Jorge Luis Miranda

Idilios existenciales

Por Yenny Hernández Valdés

La identificación del sujeto con el medio natural y social donde se desarrolla es prácticamente nula en los tiempos que corren. Parafraseando a Viktor E. Frankl, es necesario que se restablezca esa relación mutua y de pertenencia entre el hombre y la naturaleza, esa espiritualidad que emana de la Tierra y que a través de nosotros permite conectar ambos polos. En ese sentido, el arte resulta un escenario oportuno para gritar a garganta limpia sobre un tema que concierne al universo humano en su totalidad. En esa línea discursiva se ha encauzado Jorge Luis Miranda Carracedo (La Habana, 1970), artista cubano nacionalizado español, que ha pretendido develar, mediante su arte, las conexiones, caminos, manifestaciones o comportamientos del hombre con el hábitat en el que se inserta, o su relación con un espacio otro, tal vez surreal, producto del subconsciente del propio artista.

Al detenernos en las obras de Carracedo, puede sentirse la indeterminación de un estadío temporal, así como la alusión a un no-lugar. Hay una intención expresa del artista y es la de no encasillar momentos o geografías específicas, sino ofrecer la posibilidad de decosntruir una imagen y situarnos en ella según nos plazca. Al mismo tiempo y con suspicacia, nos ofrece pistas ambiguas para encauzar nuestro análisis y nos sitúa, quizás, en una ciudad moderna con rascacielos, un paseo peatonal y una arboleda citadina (Dreams channel o National animal channel); o, por otro lado, nos suspende en la nada blanca acompañados solamente por un árbol, un sujeto y una estructura arquitectónica en crecimiento (Vectores). Aquí, en sus obras, tenemos la libertad de escoger dónde ubicarnos, por dónde transitar y qué construir. Además, acompaña cada lienzo con la expresión escritural, quizás como anclaje textual de sus utopías. Son palabras o frases que ubican la escenografía recreada en un espacio, sentimiento, deseo o disposición, con las que acentúa ese simbolismo enigmático de su mundo interior. 

También llama la atención en su obra un personaje que deviene punto de inflexión sígnica y conceptual a partir del cual se desencadena un posible análisis semiótico. Esta figura, concebida por el artista como su alter ego, es un sujeto de raza negra que viste ropajes blancos, sin zapatos y un casco de cosmonauta. Un sujeto que aparece clonado X veces y que presenta matices ambivalentes. El traje blanco remendado, a media pierna y descalzo, no se corresponde con la vestimenta de un cosmonauta, de la cual porta solamente un casco en su cabeza. 

¿La indumentaria deteriorada indica algún tipo de usanza tradicional? ¿Será la vestimenta propia de algún rito ancestral? ¿Será el uniforme de alguna profesión ingenieril? ¿Resultará una ilusión del artista devenida en esta suerte de traje informal, desgastado y simple con el cual ha decidido vestir a su alter ego? Entonces, ¿con qué motivos Carracedo ha añadido a su hombrecillo un casco de cosmonauta? ¿Es este funcional? ¿Realmente le permite respirar mientras habita en un entorno otro, del que parece ha sido implantado, quizás forzosamente, y necesita del casco para sobrevivir y adaptarse?

Jorge Luis provoca así un raudal de interrogantes, con el atrevimiento de trascender discernimientos simplistas sobre nuestro devenir, para entonces proyectar, desde grandes formatos, un universo complejo en relaciones y contradicciones en las que podemos identificar el descentramiento del sujeto respecto a su “yo” interno y su entorno natural y social, los comportamientos humanos según sus movimientos migratorios e interculturales, y su adaptación a nuevos medios interpersonales (Change for channel). La posibilidad de chocar ante estos cuestionamientos tiene más interés para el artista que dar luces sobre posibles respuestas, porque las suyas estarían mediadas por sus vivencias, sus inquietudes y sus límites. Por lo que, no sería del todo sincero con sus futuros espectadores, en tanto no les estaría ofreciendo una zona franca donde comprender su mundo pictórico, ni donde sumergirse de manera espontánea y no premeditada. 

Por otro lado, el contraste no solo salta a la vista en el ropaje, sino también entre este personaje y la realidad en la que aparece. He aquí los comportamientos disímiles que experimenta el sujeto ante los cambios geo-contextuales, culturales e interpersonales por los que transita a lo largo de su vida al emigrar física y espiritualmente. El resultado último de la asimilación pasa por un ansioso proceso que comienza en la desarticulación del sujeto con su burbuja feliz. De ahí pasa por un estadío de reconocimiento del nuevo sitio al cual llega con sus remembranzas –traducidas en sus ropas corroídas–, donde necesita irse adaptando poco a poco –de ahí el casco de cosmonauta no cual extravagancia moderna sino como trampolín que le permita introducirse poco a poco en ese contexto nuevo– para finalmente hacerlo suyo, transitarlo y adaptarlo a sus prerrogativas. Esta es la fase a la que se refería Víktor E. Frankl sobre la importancia y necesidad de la armónica relación mutualista entre el hombre y su universo vital. Este último paso no queda expreso en los lienzos de Carracedo, sino que deja convenientemente abierta la brecha para que cada espectador se mueva con libertad en su búsqueda.   

Luego de casi una década distanciado de los predios del arte, Jorge Luis Miranda Carracedo nos propone su mirada sobre la cuestión existencial del sujeto en su relación con su ecosistema natural y social. Son estas sus reflexiones desde un lenguaje plástico y narrativo conscientemente crítico. Siento el impulso necesario de aplaudir su obra en tanto manifiesta una pericia técnica interesante en planos, líneas, tonalidades; curiosa en representaciones simbólicas, en alegorías ambiguas y sugerentes. No solo es plausible su técnica, también lo es su habilidad narrativa, cual poeta que mediante sus versos ofrece, con sensibilidad moderna, las polémicas e incertidumbres inmediatas que perturban al sujeto en relación con su medio existencial.