos.

Asimismo los soñadores construyen sus poesías visuales.   

Roberto González
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