Ernesto Benítez

Ernesto Benítez y la necesidad de religare

Por Eduardo Albert Santos

La producción artística de Ernesto Benítez se ha orientado paulatinamente hacia un asunto de especial actualidad. En las circunstancias actuales, el colapso de la existencia dibujada en términos de coherencia, estabilidad, confianza en el futuro, conduce a la imagen del ser humano roto, fragmentado, dislocado consigo mismo y con su medio, dudoso de su propia subjetividad, a la que teme o en la que se consume sin una salida pertinente. De un ser que no acaba de componer, de articular su proyecto, que duda de sus posibilidades o no las precisa adecuadamente, que no logra encontrar su realización auténtica. 

En este sentido, la obra se genera desde la incertidumbre de este tiempo caótico, en el que la quiebra evidente de los metarrelatos esperanzadores o la multitud de narrativas parciales divergentes no permiten centrar al hombre y lo hacen permanecer en una vigilia angustiosa sin salidas convincentes. Ernesto refiere su universo de sentido a tres líneas de tensión: globalización e identidad sesgada, memoria fragmentada y/o espiritualidad secuestrada. Y semejante arco de intereses está fundado en su experiencia personal conflictiva derivada de su escisión, de lo que denomina “herida cultural”. Una herida que, siendo referida a su mismidad, es al propio tiempo un síntoma de un tiempo que registra una carencia de espacios seguros, firmes, confiables de significancia y nos afecta a todos.     

De aquí surge buena parte de las morfologías de sus obras. Su hábil empleo de materiales que, como el fuego, la sal, el caracol, las cenizas, la plumas, los registros de lo muerto, de lo desechado, de lo frágil o lo hiriente, de la propaganda desahuciada u obsoleta, de textos filosóficos sometidos hoy al cuestionamiento o el escrutinio, remiten a la retórica del enigma no resuelto del incierto presente. Tanto en sus instalaciones como en sus fotografías o videos, Ernesto apela al ejercicio de cuestionamiento de las carencias cotidianas, remite a la obsolescencia del discurso de dominación legitimado por los poderes establecidos y la agónica ausencia de relatos alternativos de emergencias y renovaciones sustentables. 

En general, el discurso artístico de Ernesto Benítez registra un sustrato filosófico y antropológico muy sugerente. Él mismo reconoce que intenta “buscarse a sí mismo” y lo hace no como una problemática introspección de carga subjetivista, sino apelando a las vivencias de su temporalidad personal y su entorno. Primero busca en los avatares antropológicos en diálogo con los imaginarios locales de los noventa cubanos. Luego, desde su nuevo enclave de vida, expande su mirada y reflexiona, en horizonte de mayor alcance, en campos más vastos, marcados por una experiencia menos local y de mayor hondura pos-metafísica, proyectada hacia lo que Heidegger llamaría “la pregunta por el sentido del ser”. Por eso, en sus obras más recientes, parecería que se interroga insistentemente sobre el Dasein, sobre la existencia como proyecto, como realidad que no está hecha, que no está presente, sino que se busca y se construye y hace del mundo su existenciario, concediéndole significación respecto a nuestras vidas y nuestros fines. Y se cuestiona como, en el estado actual de cosas, en medio de una crisis existencial tan falta de asideros confiables, puede el ser «’elegirse’, conquistarse, o bien perderse y no conquistarse en modo alguno». 

Esto último se deja sentir muy bien en sus instalaciones fotográficas Filosofía I y II  o en sus Templos deshabitados. Mientras que en su serie Taedium vitae pueden apreciarse, con impactante formulación visual, los avatares del agotamiento de la vida que acompañaron a Wilde en sus tedios cotidianos. Por su parte, la serie Lebenswelt alude a ese mundo de vida husserliano en el que se vivencia esa puesta en escena de una realidad donde se consume la vida misma en sus recuerdos y registros. 

No hay en la obra de Benítez una lectura pesimista del presente. En medio de su aguda crónica de la laceración del yo en este tiempo, se pronuncia por avanzar hacia el «claro del ser». Y como interpretaría Gadamer “ese claro debe producirse dentro del hombre mismo”, que ha de recobrar su luz propia y someterse a una aféresis que le sane. El mismo artista lo expresa en una entrevista cuando se refiere a una “irrefrenable necesidad de religare”.   

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