Orlando Boffill

Personajes y circunstancias

Por Estela Ferrer

La pintura es el medio elegido por Orlando Boffill (1964) cuya obra se caracteriza por una figuración que a ratos se vale de técnicas anteriores como el collage, su apego a una paleta de color que manifiesta predilección por colores fríos y un aire desenfadado que lo acerca al grafismo infantil.

Sus temas han sido muy diversos, desde algunos muy promovidos a nivel internacional como el éxodo -más centrado en vivencias personales y la reminiscencia de la ínsula- hasta otros de corte más filosófico como en Confesiones de invierno, donde el fondo negro no sólo concentra la atención en la figura central -una cabeza inundada de casas o sería mejor decir hogares perdidos- mientras entabla un diálogo con un pequeño pájaro que parece estar en la misma condición. Es interesante elegir un ave que ha detenido su vuelo y se encuentra lejos de todo.

Una pintura marcada por los símbolos, pero reinventados a voluntad y capricho, que muestra una continuidad con su trabajo previo a finales de los 90. El artista, por supuesto, ha evolucionado pero sus directrices siguen siendo: el realismo y el concepto de obra cerrada manejado por las vanguardias del siglo XX. El primero, evidente en su preocupación constante por reflejar la sociedad contemporánea dentro de su complejo entramado; el segundo, refiere una obra coherente según su modelo narrativo que implica la perfección de la forma y señala un esfuerzo que por definición es artístico. La precisión e interacción de las partes que la integran es tan analizada que predetermina su cualidad simbólica.

Por ello la isla de Cuba es una persistencia en su trabajo, representada como casa, hogar, peces, barcos. La isla es partida y permanencia, escenario y protagonista. Dentro de ella el ser social se erige como punto central de un discurso que no deja fuera la territorialidad, un concepto que busca asir en sus diversas aristas: lo económico, lo político, la vida cotidiana, el poder. La tierra dada, su tierra, que ahora mira desde la distancia, con un gran océano de por medio aún direcciona su poética. Proceso entendible porque el que parte no lo hace realmente, queda escindido entre dos mares, entre dos historias. 

Los cuadros ofrecen la certeza de que la isla es la lengua materna que se habla y consume, es alimento. Una sensación que se nutre de recursos como la parodia y la intertextualidad. Ambos, abren el horizonte de posibilidades de lectura de sus obras. El humor mordaz y las contaminaciones semánticas se dan cita sin esfuerzo. Éxodo crea una relación entre un pez con cabeza humana que atraviesa la isla y, a la vez, justo en el centro hay una lata abierta de sardinas. El cruce entre los tres elementos redimensiona la simple representación de un mapa geopolítico para anclar la mirada del espectador en preocupaciones de índole social. Además a mi criterio sin demasiado recargamiento, algo de lo que padecen frecuentemente varias piezas contemporáneas.

Maldita lluvia es una de las obras más ingeniosas en cuanto a la unión entre lo insólito y lo racional. La figura humana convive con su propia fragmentación y símbolos que le obsesionan como la casa. La casa ocupa el espacio donde debe estar la cabeza y esta es relegada a un plano inferior en la composición. Es una obra en acuarela, hecho que prueba su filiación a la pintura es sus técnicas más tradicionales. Son interesantes otras soluciones ya más bien relacionadas con el ritmo interior de la obra en cuanto a la circularidad de las líneas y el diálogo entre estas y las nubes. Sin dejar de aportar un aire lúdico, Boffill hace una reflexión de corte existencial.

Precisamente en ese intersticio entre la memoria y la invención se descubre la zona más seductora de su trabajo. Los realistas dirían: la capacidad para plasmar el escenario cotidiano. Sin embargo, esa sería como la mitad de la receta, faltaría añadir ese elemento intangible que a falta de otro nombre mejor fue llamado musa y finalmente impulso creativo. 

Es la suya una poética que el propio artista define como introspectiva, pero también conceptual, donde se permite la experimentación con diversas técnicas y materiales. De ahí que se defina como creador de una obra esteticista con una marcada relación con la denominada pintura-pintura.

A todos los guiños a su propio país, circunstancia y vivencia se añade una transformación reciente provocada por los alcances de su obra en el circuito del arte. Un sumun de trabajo que se ve ahora moldeado por su interacción con una cultura nueva, más rápida, una cultura ecléctica y cosmopolita con gran impacto dentro del arte contemporáneo: Nueva York. En este punto de su carrera Boffill expande y libera sus temas, se permite quebrar los localismos y abordarlos con un carácter más universal. Un ciclo natural en toda creación, sin dudas, la evolución necesaria.