Magazine 28, Stories ES

Héctor Frank

Rapsodia del hallazgo

Por Ricardo Alberto Pérez

Acercase a la obra de Héctor Frank (La Habana 1961), significa confirmar una vez más que la historia del arte representa un territorio minado por los más diversos enigmas. Este en particular, de formación autodidacta, nos coloca ante texturas que resultan ser elegías, un verdadero esplendor polifónico de la visualidad donde se depositan sentimientos, estados de ánimo, aspiraciones y sobre todo la capacidad de ensamblar un acontecimiento tras otro tal como suele ocurrir en nuestra conciencia y poco más tarde en nuestra memoria.

Asistimos a un viaje a través de la búsqueda y la perseverancia, donde la metáfora que predomina de forma invariable se nombra voluntad. Paralelas a los acontecimientos se gestan interrogantes definitorias, excavaciones capaces de multiplicar el espesor de la imagen así como sugerir sus significados a partir de una vigorosa diáspora. Estamos frente a un fenómeno progresivo que delata el ejercicio arduo de una mente compulsada por las infinitas posibilidades del hallazgo, eso que queda justo fuera de cualquier premeditación y por ello se convierte en la fuerza que hala con tozudez y no permite más la pereza ni el desencanto.

   

El universo pictórico de Héctor Frank se sustenta sobre una lógica de la que solo él posee las claves, ya que lo que recibimos los espectadores son secuencias que nos  agradan y disfrutamos profundamente, pero sobre las que no tenemos un dominio racional. Lo que captamos es una suerte de emisiones oníricas; que no es más que el trabajo del artista donde procesa y deconstruye información y ordenamientos de otras esferas de la existencia (que pueden llegar a ser antagónicas entre sí) como la naturaleza y la electrónica, está última el campo del conocimiento, al que Héctor Frank se encontraba consagrado en el momento que entró intempestivamente en el arte, y que de alguna manera deja marcas constantes en sus creaciones.

Trabajar a partir de la tradición del collage, pintar directamente en la tela o en papel arches, descargar una avalancha matérica de múltiples componentes para que se transforme en imágenes, o remitirse al soporte de la madera encuentran una confrontación y un diálogo muy provechosos en el sentido del progreso y la maduración de las piezas; llega un momento donde se siente que todos estos lenguajes emulan, contribuyen a la libertad de la acción plástica y cautivan por vías diferentes.

En alrededor de dos décadas (2000-2020) ha cobrado vida y memoria este mapa pictórico donde en realidad lo abstracto y figurativo no pugnan, establecen un vínculo o alianza, en el que lo segundo sale siempre fortalecido, imperando a partir de formas y sobre todo superficies obtenidas, esos fondos tan diversos sin los cuales las figuras no contaran con la vitalidad y el encanto  que generalmente poseen. Todo se desplaza a través de mínimos laberintos que nos conducen a una ciudad que cabe en el rostro, salpicada unas veces por la rudeza y otras por el lirismo. Se trata de un relieve donde hacen contacto el musgo de las paredes con una intensa subjetividad que en su brote modifica todo lo externo.

Los ojos de muchos de sus personajes (retratos) suelen ser desiguales, detalle que garantiza una mirada disidente en sí misma, un acto cuestionador que el público puede captar con agilidad y por dicha razón  sentirse convocado  a tan sutil polémica sobre la complejidad y la condición irrepetible de los individuos. Cada uno de estos retratos representa una convocatoria a leer la existencia permeándonos hasta la médula de pluralidad, dejando que las formas entonen su propio discurso y lo propaguen como un líquido abrasivo. 

Las piezas que constituyen y consolidan su obra actual parecen encontrar origen en un proceso que podríamos enmarcar a partir de los años 2010 y 2011, momento en que se distinguen varios lienzos bajo el título de Auto Parlantes, que sin llegar a ser propiamente una serie, ya que Héctor Frank no lo concibe de esa manera, si es un fragmento a partir del cual se ha compactado una manera de hacer más definida que no mutila en ningún sentido sus expectativas impostergables. 

Color de Cabezas (2019) la muestra más reciente de estos retratos o cabezas ocurrida en Nueva York, constituye de alguna manera un desfile de seres, espíritus, temperamentos; con todas las cualidades para ser admitidos en el flujo de la existencia real. Identidades obtenidas de los fragmentos que el artista selecciona desde una lógica de la composición entrenada en conseguir el encanto de la expresión.  

Dentro  de este conjunto sobresale la pieza Historias desde el malecón (2019), una obra narrativa en donde desentrañar la relación simbólica entre los elementos que la componen es esencial para disfrutarla en toda su magnitud. Aquí quedamos ante la elegancia y destreza de cómo contar un drama a través del color parcelando hechos e indicando fracturas; y al final se consuma lo esperado la voz que sentimos resultante de lo que destila la imagen, que entre tantos exilios nos convoca nuevamente al mar.

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