Ernesto Gutiérrez Moya

El espacio incógnito

Por Andrés Isaac Santana

Me veo en el compromiso, tan delicioso como deseado, de ensayar unas líneas sobre Ernesto Gutiérrez Moya, un joven y talentoso artista cubano. Su obra, sin duda, es maravillosa. Habita en ella un sentimiento de humildad y de grandeza que rivalizan en el horizonte de realización de unos espacios y de unos contextos paisajísticos que parecen existir, solo y únicamente, en el tejido insondable de su subjetividad. De ahí, tal vez, que aflore en ellos una extraña sensación de equilibrio infantil frente a las reconocidas perturbaciones del mundo de los adultos. Sus telas, con todo y con mucho, podrían ser traducidas como relatos cortos de una misma historia. 

La obra de Ernesto Gutiérrez Moya, en su singularidad, elabora el contenido ficcional de sus visiones por encima de toda tiranía de sujeción a la realidad de los contextos. El impulso minimalista de sus superficies y la gracia de su pincelada fresca, le aproximan a ese tipo de pintura que es capaz de generar emoción desde la honestidad más absoluta. Cuesta rastrear en ella la pretensión del arrogante o la desfachatez del artesano. Por el contrario, se puede tantear los perfiles de una subjetividad rica en recuerdos y propensa a retomar los lugares comunes.

La arquitectura de sus paisajes se articula a partir del uso de pocos elementos que diagraman la escena final, en un alarde de síntesis bastante envidiable. Entre todo ello es posible señalar una reiteración, por ejemplo, de ciertos esquemas o perspectiva composicional sobre la que el artista, me temo, debería asumir, tal vez, una postura de alerta. A fin de cuentas, estimo, de lo que se trata aquí no es de llegar a la finalidad misma de lo representado (ficcionado o no) como un estado de cosas, sino de hacer valer el impulso vital que habita en cada pincelada suya. 

Un cierto lirismo envuelve sus piezas. De hecho, cuando las observaba –con atención y con sospecha– especulaba la posibilidad de que pudieran ser parte del diseño escenográfico de cualquier ópera o de otro tipo de puesta en escena. Esa generación/construcción de “espacios raros” que habitan en el límite de la realidad y de la utopía, gozan de un poderoso rango poético y de gran habilidad en el arbitraje de la sugestión. 

Hay algo de tautología confesada en toda esta narrativa suya, lo mismo que una sorprendente remisión a la idea de lo “laminal”. Esa sensación que produce el hecho de no poder separar una lámina de otra, una apariencia de la otra, una superficie de la otra, porque todas, en su conjunto, devienen en episodios fragmentados de un único relato. Esta mirada nos obliga a señalar que son la línea y el plano de color (de apariencia casi tectónica) los dos elementos esenciales en el andamiaje corporal que prefigura el mapa pictórico de Ernesto. La línea y su ductilidad enfática disponen un universo de representación en el que se produce –como en la vida– el ritual de apareamiento entre la realidad y la ficción. Algo que bien aprovecha el artista para enmascarar, si se quiere, sus referentes o sus motivos de “inspiración”. 

En su momento afirmé que el repertorio de piezas construidas por Ernesto, devienen en una suerte de palimpsesto en el que se superponen, de una parte, los sueños infantiles; de otra, la pulsión freudiana del destino utópico. Cada plano es un pasaje de sugerentes e insinuantes superposiciones y cruces donde copulan los perfiles de muchas ciudades, espacios extraños o cartografías posibles. Todo resulta de una invención que convierte al artista en una especie de nuevo arquitecto que explora la superficie en blanco con el ánimo de procurar la gestación de mundos paralelos. Ningún texto crítico es objetivo en sí mismo. 

La primera de esas intersecciones de las que hablaba antes, bien podría ser esa que queda escrita en la imposibilidad de elección entre el mundo real y ese mundo fabulado por él. Entre montajes, superposiciones y transparencias, se vislumbra un reverso de la subjetividad que apunta –desde mi humilde mirar– hacia una sensación de extravío y de pérdida, especie de recomposición y de ansiedad por el hallazgo. Es como si, de repente, estos planos fueran el hilo de Ariadna, el espejo donde reproducir el mapa real, la escena –hipertrofiada– de un ADN que compartimos todos los que estamos lejos del lugar de origen. 

Las inundaciones de Ernesto, no podría mirarlas de otro modo, sugieren la existencia de una inequívoca dificultad para señalar, para precisar, para localizar el punto exacto y preciso de nuestro lugar en el mundo. No sé si tendría los argumentos ahora mismo para desarrollar una tesis más enjundiosa sobre su trabajo, pero lo cierto es que percibo, desde el contacto a distancia con sus superficies, un sentimiento que me conduce al ámbito de las purgaciones y de las ansiedades; lo mismo que a un universo de placeres y de reconciliación entre los escenarios del mundo adulto y los de ese otro polimorfo perverso –suerte de Peter Pan– que somos todos en nuestro fuero interno. 

Ernesto está escribiendo su propia historia, con sus accidentes o sin ellos, de su paso por el cosmos –espeso, denso y apasionante– de la pintura. Volveré, no muy lejos en el tiempo, para aventurarme en otra lectura dado que creo, sin duda, como dijera el artista “aquí pasa algo raro”. 

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