Víctor Manuel Ibáñez

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Empezar de atrás pa’alante

Por Estela Ferrer

Normalmente, como reza un tema muy popular por estos días, se suele ver que los artistas que se dedican al difícil arte de la pintura, primero cargan sus lienzos de referencias, personajes, figuraciones y poco a poco van restándole información. Es un proceso lógico en que la pintura y, por consecuencia, su creador va decantando referentes, obsesiones, motivos. Ese es el procedimiento lineal, digamos, pero no se aplica a las creaciones de Víctor Manuel Ibáñez, quien siendo autodidacta lleva unos cuantos años enfrascado en la pintura y sus entuertos.

Sus indagaciones, en las cuales confiesa aún queda mucho camino por recorrer, empezaron por piezas que comulgaban de todos los principios de la abstracción en su modalidad lírica. En esta etapa las grandes áreas de color, la mancha, los motivos apenas esbozados y contrastados se dan cita. Se percibe la espacialidad y la densidad del paisaje, aun cuando hay figuras situadas dentro de la pieza. El entorno natural es quien verdaderamente lleva el peso visual de toda la composición junto al color. Esa cualidad de lo táctil, la posibilidad de las fisuras para detener la mirada, es una característica que se ha vuelto recurrente entre los jóvenes artistas.

 Siempre ha trabajado con acrílico, ya que su rápido secado permite que sea más fácil su proceso de experimentación. Desde el punto de vista formal, los efectos que emplea imitan el carácter fluido del agua o los líquidos en sentido general, un interés que se manifiesta en el chorreado al tratar de mantener la fluidez del material y en las salpicaduras que propician cierto ritmo dentro de la obra.

En una segunda etapa, en 2016 comenzaría su serie de las piras funerarias relacionadas en principio con las realizadas por los griegos y la relación entre el fuego y el paso al otro mundo. Crea además una sinonimia con una frase popular: me piro, lo cual es una alusión directa al desplazamiento y, la muerte, es también una suerte de viaje. Las últimas son piezas más contemplativas, como atemperadas en color. 

Otra serie es la de los horizontes, que aborda como para los insulares el horizonte representa el fin de algo. Su proceso de trabajo siempre va apoyado de imágenes, pero que quedan como remanentes en su memoria y que luego no son reconocibles en la tela.

Se ha afirmado más a lo largo de los años, la importancia del teatro en su quehacer, ya que le interesa el simbolismo que puede contener cada objeto. Generalmente descontextualiza los símbolos o pone otra vegetación como por ejemplo pinos y cipreses, en relación con nociones tales como las definiciones asentadas sobre lo que es o no lo cubano y la topografía y cambios del paisaje. Por ello, también ha incluido palmas, pero totalmente fragmentadas como parte del cuerpo de algunas piezas.

Las portadas de libros han sido tomadas también como referentes para sus piezas, sobre todo cuando se avizora un momento más figurativo que lo acerca más al neo-expresionismo. Su pintura en este caso es fiel a su creador, a sus contradicciones, sus tiempos para pensarla, destruirla y rehacerla; hacer una pausa, volver a un color o una idea que se ha vuelto fija a lo largo del tiempo como sus preceptos sobre los caminos elegidos por su generación.

Víctor transita por el difícil y milenario arte de la pintura con ligereza, sin apegos a manifiestos, ni tendencias. No quiero decir con esto, que no los conozca o estudie, simplemente trata de no comprometerse con ninguno de ellos, sino emplearlos como un gran collage de recursos que está siempre disponible. Quizás por esta postura desenfadada, a-estética, es que en su caso, la tan añorada síntesis estuvo primero que la figuración, los añadidos, los comentarios y las narraciones sobre sí, sus cuestionamientos generacionales o los mismos accidentes y elementos del paisaje que ahora le seducen. 

Tal vez sean sus piras funerarias su mejor metáfora. En ellas se reúnen su mirada hacia lo antiguo, la complejidad de la existencia y su fin, o el umbral hacia otro comienzo, constituyen un punto de inflexión, o sea, de duda, de meditación y, al mismo tiempo, son ejercicios de liberación creativa tanto por la amplia gama de color, como por las modificaciones compositivas. Son, a la vez, la expresión de su naturaleza escindida entre el aquí y ahora, y su creación, que aún busca derroteros para renovar sus fuentes de inspiración, pero en todo ese laberinto es que toman corporeidad las creaciones de Víctor Manuel Ibáñez y es que se entiende su empezar de atrás pa’alante en la pintura.

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