Magazine 28, Stories ES

Fernando Cruz

La cínica fascinación del trópico

Por Helga Montalván 

…la idea como carácter efímero, centrándose en la perdurabilidad de la huella.
Mostrar aquello que emerge resultante de un suceso, una molestia, una inquietud. 

La obra de Fernando Cruz resulta de una inquietud que el artista no consigue resolver entre dos presupuestos fundamentales que aún debate el arte: perdurabilidad vs transitoriedad. Supuestos que como otros, operan desde la contradicción con el fin de subjetivar una suerte de proceso del que se alimenta el arte contemporáneo respecto a su historia. En la obra de este artista, este supuesto se convierte en signo vivencial y en contradicción estética. 

Fernando Cruz (Matanzas, 1989), es graduado de Artes Visuales y Diseño Escénico. Su vida profesional se desarrolla entre el mundo de las artes visuales, dígase pintura, escultura, video, obras interactivas e instalativas, y el mundo de la escenografía cinematográfica y teatral. De ahí que estas obras que nos corresponde referir de la serie El sabor del trópico y otras que el artista ha realizado en acuarela sobre servilletas, resulten de un alivio empírico, consecuencia de un ejercicio técnico que ya tiene años de experiencia en diferentes medios, espacios y fines: y consigue entonces una reflexión que implica un efecto de huida hacia dentro, una introspección, y en suma conforma una suerte de consideración sobre su vida y el (su) arte. 

Puede pensarse que es una obra superficial y frívola para quien no tiene de referencia las otras reflexiones explícitas en las obras y proyectos anteriores del artista. El espectador puede escapar de la intención que establece una continuidad en toda su producción artística: los procesos conflictivos de una identidad que a veces se le antoja casi inconveniente. En los últimos años el artista ha ido deambulando de la materialidad a lo efímero a través de su discurso estético, como quien cuestiona la validez de los valores heredados del arte y la cultura. Este ejercicio le permite experimentar las múltiples aristas desde las que puede ser cuestionada la llevada y traída cuestión de la identidad. Quiénes somos y quiénes hemos sido a través de la historia y de nuestra condición insular, es uno de los ejes conceptuales en los que se ha direccionado el pensamiento artístico que aquí nos concierne. 

Fernando Cruz ha ido de lo sólido a lo que se “desvanece en el aire”. Unas veces por cuestiones materiales y otras por elección. Antes de El sabor del Trópico, la cuestión de la insularidad ya se repetía en sus producciones artísticas, como un dejavú de la teoría de las islas que trabajaran en su momento Benítez Rojo, Lezama y Virgilio. En la manera de entender la dinámica de la isla y en los argumentos convincentes del porqué no entra en crisis una manera de ser y vivir (la visión de “de cierta manera” de Benítez Rojo) que asociaba a una especie de ritmo despreocupado y ondulante, que daba forma a una estética para la filosofía del carpe diem del discurso identitario cubano: son conceptos que encuentran eco en las obras que actualizan el tema de manera desprejuiciada y veladamente agresiva, como sucedió con la obra Pool, expuesta en el Proyecto Ríos Intermitentes de la XIII Bienal de La Habana en Matanzas, y que consistía en una piscina de estructura rectangular a la altura del piso que contenía agua y arena delimitados limpiamente por una línea perfecta, lo que enfatizaba el carácter humano, la exigencia impositiva, el límite in- natural, y obviamente racional, reglamentario, de la construcción de nuestra relación dentro-fuera. 

Siguiendo la reflexión precedente de este proyecto instalativo y otros desarrollados por el artista, El sabor del trópico fascina en su aparente trivialidad. Aquí el artista se regodea en el instante de la huella fortuita, y la hace parecer más que huella, relato de un instante o una experiencia, un “flash”. Conforma entonces estas narraciones circunstanciales, leves, que destacan por su condición de superficie sobre superficie, pues el artista queda encantado con la textura y los patrones de diseño de las servilletas industriales que confirman su idea: Pineapple, Pineapple Golden Edition, Paraíso Tropical… y deja que estos patrones que ya nos definen como una jugosa mezcla caribeña, jueguen con la huella impresa y construyan jardines que dialogan con los Nenúfares de Monet y con la historia del arte, dinamicen los juegos semánticos, conceptuales y de significado con el impresionismo, con la cultura visual actual, con los selfies, el exhibicionismo de las redes sociales y del mercado del arte… Y más acá y aquí, con una cultura cubana que ya no es lo que fue ni lo que escuchamos, sino que se antoja como un jugo fermentado de pareceres, de poses fútiles, y juegos de reconocimiento que se asocian a tantas manías que no terminan por deslindar lo real y perdurable de lo que es fútil y transitorio. Y esta emoción que deja ver el artista tras las bambalinas de El sabor del trópico, reflexivamente cínica, termina por configurarse como una inquietud, una molestia