Julio Lorente

Trilogía del silencio

Por Ernesto Santana

Hay que entrar con recelo en la selva. O sea, en el espacio tomado por los símbolos. Al otro extremo de la riqueza simbólica comienza la zona de hielo de la alegoría, que es lo que hay al final de toda historia de salvación, de toda biografía redentora.

Silencio 1

“Mi obra es la traducción simbólica de mi pensamiento crítico”, dice Julio Lorente justo cuando La Habana, que pretende ser Cuba, cumple medio milenio de fundación y se completan 60 años del triunfo revolucionario de 1959, y todos los ingredientes de la realidad alcanzan una masa crítica de pensamiento.

“Un recorrido por la historia de las ideologías”, continúa diciendo el artista como si trazara una línea curva que termina “y su impacto en el imaginario colectivo”. La selva se complica. Se trata de una batalla de símbolos, de una lidia de ideas y las sombras que dibuja esa beligerancia en el paisaje que comunica las mentes individuales.

Estamos en plena jungla ideológica y es muy tarde en la noche, tardísimo en la historia, en este bucle de ardiente paz de Guerra Fría. Somos lo remoto pero con mayúsculas. Estamos escritos en una oxidada moneda de hierro perdida en la hierba y delante de nosotros desfilan efigies.

   

Martí y Lenin, una rueda de opuestos, república y utopía, convivencia terrestre y asalto al cielo. La historia lo reduce todo a su mínima expresión, la idea, que es en sí misma inhabitable, aunque adictiva. Como la noción del salvador que nos libere de nosotros mismos.

El silencio del apóstol trae a Martí en óleo según una foto muy conocida, pero acentúa la lejanía de la mirada con una lágrima que subraya su mutismo, que resuena por toda la trilogía como un eco. Aquel verbo encendido se ha callado. Como una despedida. La nobleza del tejido del lienzo será seguida pronto por la densidad de la estatua.

Las crónicas demuestran que los mensajeros no pueden revelar una verdad que nos aplaste, que la salvación no puede ser carnaval trágico ni dolorosa convulsión en la sucesión de las humanas ocurrencias.

Ascenso/descenso

Como la utopía, por definición, no tiene lugar, acontece la distopía, el lugar desplazado hacia el tiempo. Hasta el nunca. Martí trae el mensaje de que no somos el medio, sino el fin. La verdad no existe más allá de la persona misma. La clave no está en el todos, sino en el cada uno.

Porque el mensajero es el mensaje y por eso, en la distopía —utopía fallida—, el mensajero corre peligro. Todo lo que rompa el sistema de mantras del Gran Hermano es un mensajero de la persona, una irrupción del individuo.

Cada uno de nosotros puede ver la misma burbuja de irrealidad en el cielo caliente de la ciudad, el mismo artefacto que vuela con cualquier gran nombre, pero que viene de un mundo que siempre nos resultará extraño e inexplorable.

Una estatua de Lenin sostenida por una cuerda, con el brazo extendido hacia la multitud, o hacia el futuro, o acaso solamente hacia su propia sombra: El ascenso de los dioses actualiza al óleo una escultura derribada. Hay aquí también silencio, el de la rueda de la historia que se detiene por un momento. Y sigue andando enseguida, crujiendo de horror.

   

Silencio 2

Lenin fue un interrupción entre dos momentos de Martí, parece leerse. El intervalo en que un deus ex machina estalló en la voluble dramaturgia de la historia. El profeta de la utopía clasista recortado contra un cielo de sangre, cual enviado de un mundo agreste.

Hacia el cielo es arrancada la estatua y el ser espeso deja en el suelo sus pies de barro entre los campos estragados. Una escaramuza no humana que vuelve como una ola insistente a la playa donde contamos los días de arena.

Nunca sobra la cautela al entrar en la jungla de los símbolos. En el museo de efigies. Los cuerpos vivos que no se ven están muy solos. Estamos. Los fuegos de artificio de las ideas alumbran la única y temblorosa sombra de cada uno.

El silencio de dios es un óleo sobre madera que retrata la mudez de una moneda sobre el cielo de negra sangre coagulada que en el cuadro anterior estaba aún fresca. Se alza un sol numismático en una atmósfera de transparente ironía.

Sobre el perfil hierático —ahora sin lágrima— de quien encarna el sacrificio nacional, el arcoiris de tres palabras parece rezar “Cuba y la noche”. El número 1959 tiende un horizonte hacia el siglo pasado, pone el suelo para que gire, en silencio, la rueda de la moneda. O de la historia.

Porque la permutación de los simbolismos arroja relatos diferentes, fábulas más allá de una supuesta semejanza con etapas de los últimos decenios en Cuba, hasta las moralejas de arte político y los rejuegos de las dimensiones espaciales de los salvadores. Parece decirnos Julio Lorente.

Al final, no debemos perder de vista que, en la jungla de símbolos, Lenin y Martí se pierden de vista mutuamente, como fieles antípodas, como un sólido todo que se desvanece en el aire.