Magazine 28, Stories ES

Hilda María R. Enríquez

Soma

Por Carlos Jaime Jiménez

La obra de Hilda María Rodríguez Enríquez se despliega entre la tensión y el equilibrio. O quizás, en su caso, ambas cosas sean una. Sus creaciones tienden a abrir un espacio entre cuyos márgenes coexisten violencia, delicadeza, contemplación lúcida, erotismo, pulsión de vida y de muerte. El cuerpo ocupa un lugar central, y es representado en su materialidad palpitante, rica en formas elásticas y turgencias, resueltas por medio de trazos depurados y un encomiable rigor en el dibujo. En ocasiones, más que representado, el cuerpo es evocado, deja de ser únicamente materia pictórica o escultórica, y se constituye además en espacio textual, cargado de resonancias y potencial narrativo. 

En los últimos 15 años, Hilda María ha ido exponiendo los resultados de un largo proceso de reflexión sobre el arte, del que son partícipes tanto su quehacer artístico como su prolífica labor en el terreno de la  crítica y la curaduría. Su obra, no obstante, se muestra libre de cualquier prurito académico. Está demasiado marcada por la espontaneidad y lo instintivo como para verse encorsetada por la sobreintelectualización, o los dictámenes asociados al discurso sobre el arte. En este sentido, Hilda se sabe juez y parte, pero lo asume con una vulnerabilidad  y soltura de las que terminan beneficiándose sus creaciones. La serie Servando en mi pupila da fe de ello. Muestra a una artista que da curso abiertamente a la influencia ejercida por el maestro en su propia sensibilidad creadora, sin intentar justificar o mediar dicha impronta con rejuegos irónicos, que estarían fuera de lugar. Hay, eso sí, autoconciencia en relación con los vínculos intertextuales, asumidos de manera honesta y directa. Es quizás por ello que al contemplar estas piezas en conjunto con el resto de la obra de Hilda, relucen con más fuerza sus rasgos individuales, y el homenaje a Servando se revela ante todo como un medio para canalizar varias preocupaciones  muy personales, relativas al cuerpo como vehículo y a la vez metáfora de la experiencia erótica.  

Hay también en su obra un componente de violencia, que en ocasiones se halla ocluida al interior de las piezas, y en otras  se nos presenta cargada de lubricidad fecundante. Las confluencias entre erotismo y violencia, exploradas a fondo por Bataille y por la tradición psicoanalítica, cobran cuerpo –literal y metafóricamente– en la obra de Hilda. Ello tiene lugar en una amplia porción de su trabajo pictórico y escultórico. Sus creaciones constituyen aproximaciones a un cuerpo deconstruido en el plano físico y en el ideal, violentado por el placer, la anticipación y el dolor, armado a través de referencias metafóricas, o fragmentos de una anatomía rampante. El tratamiento  pictórico, rico en texturas y contrastes sugestivos, constituye el principal movilizador a nivel semántico ostentado por las obras. Pienso en ejemplos como Invierno en las entrañas, u otras de más reciente creación, en las cuales el repertorio simbólico asociado al cuerpo, delineado por un hábil dibujo, se ve enriquecido –y en ocasiones constituido– por los juegos cromáticos.  

La artista muestra además su versatilidad en otra línea de creación, afín al universo discursivo referido anteriormente, pero que denota una faceta más de su versatilidad. El arte asiático ha sido objeto de estudio y meditación profunda por parte de Hilda, y su influencia se expresa en pinturas y esculturas que acusan una clara influencia de aquel, sobre todo en su cualidad caligráfica. Uno de las principales valores de estas piezas es su notable síntesis expresiva, vinculada a una suerte de contención, alejada, no obstante, de cualquier laconismo, pues una vez más el cuerpo y sus resonancias míticas son canalizados por la artista en apenas un trazo (La virtud sostenida), o asociados a una narrativa histórico legendaria (La joya de Alejandría). Mención especial merece La Virgen, por su tratamiento –suspendido entre la metáfora y la metonimia– de la figura bíblica, transmutada en un sexo femenino, poderosa imagen esta que, entre otras cosas, sugiere una relectura de varios de los mitos fundacionales de la cultura occidental.

Hay siempre en las obras de Hilda una especie de detonador, que moviliza los sentidos alrededor de las piezas, pero al cual difícilmente se accede de manera directa. Incluso, cuando el componente textual, subrayado por los títulos, expande el universo referencial de lo representado, la materialidad de la obra siempre termina imantando nuestro ejercicio interpretativo. Hilda María ejerce una sagaz crítica de arte, pero cuando se sumerge en su trabajo como artista, es capaz de canalizar esa “visión de túnel” que el cineasta Peter Greenaway suscribe como fundamental para cualquier acto creativo. Parafraseando a Robert Walser, ella no abusa de la escritura. Es por ello, probablemente, que su arte alcanza a decir tanto.