Yunior Mariño

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PADME*

Por frency

Cuando reparamos en que lo abstracto no es tal, debido a sus relaciones internas con el fuero espiritual y hasta místico, accedemos a un nivel de comprensión sobre una expresión artística, poética y gnoseológica, que atraviesa y supera las obsoletas nociones sobre el lenguaje “no figurativo” pues no se basa en la creación desde referentes a la mano, o desde la interpretación de una realidad que se nos presenta como tal; sino desde un imaginario que no está maniatado por “lo reconocible” o lo comúnmente existente.

Es por ello que las obras de Yunior Mariño (Holguín, 1976) nos disponen ante procesos que oscilan entre lo intelectivo y lo emotivo, porque no son ni una cosa ni la otra, para resultar en un extraño punto de confluencia intuitiva, que lo conduce a un estado individual extasiante o “inscendente” de naturaleza meditativa. Sus pinturas, extensiones escultóricas, objetuales, luminiscentes, los ambientes que ha creado combinando diversas morfologías, su inclinación al sonido y la música y –en todo– la persistencia de su naturaleza procesual y convergente, nos dirige a un punto medio que me aventuro a compararlo con aquello que los alquimistas pensaban sobre la magia y que para los místicos es la trascendencia del existir: un estado de sabrosa indeterminación positiva, oxigenante, que no necesita ser precisada ni explicada. Porque en ella la Razón no es del todo pertinente, y lo temporal no es una sensación esclavizante, sino un goce del “instante eterno”. 

En otra perspectiva, sería una manera personal de comprender y aplicar la antropología desde su esencial naturaleza automeditativa. En consecuencia, saberse en un aquí y un ahora –ese Dasein que enlaza con una necesidad añeja por escudriñarse a sí mismo, sin narrativas, ni símbolos harto repetidos–. Un estar que nos convida a saborear algo deliciosamente indefinible. 

Con un modo diferente de hacer arte a comienzos del nuevo siglo, Yunior Mariño revitaliza y es precursor de caminos continuados por otros artistas en un contexto como Cuba. Mas trasciende esa circunstancia y se aleja de las vanidades que genera el campo artístico para procesar su “inxilio”; a la vez que arremete personal y creativamente contra las falsedades de las construcciones identitarias. Es de ese modo que piensa, siente y trasciende desde sus obras. Pero es un pensar y un sentir que sólo un creador conocedor del medio sabe cómo es, y lo emplea para penetrar en otros estados de orden individual. Algo también inexplicable a cabalidad, pero que los entrenados pueden olfatear y percibir diciéndose: esto es como ha de ser. Ese conocer las reglas interiores de las morfologías del arte aguza la sensibilidad para ejercer la creación de forma que constatemos, si podemos llegar ahí, que es precisa, exacta y trascendente.

No procede como algunos en pintura, que rellenan coloreando, no las cuelga como otros, las instala. De ellas deriva, prolonga, fluye hacia otros medios. Se vale de lo que ha sido “legitimado” para revisarlo, y no niega sino incluye; por mucho que él se quiera distanciar de ese principio de que el arte es, barthesianamente, un mosaico de citas, parafraseos, parodias, que cuando se metabolizan atinadamente resultan otras obras inteligentes. 

Mas, aunque no renuncie, tampoco entiende a esa experiencia histórica convertida en un grillete. Él está cansado de mucho, y reacciona quitándonos las antiparras teóricas y conceptuales –o aparentemente conceptuales pero vacías en el fondo– con las cuales se piensa mucho arte, y dentro de él, la pintura.

El decaimiento o empantanamiento de muchas herramientas en las artes visuales, es parte de las tantas purgas cíclicas, de tipo conservador y fundamentalista, que han ocurrido en su historia. Y es preciso leerlo en su propia tradición. Lo que puede distinguir la purga actual del Arte contemporáneo, con sus hemorragias formales, sus pobres sustentos conceptuales y su necesidad de espectáculo, se debe en gran medida a su bajo perfil simbólico en el presente. Por ello su aparente alto perfil narrativo, de nuevo panfletario o meramente vacío, y que vuelve a insultar la inteligencia y la sensibilidad del asiduo al campo del arte no sólo visual, sino también cinematográfico, escénico, aun musical y literario: por ser parte de un problema sistémico ya no único de Occidente y que alimenta la banalización que nos rodea.

Aunque no se proponga una obra política, Yunior Mariño reacciona, como otros que vivimos desengaños y épocas de incertidumbre, contra ese estado tóxico del arte, suerte de desapego de sus excesos y faltas a partir de los procedimientos que emplea, manteniendo una obsesión por sentir la temporalidad –manera en que sopesamos el tiempo– con una calidez que procede de la intensidad que desprenden sus creaciones. 

Preserva su ejercicio de libertad expresiva –a pesar de otras reglas sociales, institucionales y comerciales que le ha tocado vivir– para pasearse como artista avezado por los entresijos de lo poético, con intertextos enrarecidos por él hasta generar campos visuales con algo de misterio metafísico, evocador de la inmensidad del universo al cual pertenecemos y que, con tanta facilidad, olvidamos por nuestras pedestres percepciones.

*  Este texto es síntesis de uno mayor, en proceso, sobre la obra de Yunior Mariño por casi veinte años, donde me intereso por ahondar en las relaciones creativas que efectúa entre pintura, objetos, instalaciones, fotografías, ambientes, música, junto a otros medios combinatorios de un alto sentido procesual. Desde posiciones y propuestas diferentes, vuelvo a las consideraciones que había realizado hace unos años en relación con Alejandro Campins, uno de los que considero en gran medida parte de sus continuadores.

  1.  Sólo recordemos las consideraciones llevadas a sus creaciones por parte de Hilma af Klint, Kandinsky, Malevitch, Kupka, Delaunay,… Pollock, Pat Steir, entre otros muchos.
  2. Es preciso aclarar que desde 2008 Yunior comienza un periplo vital y existencial que comprende EUA, Canadá y posteriormente México, en cada experiencia con particularidades específicas dadas las circunstancias de cada contexto. Lo que le conduce artísticamente de diversos modos, sin interesarse por las falsedades del éxito, mas sí por generar sucesos de valor intercultural en su afán por lo universal.

 

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