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Felipe Alarcón

Reconstruyendo el retrato colectivo de una nación negra

Por Suset Sánchez Sánchez

Una vía significativa en la obra de Felipe Alarcón Echenique se ha empeñado en desvelar los rostros afrodescendientes que han forjado la historia y la cultura nacional. “Desvelar” es un término más que apropiado en el contexto de la poética de este artista, porque se articula en la intersección del gesto en torno al sentido; pero también alude al procedimiento técnico que opera tras el ademán pictórico. Y es que precisamente Felipe saca a la luz, “desvela”, deja asomar a través de las transparencias y veladuras de sus cuadros esas imágenes de personajes históricos, intelectuales y artistas afrodescendientes cuya subjetividad y obra han contribuido a la trascendencia del complejo socio-cultural de la nación cubana. Lamentablemente, muchos de esos nombres han permanecido invisibles durante siglos, como resultado del persistente y normalizado ejercicio del racismo en un contexto postcolonial donde los cuerpos y las vidas negras han tenido que resistir y luchar contra el silencio y la exclusión.

Exposiciones recientes del artista, tales como Foto de familia (2016-2017), Mestizos, de Aponte a Belkis Ayón (2018) y Diálogos de mestizaje (2019), enfatizan la búsqueda de ese retrato colectivo de la negritud que dibuja su esencia transcultural en la geografía de la isla. Sin embargo, en los lienzos de Felipe Alarcón, ese canto de griot que narra el desplazamiento de la diáspora africana, recorre con el arrullo de las olas las distancias que el mar ha sembrado entre las ínsulas del Caribe, para ir a buscar de tierra en tierra la herencia de África. Por ello, no ha de extrañar que entre los personajes que “aparecen” –otra vez reparamos en la dualidad semántica del vocablo para designar el significado poético y la operación técnica de la pintura– en el palimpsesto figurativo de las obras, abriéndose paso entre capas de pigmentos y brochazos de acuarelas y gouache, asome Jean Michel Basquiat junto a otros artistas que seguramente conforman el panteón reverenciado de referencias y el imaginario personal de Alarcón Echenique. 

En esta pintura cuyas imágenes se tejen cual maraña o jungla de Lam, los materiales pugnan por ganar el territorio esquivo en la superficie del cuadro. El artista es un ávido constructor con técnicas mixtas que complejizan la dimensión de la mirada que intenta penetrar la profundidad de la obra, que quiere distinguir el trazo del carboncillo allí donde el pigmento no cubrió la cartulina. El acto de ver se transforma en una complicada operación de restauración de una memoria ocluida que es urgente rescatar del tiempo lento e infinito de la colonialidad. Lo híbrido y mestizo que enuncia Felipe Alarcón en sus obras, reconoce la plural construcción de las identidades móviles y mutantes, en perpetua reconfiguración, en este continente doliente que algunos nombramos Afro-Latinoamérica para reconocer la matriz africana que subyace escondida tras los relatos oficiales que han instrumentado políticas de blanqueamiento en las narraciones fundacionales del Estado-nación. La historia mestiza de nuestra América es un acto de violencia política narrado con plena consciencia sobre la ambigüedad de las construcciones nacionales en las que el mestizaje, en tanto teoría antropológica y social, también ha servido para invisibilizar, para blanquear y hacer menos negra la herencia etno-racial y cultural de los pueblos sometidos a la crueldad colonial.

En ese sentido, la obra de Felipe Alarcón nos posiciona críticamente frente a esa cruda dicotomía en la que el mestizaje se ha esgrimido como una noción ideologizada y políticamente vinculante con la raíz eurocéntrica de nuestras sociedades por parte de los sujetos hegemónicos en el poder. La genealogía extensa del concepto atraviesa la propia historia del racismo eugenésico, las ciencias sociales y naturales, y una producción intelectual que en su pretendida totalidad mestiza, y con el ocultamiento de la africanidad y la negritud, perseguía justificar todo tipo de violencias e injusticias sobre los cuerpos y las vidas negras. Basta repasar la cantidad de términos y neologismos racistas que produjo la pintura de castas para comprender la aberrante obscenidad del racismo que subyace en el problemático relato del mestizaje. Sobre esa complejidad advierte Felipe Alarcón Echenique en sus obras, y como evidencia del legado afrodescendiente, desde el insondable espesor de la materia pictórica depositada en sus cuadros, nos llega el rumor de una nación negra, el coro de voces que combate la inercia del racismo y la amnesia, el retrato colectivo en que ha quedado fijado nuestro ADN etno-racial, la orgullosa herencia de yolofes, fulas, mandingas, bambaras, lucumís, ararás, dajomés, carabalís y congos.

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