Franklin Álvarez

La nostalgia a contragolpe

Por Ricardo Alberto Pérez

La mayor riqueza que exhibe la obra de Franklin Álvarez se vincula a su profundad capacidad de dialogar con numerosos símbolos y referentes que ilustran con exactitud aspectos medulares de la vida de la nación en las últimas décadas. Valorar su trabajo desde un tiempo anterior hasta el presente nos oferta la posibilidad de asistir a la evolución que han experimentado las principales obsesiones que aportan un cuerpo pictórico y un halo subjetivo a su poética.

Quedamos ante relatos o escenas que conocemos muy bien porque de una manera u otra han depositado sus resacas en nuestras vidas. Así el fisioculturismo, el boxeo, el éxodo, la pobreza que genera situaciones límites, y el tedio originado por la propia desesperanza, pasan a ser grandes protagonistas. Lo más significativo radica en cómo cada una de las obras asimilan las mutaciones que el decursar del tiempo y el destino, tanto individual como colectivo, han generado en el interior de esos tópicos; así como la manera de exponer los dramas y conflictos por los que atraviesa el cuerpo en las circunstancias que describen sus dibujos y pinturas.

Los personajes en sí garantizan un estilo; una manera de decir desde cualquier escenario en el que se desenvuelvan, su condición, muchas veces anónima, representa una fuerza expresiva capaz de otorgar una calidad a las imágenes tanto por separadas como en su conjunto. Franklin nos sumerge en una narración fragmentada o rota que en su decursar nunca queda claro si nos habla de un progreso o un deterioro, pero sí deja en todo momento síntomas que pueden ser interpretados libremente por el espectador.

Un tema como el boxeo, por su dinámica y maneras de desenlace le ha permitido trasladar ese espíritu al ejercicio de la pintura (a la manera Jackson Pollock quizás) ya que uno de los elementos con que se relaciona este deporte es la sangre y esta a la vez ofrece amplias posibilidades performáticas. En esos pasajes la ironía llega a ser cruel, tal es el caso de obra El Guiño (2018), donde se le cierra el ojo al atleta no porque esté haciendo una seña sino por los golpes que ha recibido. En esta línea también llaman la atención otras obras: Golpe con sabor a Cuba (2018), y Boxer With Dripping (2018).

En el contexto nuestro, el boxeo ha estado muy vinculado a la ideología oficial y por tanto a toda la maquinaría utópica instalada dentro de la isla; el artista se aprovecha de ese detalle para aumentar la tensión y por tanto el impacto de las piezas. Es significativo recordar que Franklin ya se había acercado al boxeo con la serie Punching Bags (2005-2008), donde aparecieron varios sacos de boxeo con retratos, allí queda abierta una metáfora que comenta sobre “los golpes” que cada uno de estos seres recibirán en el transcurrir de sus vidas.

Dentro de su trabajo actual adquiere una vitalidad transformadora, la reutilización de las banderas como elementos que estructuran la voz conceptual dentro de la piezas y las colocan en un tono paródico e intertextual. En este caso no es para nada casual la elección de bandera de los Estados Unidos de Norteamérica como principal referente, así se reactiva un diálogo con Jaspers Johns, que sobre todo sirve para hablar de la experiencia de varias generaciones de cubanos que la han tenido que asumir como un símbolo satanizado por un lado, y por otro ha sido el pabellón que les ha dado cobija durante un prolongado exilio.

En esencia el principal valor de esta exploración se relaciona con la capacidad de ir más allá de la confrontación entre imperio e isla para inscribir los sentimientos de las personas como una huella cultural y antropológica, un sedimento o sustrato que supera la parte más visible de lo cotidiano.

Esta última etapa de su creación transcurre un tanto desde la diáspora, propiciando dicha circunstancia que madure de manera sustancial el empleo de la ya mencionada parodia, que se transforma en un recurso más abarcador, con una sorprendente capacidad de asociar elementos procedentes de realidades diferentes, pero gracias a su aguda ingeniosidad van procreando sendas metáforas. 

Me refiero a imágenes que hablan con frecuencia de uno o varios estigmas (marcas, y hasta deudas); la incertidumbre, cómo avanzar, recomenzar, incorporarse a la Fe, al optimismo y  a la “felicidad”, sabiendo que te desplazas  de una condición estrictamente singular  que ha fluctuado  de manera excesiva tras la proa siempre peligrosa de una ideología extremista. En ellas ancla la nostalgia como síntoma imposible de no percibir, un soplo que de manera contundente lanza algunas preguntas, entre las cuales sobresale: ¿cómo hacer de esta nostalgia una fuerza o energía edificante?

Durante este proceso sobresalen en su entramado simbólico dos personajes provenientes de la animación, Elpidio Valdés y Betty Boo; quienes mejor para representar el encuentro entre la chica curiosa e ingenua americana, y el cubano impregnado hasta la médula de un pasado de sacrificio y patriotismo (Betty in Love, 2017). Algo así como una colisión después de la cual muchas cosas se desvanecen para nuestro coronel mambí, dejándolo tan cerca de la Coca Cola y Marilyn Monroe que pasa por el travestimiento no solo como marca corporal sino a través de una especie de contaminación de su pensamiento que lo inscribe en una nueva resonancia  que la propia época que vivimos impone.

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