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Victor Manuel Ojeda

El todo y las partes

Por Alain Cabrera Fernández

“La llanura es el sentimiento que nos engrandece”.

Rilke

Los motores de Víctor Manuel Ojeda en los predios del arte contemporáneo echaron a andar hace rato. El paisaje recreado por medio de la pintura adquiere entre 2018 y 2019 en que comienza su serie Maquinaria un nivel de protagonismo tal, o al menos de equilibrio con nuevas formas imaginadas, en un discurso cada vez más introspectivo. En pocas palabras, son espacios hechos para la contemplación, tanto del proceso evolutivo como tradicional del género.

De esta manera coexisten aquellos artefactos mecánicos y sus Lugares vectoriales, donde la idea del viaje hacia un sitio indeterminado –por autor y espectadores–, traspasa los límites de la realidad y se establece como motivo que habita en el subconsciente colectivo. Sobre nociones similares nos propone reflexionar Gastón Bachelard en un capítulo de La poética del espacio: 

“La inmensidad está en nosotros. Está adherida a una especie de expansión de ser que la vida reprime, que la prudencia detiene, pero que continúa en la soledad. En cuanto estamos inmóviles, estamos en otra parte; soñamos en un mundo inmenso. La inmensidad es el movimiento del hombre inmóvil. La inmensidad es uno de los caracteres dinámicos del ensueño tranquilo”.1

En sus lienzos alternan figuras complejas, a modo de espacios laberínticos diseñados a partir de la suma de vectores, con formas esféricas en su estado puro, aunque en cualquier caso representan estructuras cerradas de las que sería imposible evadirse si se está adentro o acceder desde el exterior. Han sido dispuestas sobre zonas rocosas o mientras levitan, como quien desafía la gravedad, estrategia que prefiere utilizar el artista para desmarcar conceptualmente el referente abstracto/geométrico (objeto) del plano terrenal (paisaje), lo que nos remite a un par de interrogantes esbozadas en su statement. ¿Cuánto de ademán casual habita en lo subjetivo? O entonces, ¿qué leyes lo constituyen? Sin pretender hallar a priori respuestas tal vez relacionadas con las ciencias o los debates filosófícos, podemos advertir la presencia de novedosos aportes brindados al paisajismo, y decir al igual que Susan Sontag: “A la teoría crítica queda la enorme tarea de examinar en detalle la función formal del tema”.2

En Lugares vectoriales el paisaje alcanza su máximo esplendor con preferencia por los entornos agrestes y abiertos. Se divisan piedras, lagos, montañas lejanas, grandes planicies con total dominio de la perspectiva atmosférica, destacando en cada obra un efecto de profundidad. En este sentido se nos pierde la mirada en el horizonte, sólo interrumpida en algún punto del encuadre por dichos objetos y sus reflejos, por la entrada de luz que infieren las sombras proyectadas en una búsqueda perpetua de espiritualidad. Salvando distancias, excelencia, estilos, aquí se respiran asomos de la paz que traducen los lienzos de Tomás Sánchez, ahora que sobresale su nombre en el mercado internacional del arte, debido a los nuevos récord de ventas logrados en Christie´s. En realidad el nombre del maestro continúa siendo un faro encendido en mitad de la nada.

Dentro de la misma serie otras piezas de menor tamaño descubren pequeños detalles del suelo, compuestos únicamente por rocas y figuras, pero quizás sea la subserie Tierra santa la que mejor resume los conceptos de infinitud y misticismo que rigen a estos espacios “otros”. Enormes extensiones de tierra árida, resueltas en distintos tonos de un gris profundo, por donde no parece haber pasado nunca el hombre.

El sumun de la fragmentación lo explora el artista en la actualidad por medio del estudio unívoco de los cielos. Se concentra sólo en representar con pinceladas finas las caprichosas nubosidades donde –sin ser yo conocedor del tema– reconozco un predominio de los “estratos”, “nimbos” y “cúmulos”, según las categorías básicas que clasificó el inglés Luke Howard. Cabe señalar que ante estos escenarios se pierde todo sentido lógico de la orientación, es decir, no sabemos si estamos mirando un cielo uniforme desde el frente o en contrapicado, si bien a veces sus nubes de crestas resplandecientes por la incidencia del sol producen la sensación de que se pueden atravesar, y hasta tocarse. Lo ilógico, me confieza Víctor Manuel, es que jamás montó en un avión. 

¿De dónde viene tanta perfección de su paleta? Presumo que emerge del alma.

Así, deconstruye el paisaje en su síntesis: rocas, montañas y formas. Ahora también las nubes en su plenitud. He ahí como se concibe el todo a través de las partes.

    1. Gastón Bachelard. “La inmensidad íntima”, en La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica de Argentina S.A., 2000, p.164.
    2. Susan Sontag. Contra la interpretación, 1966. Editor digital: Titivillus (05.12.16), epublibre ePub base r1.0, p.22.

Victor Manuel Ojeda
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