Magazine 28 (ES), Stories (ES)

Ernesto Capdevila

Códigos de un modus vivendi 

Por Yenny Hernández Valdés

“Nuestro mundo ha dado a luz deseos de felicidad imposibles de satisfacer,
de aquí la proliferación de las decepciones relativas a una vida que nunca
es suficientemente ligera ni divertida ni móvil… Un nuevo espíritu de pesadez
se ha adueñado de la época”. 

Gilles Lipovetsk

Asistimos hoy a un relato de vida descontrolado e inconstante, a una realidad que se nos sobreviene inquietante y consumista, revolucionada, descentrada, de sujetos deprimidos y deprimentes. Un mundo líquido en el que, parafraseando a Zygmunt Bauman (1), los vínculos humanos penden de un hilo. Es en esa fragilidad en la que se alojan los sentimientos conflictuales y la necesidad de encontrar una zona de confort que responde más bien a la desesperación del sujeto, quien busca la panacea en el placer, la renovación y el sensacionalismo de exquisitez que promete la mercadotecnia: esa posibilidad que tienes en la punta de los dedos de alcanzar la felicidad mediante el consumo superlativo.

Esta locura que resulta el intentar explicar la realidad a la que asistimos hoy, Ernesto Capdevila (La Habana, 1970) la ha asumido con total valentía a través del arte: lienzos, esculturas y breves textos manifiestan la postura y el sentir del artista. Para Gilles Lipovetsky (2), y claro está que para mí también, vivimos en la hipermodernidad, por lo que somos sujetos hipermodernos, hiperconsumistas, hiperdescontentos e hipermaleables. Esta es una realidad que muchos aun no concientizan o prefieren no hacerlo. Claro! Es más fácil y menos doloroso.

El prefijo hiper significa exceso, ir más allá de lo que consideramos posible o creíble, más allá de nuestros límites, deseos y posibilidades. La hipermodernidad en la que Lipovetsky nos sitúa es variable y flexible. En esa línea, el artista revela en su serie Distancia sus propios monstruos hipermodernos, su visión personal sobre una realidad que se desenvuelve insustancial y vacía. En las obras de Capdevila se siente esa línea pesimista, un poco trastocada, de una sociedad hacinada por el exceso, esclava del consumo y el culto a la espectacularidad de una vida que, si el velo se corriese, se mostrara en tonos ocres, grises, medio apagados (Man in tights), cuyas expresiones flamean entre la desmotivación, la ansiedad y la incertidumbre. Los semblantes angustiados parecen quedar atentos, quizás dispuestos, a la dosis de comercializada felicidad hedonista, psíquica y económica que los medios manipuladores de conciencias mueven y disparan con total precisión a su antojo. Ello provoca entonces una necesidad desesperada por encontrar nuevas maneras de sentirse feliz. Eso sí, una felicidad externa, que no llena en verdad el vacío que internamente habita en los sujetos hipermodernos. Es una supuesta realidad brillante que se muestra como el camino de resplandecientes vías y respuestas que conecta la ilusión con el desvarío y, creo yo, con la nada, al fin y al cabo.

El desarrollo del sujeto de hoy se ha manifestado, sobre todo, a lo externo de la realidad humana, lo que a su vez ha provocado un trastoque interno, una contaminación de pensamientos y sensaciones que, unido a la exteriorización que se quiere proyectar, ha devenido en un fenómeno sintomático e inequívoco del comportamiento humano, en el que las miserias afloran cada vez, la necesidad de consumos frívolos y la precariedad de los vínculos interpersonales van dominando nuestro relato vital, al punto de llegarnos a absorber por completo. Equilibrio (o desequilibrio) refleja ese mundo líquido al que hacía referencia Bauman, a esa inestabilidad tal a la que ya nos hemos incorporado y la que vamos explorando en el propio decursar del día a día, según los gritos de nuestro interior. Adaptarse y aceptar el devenir que nos acaece parece ser la vía, si no la única, sí la más pasadera para continuar andando. Es ahí donde me permito situar a Man without memory, un sujeto suspendido en una suerte de limbo inestable, donde líneas oscilantes y discontinuas provocan en quien observa una sensación de frenesí, descontrol, surrealidad… Se nos muestra aquí, por las claras, la recreación de una pseudo realidad de ese sujeto que levita, casi imperceptible entre sus enajenaciones. Ese “man” que Capdevila ha representado no es un sujeto cualquiera, es un alter ego producto de esta sociedad hipermoderna, que se me antoja puede ser también el alter ego del propio artista, que cobra vida y sentido a través de sus obras. 

Ernesto compone sus piezas de manera que lo surreal se mezcla con lo real de su pensamiento, como pueden ser flores sinuosas (Flying flowers), que aluden quizás a pubis en pleno éxtasis, vistas tras las bambalinas que, a manera de líneas nerviosas, ha dispuesto cual motivo escenográfico que se abre para hacernos partícipes de que lo artificial puede llegar a ser más real que lo real mismo. 

La proliferación tecnológica, la virtualización de las relaciones humanas, las ideologías narcisistas de falsos matices terapéuticos, el culto al consumo, la pretensión de una felicidad en detrimento de la verdad y el “yo” externo y superficial, son apenas algunas señas de nuestro modus vivendi. Ello solo nos dice que no hay vuelta atrás, que hemos de aprender a sobrevivir en esta selva mediática y desabrida, en el simulacro y la pseudo realidad, en la secularización máxima de esta hipermodernidad.

Los conflictos aquí esbozados –y digo conflictos porque lejos de ofrecer respuestas para entender desde el arte nuestra sociedad, creo que más bien he trazado puntas de lanzas para potenciar debates picantes al respecto, como los que ya he tenido con Ernesto en su momento– dan la medida de cómo desde los predios del arte también es posible poner en caliente un análisis tan agudo y consciente sobre nuestra contemporaneidad como lo refleja Capdevila en sus obras. Es este un artista completo, maduro en técnica y exquisito en el abordaje de los temas, con una sensibilidad desbordante por comprender y hacer comprender –como lo ha hecho conmigo– las realidades en las que nos movemos, lo influenciables que somos, las lagunas internas que tenemos y las máscaras tras las que cubrimos nuestras verdades. 

Con total provocación, y en función de seguir lanzando conflictos que nos hagan reaccionar, cierro este texto –el cual requiere de más páginas para soltar todo lo que mi alter ego y yo tenemos aún por decir– con el manifiesto que Ernesto Capdevila nos ofrece sobre su serie Distancia. Ahí, cual reto consciente, se los dejo:

Te veo a través de una lámina de cristal muy fina
Así nos conocimos
Nos hicimos amigos
Vidrio mágico
Que a diario nuestras vidas nos cuenta
Bienes y males
Luces y sombras que florecen
Un acto de total sinceridad
Soy lo que quieres que sea
Eres lo que necesito
…cuidarnos…
…protegernos…
Lema inescrutable de nuestros deseos
…confiar…
Carencia indispensable
…cristal…
Río inevitable de ilusiones
Dieciséis millones de colores
Entonces dime
En realidad, ¿quién eres?

 1.  Bauman, Zygmunt (2006). Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica: Buenos Aires.

2.  Lipovetsky, Gilles (2006). Los tiempos hipermodernos. Anagrama: Barcelona.

Web del Artista

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