Gertrudis Rivalta

Sentir el arte en la piel

Por Shirley Moreira

La obra de Gertrudis Rivalta (Santa Clara, 1971) tiene una magia especial que la torna tan delicada como enérgica. En el momento de crear, la técnica queda a merced de la voluntad compositiva para revelar un mundo de sensaciones; por ello no existe modo alguno de encasillarla en patrones estéticos inamovibles. Es una artista del dibujo, la fotografía, la pintura, la performance, la instalación… porque en cada medio encuentra una manera particular de traducir sus ideas con el único fin de conectar con el receptor y abrirse paso entre sus fabulaciones.

Los años noventa la verían espigar en Cuba dentro de esa hornada de artistas que resistía y crecía a pesar de las adversidades, replanteándose problemáticas y maneras diversas de sentir la creación. En Queloides, una de las exposiciones colectivas en que participa luego de graduarse en 1996 del Instituto Superior de Arte, es posible avizorar su apuesta temprana por los grandes temas asociados a la identidad y el estudio de la negritud como herencia racial y medio de conexión con otras realidades.    

La autorreferencialidad cobra un papel importante en el discurso, pues parte siempre de sus raíces, su vida, sus experiencias, su condición de mujer cubana y mulata. Pero no hayaquí autobiografía lineal o evocadora de una realidad unívoca. Usa su cuerpo a veces, otras despliega sus concepciones sobre la idiosincrasia colectiva para llegar a identidades particulares. Más que el género y la raza, la artista sondea los procesos de construcción de la identidad desde la necesidad de mirar al otro como medio idóneo para entendernos y aceptarnos a nosotros mismos. 

   

Centra igualmente su atención en la sociedad y las tramas que la configuran, en las relaciones históricas, sociales y económicas que se crean entre los individuos. A veces llega a la religión afrocubana como otro medio para entender la cultura. Sin embargo, se aleja de toda idea folklórica porque busca romper con cánones e imágenes elaboradas sobre la identidad del “otro”, adentrándose así en la riqueza simbólica de su iconografía. Asume los mitos y ritos como medio de conexión con las raíces de una nación y las particularidades de su gente.

En Un paseo con Walker Evans (1997), una de sus primeras exposiciones personales, manifiesta de forma más clara la concreción de su modus operandi al mezclar reinterpretaciones plásticas de las fotografías que Evans hiciera en Cuba en la década del treinta con imágenes de personajes populares. Rivalta parte de la visión distanciada del fotógrafo norteamericano para dialogar sobre el tema de los estereotipos, la mirada del otro y la asignación de roles preconcebidos por cuestiones de raza o posicionamiento social. Otra pauta que dejaba asentada con dicha muestra sería la elección de trabajar mayormente a partir de series, medio este que le ofrecía la posibilidad de desplegar totalmente la idea y conducirla pausadamente a feliz término. 

Entre las series que ha realizado podemos encontrar Fantasmas de azúcar, dedicada al proceso de cierre de muchos centrales azucareros en Cuba. Incluye obras que hablan desde la nostalgia sobre la pérdida de la identidad, el fracaso o el fin de las grandes utopías. Por ello en su elaboración emplea fango, sangre, azúcar, café, reforzando el sentido de dolor y desarraigo. En Fnimaniev recuerda las dinámicas la vida de todo un pueblo acomodado en el regazo cálido del Campo socialista; y luego en La Negra mona en su viaje al espacio exterior e Imaginada, pero la verdad fue soñada, se centra en la visualidad generada por las publicaciones de los años sesenta y setenta en la isla. Toma como punto de partida las portadas de revistas como Bohemia, Muchachas o Mujeres para hablar de modelos estéticos que se intentaban “sembrar” en la imagen colectiva a partir de la predilección por paradigmas foráneos. Gertrudis cuestiona (porque su obra se basa esencialmente en el cuestionamiento) los procesos de afianzamiento de una imagen simulada e importada con la consecuente pérdida de los patrones identitarios.

Cinco variaciones del corazón intentando entender la historia fue una serie expuesta como parte de la muestra Con Razón en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. En ella la artista revisita a modo de metáforas, y desde una técnica pictórica exquisita, momentos de la historia de la nación cubana. El corazón, descontextualizado y puesto a dialogar con elementos disímiles, deviene símbolo de la unidad de toda una sociedad que se va moldeando en los caminos de su historia. Sobre este trabajo la artista manifiesta: “Recientemente me decían que la serie Cinco corazones… era un cambio en mi discurso porque no hablaba ni de raza ni de género. Bueno, ¿hay algo que nos iguale más que un corazón desprovisto de cualquier órgano, desprovisto de la piel y su color? ¿En qué se diferencia el corazón de un hombre negro de otro de cualquier raza? ¿No es un elemento igualador representar a un individuo por una parte de él en la que la raza o el género no tienen ninguna influencia? Por eso, lo que soy está presente en mi obra, pese a lo que soy, es una realidad tramposa, en tanto que es variable y compuesta por otras muchas realidades.” (1)

La instalación y la performance son otros asideros a los que llega para desplegar sus inquietudes creativas. Acude aquí a nuevas maneras de trabajar las experiencias sensitivas del receptor al ponerlo a dialogar con atmósferas impactantes y acogedoras. En la pieza La medida de uno mismo, expuesta en Santa Clara en el año 2014, la artista crea un escenario colmado de objetos que penden de hilos (estructuras a modo de jaulas, pedazos de madera, velas, hojas secas, muñecos de trapo). Las pequeñas figuras recuerdan un poco la iconografía de la magia simpatética del vudú, en el afán por trasladar completamente lo humano a la figura de tela. De este modo hace que nos sintamos parte de la obra y encontremos allí las dinámicas de nuestra cotidianidad. 

En su más reciente muestra Nubes del desierto (Albacete, 2019), la artista nos continúa mostrando su sensibilidad hacia las problemáticas humanas y la visión que la sociedad impone del otro. A partir de obras ejecutadas algunos años atrás, Rivalta dialoga sobre los dramas de la emigración, tomando como punto de partida el continuo vagar de personas por el desierto africano aferrados al anhelo de un futuro mejor.

En la performance parte de su cuerpo para desde el componente autorreferencial llegar a un sinnúmero de realidades. Recrea unas vez más no solo las problemáticas asociadas al género y la raza que les son tan propias, sino las dinámicas visuales de la sociedad y los modos de entender la cultura. Tal es el caso de acciones como Leningrado o Desprendiendo mi parte blanca.

Rivalta es una mujer de mundo. Prefiere decir que vive entre Cuba y España, porque aunque ha fijado residencia hace muchos años en el país europeo, retorna siempre a las raíces. Aun cuando el contexto artístico, social, económico o político internacional en el que se desarrolla pueda permear su manera de enfrentar el hecho artístico, Cuba es su eterno motor de arranque. Por desgracia, los relatos sobre el arte cubano no solo están llenos de grandes nombres, sino también de grandilocuencias injustificadas y tristísimas omisiones. Gertrudis Rivalta es de esos nombres que se han movido entre la fama internacional y el relativo silencio de su tierra. Pero la artista no teme al silencio. Sabe que su trabajo es un grito ensordecedor entre la bruma, sabe que Cuba es también su manera de sentir el arte, de evocar sus raíces y conocer su historia. De la isla su obra emerge, y a ella retorna siempre en un ciclo infinito, cual uróboro que muerde su cola. 

  1.  Cercanía al universo visual de Gertrudis Rivalta. Entrevista realizada por TR para TRMEstudio. En http://trmestudio.com/cercania-al-universo–visual-de-gertrudis-rivalta-oliva Agosto, 2018

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