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Leticia Sánchez

Arte desde la enajenación

Por Nathalie Mesa Sánchez

El poeta e historiador inglés Thomas Macaulay dijo: “tal vez ninguna persona puede ser un poeta, o incluso disfrutar de la poesía, sin una cierta enajenación mental”, y a esto le agrego que la enajenación es un producto inherente al artista, pues la profundidad alcanzada revela la calidad de su obra. 

En el afán de construir mediante la representación pictórica, situaciones dramáticas, la artista visual Leticia Sánchez logra reencontrarse con esa intimidad ideal que le ofrece la enajenación mental. Su estrategia es apropiarse como bien dice, de fotogramas cinematográficos con el fin fundamental de una búsqueda de naturaleza técnica. Entonces son dos elementos esenciales los que le interesan a esta creadora: el concepto y la técnica, ambos enmarcados en una posmodernidad que pretende, en ocasiones, minimizar el segundo, en una suerte nefasta de vagancia artística. Sin embargo, Leticia no debe ser catalogada como una de estas artistas, en tanto, prefiere experimentar con modos de hacer a través del buen trabajo con el óleo, el pastel, las cajas de luces y los diferentes formatos.

Para nada es un cliché decir que su arte recuerda desde el procedimiento a los más clásicos impresionistas, dado fundamentalmente por las pinceladas sueltas, cortas y gruesas de color, las ansias de captar el instante fugaz, las imágenes que asemejan estar desenfocadas y la apariencia de obra inacabada. No obstante, no pretendo encasillar su producción a un movimiento o estilo, puesto que también es impactante apreciar un expresionismo que brota desde el color y desde los brochazos que envuelven a cada figura. Diríamos que esta última intención está más apegada a una necesidad de la artista de representar estados anímicos, ansiedades, desolación, todas situaciones humanas, que pretende encerrar en cada una de las piezas como si se tratara de un plano cinematográfico.

De esta forma, se siente en sus oleos una conexión inexplicable con la obra de un director de cine iraní ya fallecido, llamado Abbas Kiarostami. La poesía visual, la capacidad narrativa y el estilo casi documental de las obras de Leticia asemejan de manera inmediata, con los conceptos estéticos de este cineasta. Como Kiarostami, esta artista aborda en sus obras cuestiones sobre la introspección, en ocasiones más desde lo real, en piezas como Más allá del principio del placer, 2018, mientras que en otros momentos lo hace también desde la alegoría como en Anoche soñé que volvía a Manderley, 2018 y Simbiosis, 2018. En ambos ejemplos las figuras se desdibujan en el paisaje, como si se tratara de un recuerdo o simplemente se tratara de proyección fílmica.

No dejo de asociar su obra toda, principalmente Los pájaros, 2018 o R, 2018, con el largometraje más experimental, y paradójico de este excepcional director de cine. Shirin es el filme en el que, en una sala de cine, la cámara capta las diferentes emociones de 114 actrices cuando presencian la proyección fílmica de una historia de amor. Sus sonrisas, sus lágrimas, sus gestos, son solo las expresiones que les interesa al director capturar con su lente. Como este filme, las obras de la autora, son un homenaje a la interioridad y una libre manera de permanecer en el cuadro a solas con las emociones del ser humano. Tanto en el filme de Kiarostami, como en los óleos de Leticia, hay una película de trasfondo, que en realidad no existe, más allá de la banda sonora que notamos en el audiovisual, y de las referencias a instantes que presenciamos en sus pinturas. Como bien dice el propio Kiarostami: “El cine es el arte de mostrar sirviéndose de la ocultación. El espectador tiene que imaginar, tiene que llenar las casillas vacías, tener una actitud creativa.”

No obstante, la creación de esta artista sobrepasa la percepción del momento fugaz e imperceptible para el ojo humano de una escena cinematográfica. Su pintura es capaz de revertir y aterrizar esa instantaneidad en una existencia rotunda, y de esta forma satisfacernos con una lectura apacible de aquellas emociones inestables, pero reales. Por ello, llamarla artista visual no sería para nada casual, amén de que el término se ha empleado para denominar a aquellos artistas que sobresalían del escenario de las artes plásticas, y originaron nuevas nomenclaturas en el arte. En el caso de Leticia, aunque apegada a lo clásico desde la plástica, es capaz de visualizar -en todas las definiciones del término- y de materializar la esencia de un melodrama. 

En una sociedad postmoderna como la nuestra, no le interesa problemáticas vinculadas a la violencia de género como a veces queremos anclar a las creadoras femeninas, en su lugar se preocupa de la neurosis, el desaliento, la soledad y de la enajenación humana. Su visión es más existencialista y universal. Desde la creación pictórica es certero y válido el reconocimiento a la artista que logra documentar un contenido cinematográfico en un plano visual estático y notablemente cargado de simbología y emociones. El resultado de su obra es una creación poética y trasmisora de esa poesía. ¿El cómo lo logra? Tal vez desde la más profunda de las enajenaciones mentales.

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