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Yunier Tamayo

Sin título

Por Carlos R. Escala Fernández

El mundo es todo lo que acaece. 

Ludwig Wittgenstein (Tractatus Logico-Philosophicus)

La única certeza para Yunier Tamayo Sánchez (Manzanillo, Cuba, 1983) es la duda socrática que conduce el proceso artístico, ligado a su existencia, y lo lleva a la evolución de una obra multiforme y de gran factura. Caracterizada por el pragmatismo y ductilidad para traducir los hallazgos de una etapa o práctica formal a otra, e incluso conducirse por distintos cauces simultáneamente, debido a que las circunstancias y la voluntad coexisten en voluble equilibrio, aprovechado hasta sus últimas consecuencias.

La carrera de Tamayo se extiende ya casi por dos décadas. Instalación, performance, happening, fueron vehículos de experimentación de concepciones situacionistas, en el contexto en que sus viajes a estudiar a Holguín influyeron en su percepción sociológica y estética del mundo, con especial aporte de las enseñanzas de Rubén Hechavarría Salvia, Ernesto Blanco Sanciprián y Lizzet Riquelme, entre otros, en la Academia Profesional de Artes Plásticas “El Alba”. 

Este impulso teórico-práctico se volcó de modo paulatino hacia el lienzo en dos aristas fundamentales, las relaciones humanas y el lenguaje; transpoladas a un sistema sígnico-abstracto con elementos pop, en el que convivían pigmentos, texto y señalética cotidiana, en atmósferas de color que imprimían a sus piezas una sensación de barroquismo asociable a la interacción de las multitudes.

Su praxis en la Academia “Carlos Enríquez” añadió inquietudes que iban más allá de la observación participante de un hecho social, para vincularse a la discusión teórico-artística y pedagógica y asumir el rol de constructor de mensajes y árbitro en las reacciones de sus receptores y estudiantes. Los “suplementos verbales” dominaban la forma desde el título e integrados en la composición, en un intento de obtener exégesis más homogéneas. Vía reforzada por las muestras y salones colectivos y el debate con el público. Ello le permitía aunar el papel del objeto instalativo y la pintura y añadir la preocupación ecológica, patente en la exposición Vientos alisios (Bayamo, 2011).

La pérdida del padre y el abrupto cierre de la antedicha institución, le situaron en una encrucijada vital y creativa. Hasta entonces, se veía abocado a lo grupal por vivencias estudiantiles como los Vacutainer (Holguín, 2006)1, las acciones en el ferrocarril de Manzanillo a Bayamo (Equimosis, 2007 y como parte de Vientos alisios), las exposiciones y por las obligaciones laborales que imponen el magisterio y la propia superación. 

Su taller se erigió en modus vivendi, fuente de interrogantes y respuestas acordes a la interpretación personal de una realidad cambiante, las posibilidades de acceso a internet y el encuentro con la web 2.0. De ahí la tendencia a la multiplicidad, imbricación y superposición de capas y estructuras. Quedaba también la impronta del trabajo anterior en el empleo de textos inscritos, no pintados, y en el proceso deliberado de “tapar” parcialmente los lienzos. Aparejado ello a la indagación sobre las consecuencias de la “situación creada” y la irrupción del concepto del “no-lugar” en ese nuevo escenario. Metamorfosis verificada en el lapso de 2015 a 2019 con las exposiciones Nexos, Densos, Letras, Nexos 2.0 y Espacio retórico.

El año 2020 supuso un tiempo de cierre desde la muestra Presencia del pasado (Plaza de la Revolución, Bayamo, febrero), dinamitado por la pandemia de Covid-19 con una primera etapa de aislamiento. “Privilegio recorrido”, “huellas”, “hipótesis”, integraban el vocabulario que denota la voluntad de encontrar en su obra precedente las implicaciones de un “sitio fundacional”; tal y como lo concibe W. J. T. Mitchell, asociado a ideas de destrucción, derrumbe, edificación, nacimiento, trauma, memoria, amnesia, atracción visual.2

El distanciamiento y la permanencia en el hogar desataron los demonios de la imaginación. De allí brotó Cuarentena (Galería “Carlos Enríquez”, Manzanillo, julio). Vuelta de tuerca radical, al desprenderse de los títulos y mostrar una amplitud formal capaz de trasmitir estados anímicos y necesidades en un proceso introspectivo semiconsciente que desnuda su personalidad, manifestado además en pequeños bocetos y la familiaridad en los dibujos de sus hijos. Sujeto transmutado en objeto, involuntariamente cerca del método de autoconocimiento sugerido por Krishnamurti; algo antes improbable. 

Cierta claustrofobia se apoderaba del cuadro en espacios arquitectónicos interiores, cuya perspectiva geométrica deconstruyó con marcado grafismo; también reflejada mediante ritmos regulares, objetos tridimensionales, y el uso del color y la luz con profundos matices sicológicos, que caracterizaban los obstáculos físicos y espirituales sufridos por el ser humano. Punto de donde se abre hacia un paisaje idealizado, abstracto o figurativo-neoexpresionista; un horizonte metafórico en que el artista cifra sus anhelos. 

Las olas pandémicas siguientes, el confinamiento, la crisis y la incertidumbre con que se avanza hacia la normalidad, atenazan al hombre; pero no han impedido que nuevas piezas tomen forma y se vuelquen a formatos provisionales, a la espera del instante oportuno para encausar la búsqueda estética y confrontarla con el público, pues “la comprensión está siempre en el presente inmediato.”3

    1. Serie de performances desarrollados bajo la conducción de Rubén Hechavarría S.
    2. Ver La ciencia de la imagen. Iconología, cultura visual y estética de los medios, Ediciones Akal, Madrid, 2019.

    3. J. Krishnamurti: “Segunda plática en El Robledal”, en: Obras Completas, Tomo IV.  

Yunier Tamayo
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