Leonardo Gutiérrez

Atlantes

Por Maikel José Rodríguez Calviño

Tengo frente a mí la serie Sobre el hombro, de Leonardo Gutiérrez. El artista me las hizo llegar vía correo electrónico. Se trata de un conjunto de fotografías que atraen bastante mi atención. Antes de comenzar a escribir estas líneas, las observé detalladamente, me aparté de la laptop e hice café, volví a la pantalla y las estudié una vez más. Luego las puse a un lado, disfruté de una segunda taza de café, volví a ellas por enésima vez… 

Hay algo en esos retratos que me atrae y, a la vez, me horroriza. Porque se trata de retratos, en apariencia muy sencillos. Los personajes (hombres, mujeres, un perro) aparecen sobre un fondo oscuro. La luz los devela de golpe, sin medias tintas. Casi todos miran fijamente a la cámara, mientras, sobre los hombros, cada cual lleva algo. 

Tengo que acercar la nariz a la pantalla de la laptop para identificar algunos de esos objetos. En La protegida, una anciana de piel negra y boca desdentada exhibe un collar de cuentas blancas, privativo de Obbatalá; la joven pelirroja de Sin título exhibe un tatuaje que se extiende, por la espalda, de hombro a hombro: Cuando el espíritu es lo único que nos hace fuertes. La inscripción aparece secundada por dos volátiles golondrinas. Un señor (El padre) y una señora (La madre) cargan a personas (¿los hijos?) de las que solo vemos los pies; El profesor exhibe sendos libros a manera de armadura o charreteras. Hermoso eso de protegerse o condecorarse con palabras impresas. Otro hombre de pelo ensortijado nos contempla fijamente. En apariencia, no sujeta nada, pero rápidamente cambio de opinión: la piel que cubre sus trapecios y clavículas está cuajada de lunares. El titulo de la fotografía es claro: El pendejo. Su protagonista prefiere no cargar.  

   

Me detengo en las cuatro imágenes que más me impactan. En Lengua larga, un joven rubicundo exhibe una lengua gigantesca, monstruosa, cuyo extremo reposa sobre su hombro izquierdo. Miro las atroces papilas, la suerte de espina caudal que exhibe el horrible músculo por su lado inferior, e intento imaginar la criatura abisal a la que realmente pertenece. Dicho ser se mueve entre nosotros, disfrazada con esos cabellos rubios, con esos ojos de acero líquido, con la luz que despiden ambas pupilas… La segunda foto nos muestra a un señor calvo cuya frente exhibe un tatuaje cuyas palabras sirven de titulo a la fotografía: Amo las mujeres. Se trata de un estamento existencial con fuerte sabor carcelario, idea reforzada por el par de esposas que reposan sobre el hombro derecho del sujeto. 

La tercera instantánea, La joven de la perla (cuyo título nos remite, indefectiblemente, al célebre tronie realizado por Veermer en 1665), muestra a una muchacha de sonrisa leve y mirada penetrante. Asomado sobre uno de sus hombros vemos un falo. El tronco se curva en la base del cuello, el glande reposa sobre la delicada clavícula. La diferencia de tonos con respecto a la muchacha me hacen presuponerlo tumefacto, a punto de reventar por la presión sanguínea. La cuarta imagen Sangre fría incluye a otra joven, de labios rosados, con un hombro herido por lo que, a simple vista, parece un enorme clavo. El líquido vital ha empapado la cabeza de hierro, cubriéndola por completo. Sin pensarlo demasiado, comienzo a construir historias en torno a estas dos mujeres: imagino sus peripecias, sus dolores, sus angustias, las múltiples formas con que el abuso se ceba en ellas. Se me antojan victimas del dominio patriarcal: espíritus dominados por el macho, insomne y omnipotente, siempre atento, controlando siempre, coartando a su presa, cercándola, encorsetándola.  

   

La mala costumbre de inventarme historias termina extendiéndose, como una tormenta de arena, hacia el resto de las fotografías. Poco a poco, las biografías de estos personajes van escribiéndose en mi cabeza. Es posible que, en algún momento, las lleve al documento Word. Por el momento, me contento con imaginarlas, intuirlas, suponerlas, tan únicas y tan similares a las de tantos cubanos, a las de tantos mortales, condenados a llevar sobre los hombros el peso de la existencia. Ah, la existencia con sus objetos: cosas sencillas, cotidianas, en apariencia anodinas, pero poseedoras de toda la carga simbólica que les hemos conferido a lo largo del tiempo. 

Tras un nuevo vistazo a la serie, acude a mi mente un arquetipo grecolatino: Atlas, Atlante, el hijo del titán Jápeto y la ninfa Clímene, que fuera enviado por Zeus para separar a Gea, la Tierra, de Urano, la bóveda celeste. Así lo vemos, representado una y otra vez en la Historia del arte. Lo he meditado un poco y ya estoy seguro: los personajes retratados por Leonardo Gutiérrez son atlantes. Más humanos, más reales, pero atlantes, al fin y al cabo: héroes absolutos de historias anónimas que palpitan en cada instantánea. Incluso, aquel que, por miedo o por desidia, ha preferido no cargar nada. Ese, quizás, sea el más desdichado de todos: a veces, el vacío pesa más que su opuesto.    

Grandes epopeyas conllevan grandes mitologías. Epopeyas personales implican mitologías íntimas, simbologías personales, íconos propios. Estas criaturas, que muestran las claves de sus fortunas y desdichas, llevan sus respectivos cielos sobre la espalda, intentando mantener separados la cordura y el descalabro. Al mismo tiempo, han sido condenados: por otros, por ellos mismos. Arrastran, irremediablemente, las claves del infortunio, los instrumentos del deseo, los artefactos que les definen y condenan.

Así avanzan, así sobreviven. Cargan, por decisión propia o voluntad divina, las vidas al hombro. Como tantos, en tantos sitios. Así, con sus respectivos atributos, Leonardo los ha inmortalizado en el fugaz recorrido que protagonizan hacia la reverberación o el olvido.