Magazine 29 (ES), Stories (ES)

César Castillo

El hombre, el patriota y el traidor

Por Héctor Antón

En el discurso afirmativo de la Revolución Cubana, juega un rol protagónico evocar los pasajes soslayados u olvidados de la gesta patriótica. A través de la prensa, la literatura, el cine o la televisión, a la política cultural le preocupa que los jóvenes obvien la épica que sostiene a una retórica enamorada de sí misma, en una especie de proceso antropofágico que batalla por reciclarse, afanoso de longevidad. A la vez, en los márgenes surgen los interesados en rescatar la historia oculta en trasiegos anecdóticos. Esa que la reescritura hegemónica escamotea, tachándola de ser un revisionismo pernicioso.

Huber Matos Benítez (Yara, Cuba, 1918 – Miami, Florida, Estados Unidos, 2014) fue uno de los barbudos que protagonizaron la insurrección armada que derrocó a la dictadura de Fulgencio Batista en 1959. Para la memoria del exilio, es el primer comandante de la guerrilla en separarse del proceso socialista, motivo por lo que lo sentenciaron a veinte años en prisión, para terminar sus días en el destierro de la impotencia. Exilio resulta un eufemismo de aura radiofónica en su caso.

Para la amnesia insular, Huber Matos es un contrarrevolucionario vendido al enemigo, inconforme al ver frustrado su anhelo de protagonismo unipersonal; otro representante de las posiciones radicales de la mafia cubano americana. Huber Matos sería el autor de un testimonio sombrío e inflado, una reconstrucción empolvada en los archivos del resentimiento, bajo el mote de novela.

César Castillo (Granma, Cuba, 1987) indaga en los pliegues de un arte político a su manera. Éste descarta el barullo mediático como estratégica publicitaria. No aspira a convertirse en un rémix tropical del artista chino Ai Weiwei, suficientemente cínico para vivir en peligro, torear al poder y ser alabado por la masa.

La figura del antihéroe olvidado en la periferia del circuito local es la temática de César. En ella verdugos e inocentes intercambian roles, a merced de una posteridad en vilo ante rivalidades, ambiciones, personalismos, infamias.

Homenaje al combatiente desconocido (2019) es un tríptico que toma como punto de referencia la imagen del comandante Camilo Cienfuegos, en función de eje simbólico. Lo escolta un soldado sobreviviente de apellido Mendoza natural del Oriente cubano y el rostro de un barbudo oculto tras un fragmento del concepto afirmativo de Revolución. En éste último, trazos pictóricos atraviesan a la figuración del retrato, para ensombrecer a la representación icónica del perdedor mitológico, manipulado por las tensiones que acompañan a cambios violentos. 

Esta instalación pictórica integró la muestra Tres historias, acogida por el Museo de la Revolución (inmueble en perenne restauración). Además formaron parte de la 

exhibición Alberto y Julio Lorente, también seducidos por la estética bélica y sus posturas maquiavélicas. Una curaduría sustentada en insignias recurrentes de la era posrebelde, transcurrida desde 1959 hasta hoy. 

Tres historias anuncian la revolución de las cuchillas de afeitar. Recordaba el tono anticipatorio de George Orwell en sus relatos. Aunque nada imaginaron los organizadores con barba que aprobaron el proyecto. Parece que un memorioso vanguardia y guardián de la épica recorrió la exhibición, para sospechar de lo políticamente correcto. Otra vez la paranoia venció a las falsas convicciones de quienes revierten lo lúdico en artimañas contestatarias. Como si la ambivalencia fuera una coartada de antagonistas solapados en el marasmo cotidiano. 

Al día siguiente, quienes atendían una sala del Museo de la Revolución transformada en galería, dudaron del semblante indefinido que habían confundido con un héroe intocable. El desliz consistió en trocar al “revolucionario ausente” con el “revolucionario vigente”. Huber Matos se hizo visible en un lienzo al caer la noche. Dejó de ser una fantasía roja de antaño para encarnar en trampa verdeolivo. Ni siquiera camuflado pudo ser un emblema de la insurrección armada. El tríptico de César Castillo debió ser mutilado y, finalmente, retirado. El bautizo de fuego del artista se consumió, gracias a la lupa enfermiza de una mirada. 

Al final del trayecto, el artista y la historia retornaron al punto de partida. No hubo protesta. Ni lamentos. No hubo revolico mediático. Nadie se enteró del suceso. La censura arde en virtud del derecho al pataleo que tienen los ahorcados. La censura no completó la obra de arte. El silencio nutre a quienes se defienden con el arte salido de sus manos y cerebro, de sus miedos, incertidumbres, esperanzas.

El oficio de perder es un paisaje de niebla. Allí es arduo distinguir a falsos perdedores de ganadores auténticos. César Castillo continúa nadando en la nada-historia que obsesionó al perdedor-ganador Virgilio Piñera. Bracea en tierra sin una brújula que lo conduzca a un lugar seguro. Cualquier ciudad no puede llamarse utopía. ¿Quién se atrevería a repetir esa falacia? A César Castillo le queda empuñar una interrogante que intentará responder alegóricamente en su venidero proyecto expositivo junto a Julio Lorente: “¿Y si contáramos la verdad?”.

César Castillo
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